diciembre 9, 2022

La obsesión caníbal. Carlos Monsiváis coleccionista (entrevista inédita)

El Museo del Estanquillo alberga desde 2006 la colección del escritor Carlos Monsiváis (1938-2010). (Foto: Tomada del Instagram de culturaciudadmx ).

El encuentro no fue en su casa sino en una pequeña fonda en el vecindario de la Portales, cerca del número 62 de la calle San Simón donde Carlos Monsiváis y sus gatos vivían junto con libros, objetos de arte, fotografías y miniaturas que sumaban miles, reunidos a lo largo de 30 años. La fecha: domingo 21 de octubre de 2001 ante un cronista impaciente y malhumorado. El motivo: hablar de coleccionismo con el coleccionista. La tensión fue diluyéndose en la medida que surgía el tema chacotero: Los Simpson, Six Feet Under y Friends con sus historias seriales en televisión de paga. Cinco años y un mes después de aquella charla se crearía el Museo del Estanquillo con el acervo de 20 mil piezas compradas, espulgadas y regateadas por Monsiváis entre La Lagunilla y el Bazar del Ángel, en librerías de viejo, en casa de sus amigos artistas y de otros coleccionistas menos eclécticos que él.Para recordar a Monsiváis en su noveno aniversario luctuoso, desde el 22 de junio se presenta en el Museo del Estanquillo una selección de 400 obras en Un paseo por las artes visuales en la Colección Carlos Monsiváis, en la que no hay un tema que ciña los contenidos sino el puro y llano placer estético que motivó al narrador a reunir dibujos, pinturas, grabados, libros y fotografías de Lola Álvarez Bravo, Roberto Montenegro, Nahum B. Zenil, Vlady, José Luis Cuevas, Agustín Jiménez, Hugo Brehme, Olga Costa, Francisco Toledo, Luis García Guerrero, Miguel Covarrubias y otros.

La curadora Miriam Kaiser es quien prestó sus ojos para seleccionar las piezas, entre las cuales enlista tres “joyas” de las muchas incluidas en el recorrido: de Angelina Beloff menciona la xilografía coloreada a mano de 1912 intitulada Mayo, convertida en la imagen que da la bienvenida a la muestra; del Dr. Atl, el álbum Les volcans du Mexique (Los volcanes de México), realizado con la técnica de estampación pochoir y con el cual —subraya Kaiser— es probable que haya dado inicio el interés de Gerardo Murillo por estas presencias rocosas que serían su motivación estética y expedicionaria toda su vida; finalmente, una miniatura en tinta de Antonio Ruiz, el Corcito. (Por cierto, una noticia alentadora es que ya se prepara el catálogo de Un paseo por las artes visuales, así que permanecerá la memoria impresa de esta exhibición).

Los volcanes de México, álbum desplegado de Gerardo Murillo, Dr. Atl, realizado en la técnica de estampado pochoir. (Fotos de obra: Angélica Abelleyra).

 Paso Libre se suma al homenaje y al recordatorio de las múltiples aportaciones de Carlos Monsiváis y comparte esta charla inédita que se integra al proyecto de largo aliento sobre coleccionismo de arte que esta periodista desarrolló al lado de su extinta colega Minerva González Vacio. Un proyecto con visos de surgimiento editorial en el mediano plazo.

 Si uno no se frustra no es coleccionista’

¿Cuándo comenzó a coleccionar?

Cuando se tiene una biblioteca no se comienza nunca a coleccionar. La acumulación se te convierte en un proceso orgánico necesario y el tener un libro es llegar a tener todos los libros de ese autor o disfrutar de panoramas de una literatura o ir convenciéndote de que las etapas en tu vida también se marcan por tu relación creciente con una biblioteca en expansión.

No comencé a coleccionar nunca en ese sentido porque desde los siete años mi propósito era hacer una biblioteca. Mi biblioteca sería, en todo caso, la reunión de 25 mil libros, aunque intento depurar. No siempre es fácil. Y a partir de esa sensación adquisitiva del propietario, de esa manía patrimonialista de la biblioteca, pasé por razón misma de la lectura, de un desprendimiento escrito y no visual, a la gana de coleccionar.

