Lo transversal del turismo biocultural.
Apuntes del (des)confinamiento

A contrapelo del turismo depredador, hay esfuerzos de ecoturismo como Canto de la selva. El hotel, en la reserva de la biósfera Montes Azules, en la Selva Lacandona, en Chiapas, es operado por ejidatarios. (Imagen tomada de mundochiapas.com).

El turismo biocultural tiene un origen por naturaleza propia en el desarrollo de las civilizaciones, porque es parte de la interacción multicultural y lo que eso implica. Así de simple y, por ende, es detonador de evolución social y de oportunidades para transformar la conciencia, no solo de crecimiento económico. El turismo biocultural también impulsa las sociedades de conocimiento y, en consecuencia, favorece a las familias y a las personas siempre y cuando exista un equilibrio entre ambos conceptos o acciones humanas, es decir; mantener un eje humanizante.

Si solamente cargamos los dados del lado del turismo resulta que es igual a sólo negocio, dejando muy atrás la idea romántica de ser una industria sin chimeneas, con riesgos que son muy perniciosos:

  1. No se escuchan a las comunidades salvo para sólo explotar su mano de obra y extraer o usufructuar su diversidad de recursos.
  2. Todo se orienta y trabaja en función del negocio que se sostiene de lo que se ignora: personas, biodiversidad y multiculturalidad, historia en sí.
  3. El objetivo es macro económico y muy ajeno a las micro economías particulares o endémicas, a la lógica propia del lugar o zona turística. A sus propios beneficios comunitarios.
  4. Si el enfoque es únicamente el negocio inevitablemente la consecuencia es un brutal deterioro del tejido social y del medio ambiente, de lo biocultural en sí que alimenta la industria turística. Crímenes.
  5. Con el sólo negocio la interacción entre bioculturas se torna en un peligroso reduccionismo de comercio y mercado que termina degradando la mano de obra y los recursos del atractivo turístico, hasta llegar a ser como “centros comerciales” donde todo se vale para pasarla muy bien en aras de la excelencia del servicio porque el cliente siempre tiene la razón, darle lo que quiera para satisfacerlo a costa de quién y lo qué sea, cómo sea.

Es por igual entendible en una gran ciudad, un poblado, área natural “protegida”, playa, lugares históricos o la zona turística que se deseé, ya que siempre están de por medio las personas, sus familias y los recursos que ahí se encuentran porque ahí, precisamente, hacen su vida, tienen su hogar y lo que todo humano o ser vivo aspira: un lugar tranquilo donde habitar. Si únicamente es el negocio del turismo industrial se destruye esa y cualquier aspiración de vida digna.

 

El turismo de masas, alentado por una industria ajena al enfoque biocultural, somete a presiones insospechadas a no pocas zonas arqueológicas del país. Casos como el de Chichen Itzá, en Yucatán, es de los más emblemáticos. (Imagen tomada de netu.mx).

 

Pero si se guarda y mantiene un equilibrio con la esencia biocultural, en términos del negocio se da continuidad a los insumos que sostienen al negocio mismo. Y es ahí donde esta lo más grave del error, la carencia de visión o el exceso de avaricia, porque el equilibrio debe y tiene que ser por principios básicos de ética, respeto y valoración de la biodiversidad y lo multicultural sin importar que sean los recursos que enriquecen al gran negocio turístico y su poder transformador de la tranquilidad en destrucción; de paz en totalitarismo económico-político porque no se realizan beneficios socioambientales directos a las comunidades. Escuchándolas de verdad porque ahí viven.

El equilibrio biocultural permite que el turismo como turismo biocultural sea un proyecto transversal de servicio-incluyente-transformador de la conciencia:

