Israel y los límites del sportswashing (1 de 3)

Sportwashing o el deporte como herramienta política. (Imagen proporcionada por el autor).

Este texto está dedicado a la familia de la Torre Saavedra.

Mi posición frente a lo que ocurre en Gaza es clara y no pretendo ocultarla detrás de una supuesta neutralidad académica. Estoy a favor de una Palestina libre y en contra del genocidio; considero que las responsabilidades políticas y penales que correspondan deben ser investigadas y juzgadas, incluidas las de Benjamín Netanyahu. Esto no implica animadversión alguna hacia el pueblo judío, su religión, su cultura o sus múltiples tradiciones políticas. El respeto a cualquier creencia y a quienes la profesan pertenece a un terreno distinto de mi posición frente a las decisiones y acciones de un gobierno. Del mismo modo que no podría declararme neutral ante el Holocausto perpetrado contra los judíos europeos durante las décadas de 1930 y 1940, tampoco considero que el oficio de historiador me obligue a suspender todo juicio moral frente a la documentación contemporánea sobre la destrucción y el sufrimiento de la población palestina. Tomar posición no exime al historiador de demostrar; al contrario, lo obliga a hacerlo con mayor rigor. En el caso de Gaza, además, es necesario distinguir entre esa posición y el estado actual de los procedimientos jurídicos internacionales: la causa iniciada por Sudáfrica contra Israel bajo la Convención sobre Genocidio continúa ante la Corte Internacional de Justicia y no existe todavía una sentencia definitiva sobre el fondo.

El desafío al ritual

El texto que presentamos es una reflexión amplia sobre las relaciones entre deporte, política y representación internacional, que hemos decidido publicar en tres entregas. Su punto de partida son dos acontecimientos recientes: la protesta de los futbolistas irlandeses durante un encuentro contra Israel y la negativa de una ajedrecista australiana a competir frente a una representante israelí.

A partir de estos episodios, esta primera entrega propone revisar los límites del concepto de sportswashing y recuperar una dimensión frecuentemente olvidada del deporte moderno: su carácter ritual. Porque jugar, escuchar un himno, mirar una bandera o estrechar la mano del adversario no son actos políticamente inocentes. Y negarse a realizarlos puede constituir una forma de protesta particularmente poderosa.

No pretendo determinar jurídicamente lo que ocurre en Gaza. Mi objeto es otro y, en apariencia, mucho más pequeño: un partido de futbol y una partida de ajedrez que no llegó a disputarse.

El 27 de septiembre de 2026, las selecciones de Israel e Irlanda se encontraron en Debrecen, Hungría, para disputar un partido de la UEFA Nations League. Irlanda jugó y ganó por tres goles a cero. En ese sentido, ocurrió exactamente aquello que establecía el calendario deportivo. Pero alrededor del partido casi nada fue completamente normal. Los futbolistas irlandeses portaron brazaletes negros, evitaron los saludos protocolarios y, durante el himno israelí, inclinaron la cabeza. Gavin Bazunu había abandonado previamente la concentración por objeciones morales relacionadas con Gaza. El resto de la plantilla discutió la posibilidad de no disputar el encuentro y finalmente votó por jugarlo.

Cuatro días antes y a varios miles de kilómetros de allí, había ocurrido algo todavía más sencillo. En la Olimpiada de Ajedrez celebrada en Samarcanda, la australiana Heather Richards debía participar en el encuentro de su selección femenina contra Israel. Richards decidió no jugar. Su explicación fue inequívocamente política: afirmó participar en un boicot deportivo contra Israel y sostuvo que permitir su presencia en grandes acontecimientos deportivos facilitaba el sportswashing de su reputación y la proyección de una imagen de normalidad. La selección australiana, sin embargo, sí compitió y el encuentro terminó empatado.

La protesta de la selección de Irlanda antes del inicio del partido contra la selección de Israel.