En principio por razones inexplicables, que son las únicas válidas en materia de coleccionismo, no sabía por qué me gustaban tanto las miniaturas, pero sabía que estar rodeado de ellas me daba una idea más precisa de lo que era la percepción quintaesenciada.

Empecé primero con miniaturas, comprando las calaveras de hueso del maestro Roberto Ruiz, que son portentosas, y luego frecuentaba La Lagunilla pero sin mayor interés de propietario. A veces compraba algo solo porque me gustaba y no podía evitarlo. Luego entre La Lagunilla y la Plaza del Ángel fui desarrollando ya lo que podría ser un instinto de coleccionista: empecé a comprar grabados, a buscar caricaturas, que son difíciles de hallar porque no es un género que conozca la demanda, y luego aparecieron los libros con grabados del siglo XIX. A partir de allí ya no tuve límites y llevo 30 años haciéndolo.

¿Por qué califica como “inexplicables” las razones de ser coleccionista?

No pretendo especular, no pretendo crear un museo, no tengo esas posibilidades, y no soy pintor. Los únicos que tienen oportunidades de constituirse en sus propios mecenas son los pintores. O los supermillonarios. Pero los supermillonarios no le dedican a sus colecciones sino el tiempo necesario para probar que están vivos y eso no me parece muy interesante. Es muy raro el caso de un hombre rico que en verdad se interese en lo que está comprando. Sí hay muchos burgueses que compran como inversión; inversión social en primer término. Quieren ser distintos y hay que ir a su casa para ver ese cuadro. El coleccionismo es un valor agregado de gente que solo piensa en el valor económico.

Sin embargo, hay coleccionistas genuinos que en verdad se obsesionan con un tema y encuentran erótica, por así decirlo, la relación entre una colección y su vida personal. Se entusiasman cuando consiguen algo, se les ilumina el rostro y les cambia la vida en ese momento. Un coleccionista es alguien que va cambiando su vida en accesos de furia y arrebatos celestiales: cuando pierde una pieza importante o cuando consigue algo que le resulta primordial.

Desde hace 25 años estoy enredado. No podría concebirme sin esa necesidad de adquirir, de descubrir. Ahora siento casi ganas de llorar porque se me fue hace tres semanas una pieza que me parecía inconcebiblemente bella; se la llevó otro tipo por diez minutos de tardanza de mi parte y eso me va a perseguir. Si un coleccionista no se frustra no es coleccionista. Y si un coleccionista no conoce alegrías distintas a las convencionales tampoco puede considerarse digno de esa empresa.

¿Una colección es un retrato?

Si no es un retrato no vale la pena. Si no es una proyección autobiográfica ideal, si no es la visión que tú quisieras tener de ti mismo, no es nada. Un coleccionista siempre piensa que lo que está comprando lo define y lo describe. Lo define porque da la idea de su carácter, de su temperamento, de su cultura y de la calidad de sus obsesiones. Y lo describe porque se debe a la disciplina.

Una de sus obsesiones es Julio Ruelas.

Julio Ruelas es uno de mis favoritos; me parece un extraordinario dibujante. Me parece además un simbolista, alguien que leyó con provecho a Allan Poe, a Baudelaire, a Rimbaud y Verlaine. Que vivió la atmósfera de la bohemia como zona libertaria y que usó su temperamento para mostrar como zona necrófila o como un eterno día de muertos lo que era su separación de la sociedad porfiriana. Me gustan mucho sus grabados, sus dibujos enloquecidos, y creo que tenía una mente ejemplar en el sentido de que nunca sometió su fantasía a la banalidad.

Muro dedicado a la obra de Julio Ruelas, uno de los artistas predilectos de Monsiváis en su colección de arte. En la segunda imagen, el grabado Autorretrato (La crítica), de 1906.

¿Es de los coleccionistas que va tras determinada pieza?

