La guerra total contra el Covid-19 y la cultura

Se ha establecido que la batalla contra el coronavirus es comparable a un estado bélico. Durante la Segunda Guerra Mundial todas las instituciones de los estados, giraron en torno a la estructura militar. En los grandes conflictos armados, la cultura ha jugado roles contrastantes. (Foto: National American Archives)

Escribo estas líneas el viernes 8 de mayo, cuando algunos países conmemoran el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Con la pandemia encima hay en realidad pocos festejos. Sólo noticias de prensa y la agitación de la efeméride en el Reino Unido para renovar su nacionalismo ahora en la búsqueda de una nueva ruta tras el Brexit.

Hay tantos y tantos temas sobre los que se puede reflexionar en esta fecha, pero viendo la situación actual me llaman la atención algunas concurrencias con la que vivimos hoy. Se ha identificado a la acción pública para atender la pandemia con una guerra, al personal sanitario como un ejército y a los responsables de salud como una especie de Estado Mayor a quien debemos subordinarnos para salir con bien de esta crisis.

Uno de los términos que los científicos sociales y los historiadores han usado para caracterizar la Segunda Guerra Mundial es el de guerra total, que es la disposición de todas estructuras de un país -políticas, sociales, económicas, demográficas- para el esfuerzo militar. La Primera Guerra Mundial fue en los hechos la primera guerra total en la que la industria, la agricultura, la ciencia, los media y todas las instancias sociales convergieron en el apoyo a la tarea bélica. Mucho más lo fue la segunda guerra. Incluso la cultura se unió a este esfuerzo a través del apoyo de artistas, la producción de cine, teatro y música o la incorporación de muchos científicos sociales a las instancias de inteligencia para el diseño de estrategias militares o de ocupación. Herbert Marcuse o Ruth Benedict, por ejemplo, colaboraron con la lucha en ese tiempo.

La atención al coronavirus se está desarrollando como una suerte de guerra total. Presenciamos la reconversión de industrias para la producción de instrumentos e insumos para superar la emergencia. Las industrias han detenido su marcha, los medios se vuelcan en apoyo a las autoridades que conducen el seguimiento del problema. Artistas, cineastas, pensadores, se comprometen de diversa manera en las redes que colaboran para superar lo más rápido y mejor la situación.

En la guerra total contra el Covid-19, el gobierno de López Obrador ha recurrido a recortes presupuestales en todas las dependencias, para canalizarlos a la principalmente a la emergencia sanitaria y a los subsidios a los sectores empobrecidos. Tal medida amplió el escaso margen de operación a las instituciones culturales. (Foto: agb/facebook)

Frentes colmados

Nuestro gobierno busca recursos de donde sea, como seguramente ha venido sucediendo en muchos países durante la pandemia. Actividades públicas no esenciales van a tener que dejarse para mejores tiempos. Los presupuestos públicos se han reestructurado en función de descarnadas prioridades. No se puede contemporizar con lo superfluo. Los fideicomisos públicos de educación, ciencia y cultura, deben acabar para que sus recursos apoyen la guerra total contra el Covid-19; los gastos de operación de las dependencias gubernamentales se reducen en un 75 por ciento. No habrá prácticamente oportunidad de desarrollar proyectos nuevos y tal vez sostener funcionando las instituciones será una obra gigante. Un dirigente en estas condiciones debe ser duro.

Las excepciones, siempre posibles, deben ser las mínimas. Al líder tal vez no le plazca asumir actitudes despiadadas, pero lo debe hacer. Las empresas que quiebren no serán apoyadas. Mientras que en la guerra total a las exigencias que se hicieron a la sociedad correspondió la confianza en el gobierno y la promesa de un mejor futuro, la crisis del coronavirus llega a México como anillo al dedo para profundizar un proyecto de solidaridad radical que estaba pendiente.

Por ello, vamos a sumergirnos en los próximos meses y años en una profunda crisis económica que nos va a exigir a todos un esfuerzo sin igual. La guerra total seguirá en marcha simplemente porque no hay otra manera de enfrentarla bajo las definiciones actuales -no reforma fiscal, no deuda externa, no rescate a empresas, no posposición de proyectos extractivos y de grandes obras de infraestructura- entre otras. Sin embargo, me pregunto si en medio de este conflicto no sería posible pensar también en el resurgimiento de la cultura y no sólo en su marginación.

No voy a referir aquí la historia del nacimiento de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), pero sí señalar un hecho relevante. Aunque la organización fue fundada a los pocos meses de terminado el conflicto militar en todos los frentes (noviembre de 1945), los trabajos para construirla empezaron muy temprano en Londres durante una etapa en la que el esfuerzo de guerra era terrible y no estaba aún claro el porvenir del conflicto.

Antes de las victorias del Alamein, los desembarcos en el norte de África y la victoria del Ejército Rojo en Stalingrado, se reunieron los ministros aliados de Educación para discutir los efectos de la destrucción cultural e intelectual ocasionada por la Guerra. La Conference of Allied Ministers of Education (CAME) fue convocada por el ministro de Educación de Reino Unido. Los trabajos siguieron con muchos tropiezos hasta en año 1944 en que se definió lo podríamos decir lo que iba a ser el perfil definitivo de la organización que contó, en sus primeros años, con un apoyo y respeto internacional indiscutibles.

Hubo mucho trabajo intelectual en este proyecto, pero lo importante es la claridad con que uno o varios gobiernos vieron que no habría superación verdadera de la guerra sin la cultura. ¿Habrá en la guerra total contra el Covid-19, quien se preocupe por hacer ver que las cenizas que deje esta terrible crisis sólo se podrán apagar con la cultura?

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