Las dos escenas parecen remitir inmediatamente a una palabra que se ha vuelto habitual para interpretar las relaciones entre deporte y política: sportswashing. El concepto describe, en términos generales, la utilización del deporte para contrarrestar una reputación deteriorada, desplazar la atención hacia imágenes positivas o construir una representación internacional favorable. No es un fenómeno exclusivamente israelí. Rusia, China, Qatar o Arabia Saudita han sido señalados mediante esa categoría, pero convertirla en una acusación reservada a determinados países supondría olvidar algo elemental: prácticamente todos los Estados utilizan el deporte para seleccionar y proyectar determinadas imágenes de sí mismos.

Hay que ampliar, sin embargo, el fenómeno. El sportswashing no es monopolio de los Estados: empresas patrocinadoras, marcas, clubes, ligas y organismos rectores también construyen reputaciones en el deporte y pueden contribuir a legitimar o cuestionar determinadas representaciones. Sus intereses no son idénticos ni sus responsabilidades intercambiables. Aquí nos interesa, específicamente, lo que ocurre cuando esa trama institucional sostiene la participación de una representación nacional mientras deportistas y públicos transnacionales disputan su significado. La singularidad que examinamos no es que exista protesta deportiva, sino la fricción entre reconocimiento institucional y rechazo social.

México no constituye una excepción. La organización de una Copa del Mundo puede presentar ante millones de espectadores un país festivo, hospitalario y moderno al mismo tiempo que fuera de cuadro permanecen homicidios, desapariciones, feminicidios, desigualdades y otras violencias. La existencia de esas contradicciones no demuestra automáticamente sportswashing. Para hacerlo es necesario identificar la utilización estratégica del deporte y aquello que esa representación pretende desplazar, contrarrestar o normalizar.

Éste es precisamente el problema que plantea Israel. Existe una intensa controversia sobre la función de su representación deportiva internacional, pero quizá sportswashing ya no alcance para explicar aquello que estamos observando. Incluso si aceptáramos que la participación deportiva israelí contribuye a proyectar una imagen de normalidad internacional, los acontecimientos recientes muestran un movimiento que funciona en sentido contrario y que, por momentos, resulta mucho más visible que la imagen que supuestamente pretende producir Israel.

Heather Richards no intentó construir otra imagen de Israel: se negó a jugar. Los futbolistas irlandeses no impidieron el partido: jugaron, pero intervinieron sobre los rituales que habitualmente significan reconocimiento y normalidad entre dos selecciones nacionales. El tablero vacío y el saludo que no ocurrió importan precisamente porque el deporte internacional nunca ha estado compuesto únicamente por resultados. Banderas, himnos, uniformes, ceremonias y saludos forman parte de un lenguaje mediante el cual las naciones se representan ante otras naciones.

Aquí aparece una paradoja. Buena parte de la diplomacia deportiva tradicional puede representarse mediante un movimiento relativamente sencillo:

Estado → deporte → audiencia internacional

Los Estados aprovechan la capacidad emocional, mediática y narrativa del deporte para producir prestigio, reconocimiento, legitimidad o identificación. El sportswashing podría entenderse como una modalidad controvertida de ese mismo movimiento cuando la representación deportiva intenta contrarrestar una imagen negativa.

El caso israelí contemporáneo obliga a invertir la flecha:

Israel → deporte ← sociedad civil transnacional

Deportistas, aficionados, federaciones, organizaciones y movimientos sociales intervienen sobre el mismo escenario para disputar aquello que la presencia deportiva de Israel significa. Algunos reclaman su exclusión; otros se niegan individualmente a competir; otros aceptan hacerlo, pero rechazan los rituales de confraternización; otros utilizan las gradas, las ceremonias y la visibilidad mediática para introducir símbolos palestinos o manifestaciones de protesta.

No estamos, por tanto, solamente ante una discusión sobre si Israel practica o no sportswashing. Estamos ante una disputa por la normalidad deportiva.

Y quizá allí se encuentre el fenómeno que merece ser explicado. Si todos los Estados utilizan en alguna medida el deporte para construir representaciones favorables de sí mismos, ¿por qué una parte de la sociedad civil transnacional ha comenzado a negar a Israel la normalidad de esa representación? ¿Cómo se transforma un rechazo político disperso en boicot deportivo? ¿Qué sucede cuando las instituciones internacionales permiten que un Estado continúe compitiendo bajo su bandera mientras deportistas y públicos comienzan a cuestionar, desde abajo, aquello que esa bandera representa?