Ningún coleccionista serio se olvida del azar. Pretender que uno no reverencia el azar es ponerse en papel de positivista del siglo XIX. Por supuesto que reverencio el azar y persigo una pieza por años. Un dibujo de Eisenstein me llevó 35 años.

¿Cuando adquiere una pieza qué lo impulsa: la sorpresa, la costumbre, la rareza?

Cualquier coleccionista que no diga que desde el fondo de su sinceridad está el deseo de que no lo tenga otro, miente.

¿Alguna vez ha tenido que desprenderse de piezas?

Sí, de fotos, pero no las apreciaba tanto como ahora. Tenía una serie de fotografías del imperio de Maximiliano, creí que no tenía manera de conservarlas y se las di a Francisco Toledo. No me arrepiento de haberlo hecho.

En el conjunto de las colecciones de arte en México ¿cómo evalúa la suya?

Modesta. Original. Devocional. Y que se vuelve importante por el conjunto. Ya sé que un solo cuadro de Tamayo devasta mi colección, pero a cambio de eso tengo muchas cosas que dan una visión si se miran juntas.

¿Qué significado tiene la inclusión de partes de su colección en exposiciones para museos?

Eso cambió de manera positiva mi juicio sobre mis posesiones. El espacio es determinante en la valoración. En el caos donde vivo nada tiene sentido, por lo que desplegados convenientemente y bajo condiciones de aislamiento y soledad, los objetos brillan más. Debo tener de espacio disponible en mi casa dos milímetros.

La patria agradecida, detalle de la obra de Vicente Rojo en homenaje a Monsiváis. La pieza forma parte de la exposición que permanecerá abierta al público hasta el 27 de octubre en el museo ubicado en Isabel la Católica, esquina Madero.

¿Cómo evalúa el coleccionismo en México?

No tiene una tradición fuerte. La prueba es que muy poco desemboca en museos y la mayor parte se dispersa. No eran tan vigorosos los coleccionistas en la medida que permitieron que ese retrato ideal se dispersara, no respetaron su biografía.

¿El fin de una colección es compartirla?

Sí. Si no compartes tus obsesiones te envenenas.

¿Ha comprado falsos?

Por supuesto que he adquirido falsos, es inevitable. Nunca he pagado una suma considerable porque mis arrebatos no son tan excesivos. Siempre son arrebatos en tierra firme, no en el abismo.

¿Algún faltante, vacío o laguna que lamente?

Vivo llorando. El día de un coleccionista en gran parte consiste en flashes de la memoria donde uno dice: “¿Por qué no lo compré cuando pude?”. El reproche al pasado forma parte de la mentalidad del coleccionista.

¿El Estado debería de incentivar a los coleccionistas para su tarea?

Por supuesto que no. El Estado lo que debe hacer es no implementar esas medidas absurdas de requisar y llamar a cuentas a los coleccionistas, cosa que ha llevado a suicidios. Pero de ninguna manera debe auspiciar el coleccionismo.

¿Ni apoyar en términos fiscales?

Con incentivos fiscales lo que haces es convertir el coleccionismo en espacio de especulación. Yo quiero al Estado fuera de mi recámara y fuera de mi colección.

¿Se siente acompañado en esta tarea de coleccionista?

Tal vez por Francisco Toledo. Toledo te enseña. Pero Rafael Barajas es muy buen coleccionista también. De él y de Ricardo Pérez Escamilla aprendo muchísimo. Ricardo tiene una actitud contraria a la mía, es receloso respecto de lo que va a comprar, sabe adquirir y no tiene una mirada caníbal. Yo canibalizo inmediatamente. En mi colección no trato de practicar un ejercicio crítico. Es la admiración y la posibilidad de satisfacerla.

Punto. La charla sobre el coleccionismo concluyó hace muchos años con Carlos Monsiváis. Pero el diálogo resulta posible en el presente a través de sus libros, videos y en el museo que antes fue joyería de lujo en La Esmeralda, el edificio que en el Centro Histórico de la Ciudad de México está colmado de obras que son también la biografía de un espíritu crítico, generoso, entusiasta, agridulce y, a veces, caníbal.

  30 de agosto de 2019.

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