Héctor Vasconcelos, director del FIC

Dentro de las herencias del régimen del Partido Revolucionario Institucional, que fueron seguidas por las administraciones presidenciales del Partido Acción Nacional y que seguirán su ruta histórica ahora bajo la tesis de la “cultura comunitaria”, el Festival Internacional Cervantino ocupa un lugar preponderante. Sin duda, la celebración más importante de México.
El Festival Internacional Cervantino (FIC) tuvo su primera celebración en 1972. Tiempos del sexenio de Luis Echeverría. Tenía yo 11 años. En casa el imaginario más cercano a la cuna cervantina, Guanajuato, eran sus espeluznantes momias en lucha contra el Santo, el Enmascarado de Plata. Muchos años después, el festival entró en mis entendederas. Primero como objetivo de reventón. Con mi amigo Carlos Generoso, raudos a bordo de un Ford Topaz. Fin de semana de octubre de 1984. Calles y escenarios a reventar. Pagamos miles por una habitación cerca del Mercado Hidalgo.Otras visitas se dieron al FIC con el propósito añadido de asistir a algunos de los numerosos eventos. También con la obligada reverencia al FBI: echarse varios tragos en el fabuloso bar El Incendio. Como periodista cultural en ciernes, veía el Cervantino como la cumbre del oficio: dichosos aquellos que acreditados por sus medios se la pasaban días, semanas, en la cobertura informativa. De las ocasiones en que pude visitar a los amigos en la sala de prensa, permanece en la memoria el ambiente de tensión, el golpeteo de los teclados, el humo de los cigarrillos, las rencillas, la camaradería, las pasiones amorosas, el frenesí por ser parte de una magnífica celebración cultural.

En esa búsqueda de los recuerdos, me vine a encontrar con varios ejemplares de la revista Proceso, de sus primeros años. Les comparto lo que se publicó el 5 de junio de 1978 en una separata publicitaria, a todo color, en las páginas 33 a 36. Tras describirse los alcances del FIC, se lee: “En apoyo de las palabras de la señora López Portillo, el director del festival, Héctor Vasconcelos, destacó en la ceremonia de inauguración, que en México ‘no podemos darnos el lujo de caer en el desarrollismo cultural inocuo; es necesario encontrar una puerta para vincular la cultura y el desarrollo económico, a fin de que la primera, además de alimento espiritual, ayude al pueblo a lograr mejores condiciones de vida’”.

Como procurador de la labor investigativa —le llamo “arqueología del sector cultural”—, este tipo de hallazgos me parecen fascinantes. No solo por la figura de Vasconcelos, de quien ignoraba intereses tan peculiares en ese cargo (recordemos que el actual senador por Morena fue el primer director del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en 1989). También porque alguna vez intenté hacer una suerte de historia de la economía cultural del Cervantino. Un estudio que quedó trunco, pero que en sus alcances descifraba los nutridos intereses económicos del festival desde su mismo nacimiento.

Esta excavación viene al caso cuando una nueva versión del FIC —del 9 al 27 de octubre— toca a la puerta guanajuatense. Se trata de la primera “fiesta del espíritu” en manos del régimen de López Obrador, de la secretaria de Cultura Alejandra Frausto, y de la directora Mariana Aymerich.

En un sexenio lleno de escándalos de toda índole, el Festival Internacional Cervantino logró extraordinarias programaciones. Mírese cuántas orquestas internacionales en una sola edición.

Cosas de los chayotes

Algo más que es interesante traer a cuento, viene en la revista Proceso del 19 de mayo de 1980: “La danza del embute en el Cervantino”, una nota de María Esther Ibarra, en las páginas 46 y 47. Escribe la reportera: “En la sala de prensa uno de los ayudantes cumple con su misión: conducir a los reporteros que no asistieron a la comida con el licenciado Héctor Vasconcelos, el miércoles 14, al cubículo donde se encuentra el profesor Raúl Cruz Zapata, jefe de prensa del gobierno del estado de Guanajuato.

“Pst, pst —dice al oído de cada uno: cumple tu misión—, un momentito, el profesor quiere hablar con usted.

“Ya en el cubículo, el profesor invita a la reportera en cuestión ‘a platicar del porqué nos tiene tan abandonados, por qué no fue a la comida’. En la comida, un día antes, se habían repartido entre los reporteros unos sobres.

“El gobernador (Enrique Velasco Ibarra) le manda un saludo muy afectuoso y quiere obsequiarle un pequeño presente —uno de los sobres blancos en el que va introduciendo puros de a mil—. Para que se compre usted un recuerdo de Guanajuato”.

Héctor Vasconcelos, en la nota de la revista Proceso de 1980. Su edad, 35 años. Durante su gestión, el Cervantino alcanzó niveles artísticos notables.

En la misma nota, María Esther Ibarra consigna la reacción del entonces director del FIC: “Vasconcelos, en conferencia de prensa, recibe un cuestionamiento del porqué de los embutes, que él califica como ‘eufemismos’ periodísticos. ‘Bueno, ese es un problema frecuente en los medios de comunicación —dice—. Sin embargo, creo que en la medida que los propios medios de información paguen mejores sueldos a los reporteros, se terminará con esos ‘eufemismos’ periodísticos. La cuestión de las gratificaciones en este Cervantino no proviene del comité organizador del evento, sino del gobierno del estado”.

El registro de Ibarra incluye las reacciones de algunos periodistas, tanto de quienes apelan a la “normalidad” de recibir “atenciones” de las autoridades por su labor, como de quienes lo desaprueban. En esta línea, el crítico José Antonio Alcaraz dijo: “No es posible soportar esto, no hay que quedarse con los brazos cruzados; no podré estar en la conferencia (de prensa con Vasconcelos), pero pueden decir que no estoy de acuerdo”.

La reportera Ibarra cita a su vez las palabras de Ricardo Castillo Mireles, de Excélsior: “Compañero, todos estamos metidos en el embute al aceptar el hospedaje, la alimentación, el transporte y otras facilidades. Además, quiero que me digan qué periódico manda a sus reporteros con los gastos pagados a este festival, ¿quién?”.

Así las cosas en la memoria del Festival Internacional Cervantino en tiempos del presidente José López Portillo y de su esposa Carmen Romano, quien cubrió el sexenio con su activismo cultural. Así una herencia del nacionalismo priista que se ajustó al neoliberalismo y se alista a acomodarse en los cánones de la Cuarta Transformación lopezobradorista.

 

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