El sportswashing, entonces, puede ser nuestro punto de partida. Pero comienza a quedarse pequeño.

El deporte se une a George Floyd como protesta. (Imagen tomada de oem.com.mx).

El desafío al ritual

Para comprender estos gestos es necesario detenerse un momento en aquello que llamamos ritual. El término no se utiliza aquí como una metáfora. Partimos de una tradición clásica de los estudios históricos y antropológicos del deporte. En From Ritual to Record (1978), Allen Guttmann propuso entender la especificidad del deporte moderno a partir de transformaciones como la secularización, la racionalización, la burocratización, la cuantificación y, finalmente, la búsqueda sistemática del récord. El tránsito del ritual al récord servía así para explicar una parte de la profunda transformación experimentada por las prácticas deportivas con la modernidad.

Pero el deporte moderno no acabó con el ritual. John J. MacAloon ha mostrado precisamente que el olimpismo produjo un nuevo y extraordinariamente estable sistema ritual. Ceremonias de inauguración y clausura, desfiles, podios, uniformes, himnos y banderas no son simples adornos colocados alrededor de la competencia. Constituyen formas reconocibles mediante las cuales el deporte produce pertenencia, jerarquía, reconocimiento y representación. MacAloon insiste, además, en la extraordinaria estabilidad y familiaridad global que han adquirido esas formas.

Esto resulta fundamental porque el protocolo deportivo tampoco constituye simple etiqueta. MacAloon señala que el manejo de banderas e himnos posee tal carga simbólica que su alteración puede producir una ofensa política. En condiciones normales, el ritual exige precisamente lo contrario: respetar los símbolos nacionales del otro, incluso cuando ese otro sea un rival o un enemigo. Por eso desafiar el ritual importa.

El olimpismo no produjo únicamente ceremonias: articuló también un lenguaje de valores compartidos, entre ellos la paz y el entendimiento entre pueblos a través del deporte. Pero esos valores no resuelven por sí solos las contradicciones políticas. A veces competir juntos puede representar un horizonte de conflicto; otras veces, quienes protestan consideran que la escenificación de concordia oculta violencias que no deben normalizarse. El desafío al ritual plantea entonces una pregunta adicional: ¿en qué circunstancias negarse a participar en una ceremonia de paz se presenta, para sus protagonistas, como una manera de defender la paz misma?

Los futbolistas irlandeses no inventaron ese lenguaje. Entraron, consciente o inconscientemente, en una larga genealogía de deportistas que han utilizado su propio cuerpo para intervenir sobre los significados políticos de una ceremonia.

En Berlín 1936, los coreanos Sohn Kee-chung y Nam Seung-yong, obligados a competir bajo nombres japoneses y bajo los símbolos del imperio que ocupaba Corea, inclinaron la cabeza mientras se izaba la bandera japonesa y sonaba su himno. MacAloon interpreta aquel gesto como una manifestación de abatimiento y rechazo frente a una representación nacional que les había sido impuesta.

Protesta silenciosa de Sohn Kee-chung y Nam Seung-yong en Berlín 1936.

Treinta y dos años después, México 1968 produjo dos de los ejemplos más poderosos de esta intervención corporal sobre el ritual deportivo: Věra Čáslavská, una de las grandes figuras de aquellos Juegos y abierta partidaria de las reformas de la Primavera de Praga, reaccionó ante la invasión de Checoslovaquia por las fuerzas del Pacto de Varsovia mediante un gesto mínimo. Durante la ceremonia de premiación, cuando sonó el himno soviético, bajó y giró la cabeza apartándola de la bandera de la URSS. No abandonó el podio ni rechazó su medalla. Permaneció dentro de la ceremonia y utilizó precisamente las reglas conocidas de esa ceremonia para hacer visible su rechazo.

Días antes, el podio de los 200 metros había producido otra intervención sobre ese lenguaje. Tommie Smith y John Carlos bajaron la cabeza y levantaron sus puños enguantados durante el himno estadounidense como denuncia de la desigualdad racial en Estados Unidos. A su lado, el australiano Peter Norman convirtió una acción aparentemente mucho menos espectacular en parte del mismo desafío: portó sobre su uniforme la insignia del Olympic Project for Human Rights para expresar públicamente su solidaridad con Smith y Carlos.

Los casos son profundamente distintos. Sohn y Nam protestaban contra una representación nacional impuesta por una potencia colonial; Čáslavská reaccionaba frente a la intervención soviética en su país; Smith y Carlos denunciaban el racismo dentro del Estado al que ellos mismos representaban; Norman expresaba solidaridad con una causa que trascendía su propia pertenencia nacional. No existe entre ellos una equivalencia política en donde lo común es el mecanismo. El deportista permanece dentro de la ceremonia, pero altera su significado. No destruye el ritual: lo desafía.

Y puede desafiarlo precisamente porque todos conocen sus reglas. Hay que ponerse de pie. Hay que mirar la bandera. Hay que escuchar el himno. Hay que saludar al adversario. El ritual produce normalidad mediante la repetición. Por eso una cabeza que se inclina, una mirada que se aparta, un puño que se levanta o una mano que no se extiende adquieren una visibilidad desproporcionada respecto de la pequeñez física del gesto.

MacAloon ofrece una herramienta particularmente útil para comprenderlo. El deportista olímpico posee simultáneamente tres cuerpos: individual, nacional y humano. Sobre el individuo, el uniforme coloca una segunda piel nacional hecha de colores, emblemas, banderas e himnos; sobre ambas se superpone finalmente la pertenencia transnacional representada por los símbolos olímpicos.

Protesta de la atleta estadounidense Raven Sounders en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (2021).

Cuando el deportista modifica deliberadamente su comportamiento dentro de ese sistema, utiliza su cuerpo individual para desafiar el significado que pretende producir su cuerpo nacional.

Desde esta perspectiva, lo ocurrido con Irlanda adquiere otra dimensión. Inclinar la cabeza durante el himno israelí y eliminar el saludo protocolario no fueron elementos periféricos al encuentro. Fueron intervenciones sobre un lenguaje deportivo perfectamente reconocible. Irlanda disputó el partido, aceptó sus reglas y produjo un resultado, pero alteró algunos de los rituales destinados a representar reconocimiento recíproco entre ambas selecciones.

Hay algo todavía más profundo detrás de esos gestos. MacAloon llega a caracterizar el desfile de las naciones olímpicas como una de las grandes liturgias del moderno sistema mundial de Estados-nación: ingresar al estadio significa aparecer simbólicamente como una nación entre naciones, todas dotadas formalmente del mismo reconocimiento. Eso es precisamente lo que aquí llamamos normalidad deportiva.

Jugar contra alguien significa, por supuesto, competir. Pero en el deporte internacional significa también reconocer al otro como participante legítimo de un sistema compartido de representación. Las banderas se colocan juntas. Los himnos se escuchan. Los adversarios se saludan. Se juega el partido. Después cada uno vuelve a ocupar su lugar dentro del orden internacional que el encuentro acaba de representar en miniatura.

Por eso el caso de Heather Richards supone un desplazamiento adicional. Sohn, Nam, Čáslavská, Smith, Carlos y Norman entraron al ritual y lo desafiaron desde dentro. Los futbolistas irlandeses hicieron algo semejante: jugaron el partido, pero alteraron determinados gestos mediante los cuales ese encuentro debía representar normalidad y reconocimiento. Richards avanzó un paso más: frente al tablero que debía compartir con una representante israelí, decidió no ocupar su lugar. Es decir, ya no estamos únicamente ante el desafío al ritual, sino ante la negativa a participar en él.

Y esa diferencia permite comprender por qué sportswashing comienza a resultar insuficiente para explicar lo que está ocurriendo. La cuestión deja de ser solamente qué imagen intenta producir un Estado mediante el deporte. La pregunta pasa a ser qué sucede cuando otros actores se niegan a desempeñar el papel que ese sistema de representación necesita de ellos. En otras palabras, un ritual necesita participantes y, a veces, una silla vacía puede decir más que un himno entero.

Negarse a jugar, jugar sin saludar. Israel y los límites del sportswashing.

La victoria y la derrota, la lucha: los símbolos y la perfección de los polos de la condición humana. (Imagen tomada de la página de Facebook de Lucha Olímpica).

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