  1. Al escuchar a las comunidades y trabajar junto con ellas en virtud de favorecerlas y su entorno medioambiental, simultáneamente se está diseñando un proyecto turístico amable y trascendente que pueda satisfacer ambas partes: el negocio y la vida digna, sino para qué sirve sin distribuir riquezas y cuidar lo que enriquece a la propia industria turística.
  2. Cuando conocemos la historia o vida de una persona en su propia voz se socializa y seguro valoramos quién es la otredad pese a las diferencias, temores e ignorancia. Eso mismo sucede si antes, durante su planeación y al ofrecer un servicio o producto turístico biocultural se tiene la voluntad de conocer la historia del lugar y lo que ahí habita. Involucrarnos.
  3. No solo las grandes empresas e inversionistas son los únicos que apuestan y ponen para hacer negocio y ganar mucho dinero, porque las personas, familias y sus recursos bioculturales ya los pusieron y apostaron para también hacer negocio y ganar mucho dinero sin arruinar su vida, persona y entorno; su tranquilidad y, como país, soberanía. Un proyecto integral y civilizado distribuye y respeta los negocios y las formas de comercio y mercado endémico, no se impone como único ni se privatiza o roba lo que es de todos. Aprendizaje.
  4. Si el desarrollador turístico en la parte económica y el impulsor turístico en la parte política no tienen la voluntad o capacidad humanizante de conocer, comprender y aceptar que, no todo es para extraer ni para el usufructo ni todos son para explotar en beneficio del turismo industrial; así como negarse en asumir la obligación de ser incluyentes de forma equitativa e igualitaria con las personas, sus historias, culturas y biodiversidad, el resultado será un ecocidio y un genocidio tangible y simbólico o intangible. Agotamiento.
  5. Un proyecto transversal de turismo biocultural que pueda transformar nuestra conciencia y civilizarnos más dignificando la vida de quienes habitan la región turística, de quiénes la visitan y de quiénes la promueven, requiere esforzarse en ver más allá del negocio y con visión integral imaginarlo como un cuerpo humano, por ejemplo; si no alimentamos y mal nutrimos ese cuerpo empezará a enfermar, a deteriorarse y terminará colapsando. El turismo industrial ajeno al turismo biocultural sencillamente resultaría un crimen sociocultural y medio ambiental, un pésimo negocio si sólo seguimos en el reduccionismo de aumentar la tasa de ganancias a terceros y, quizás, la propia.

 

Si hay una entidad de México donde se registra la mayor confrontación entre desarrollo sostenible e industria turística, es Quintana Roo. En los últimos años, la defensa de Tajamar, en Cancún, ha sido de las más importantes. (Imagen tomada de radioformulaqr.com).

 

El turismo biocultural como proyecto transversal pondera que mucho de las iniciativas para lograr sinergias en la transversalidad de y entre diversos sectores, lo óptimo es que partan o tengan un origen en la industria biocultural sin privilegiar quién sea el impulsor o quién lo fomente del ámbito público, privado y/o de la sociedad civil organizada. México tiene un baluarte vivo de biodiversidad, multiculturalidad e historia tan amplio y de suma riqueza que, sin exagerar resulta una fuente inagotable e insisto diversa, diversidad que solo con el ímpetu y la voluntad de conocer y tener curiosidad más allá de estar frente a una pantalla, de nuestro Axis mundi o de nuestra percepción para encontrar por lo menos un atractivo de alguna industria biocultural diferente a lo que estamos habituados. Y que podemos experimentar o consumir.

Las comunidades donde se desarrollen o mejoren los proyectos transversales de turismo biocultural, junto con los otros actores económicos y políticos, así como con el indispensable apoyo de la academia y la ciencia, por conveniencia deben de organizarse para asumir el compromiso de coordinarse y, en su caso, liderar o conducir procesos y proyectos que permitan a la comunidad, literalmente, poner el ejemplo subrayando el cuidado, protección, conservación, limpieza, usos y en suma respeto por su lugar de vida, generando una cultura de orden y civismo que oriente una mejor y respetuosa presencia y participación de los socios, aliados, proveedores, visitantes, usuarios o clientes de los servicios y productos de turismo biocultural que ofrezcan. Incluso, con una documentada y acertada información para difundir las historias del lugar. Una clara comunicación. Como dicen dos refranes entre comerciantes o mercaderes:

Quien trata la mercancía y no la entiende, sus dineros se le tornan de duende”.

Ojo del amo, engorda al caballo”.

México ha tenido y continúa con muy interesantes y equilibrados proyectos de turismo biocultural, turismo cultural, ecoturismo, etcétera. Además, si consideramos los programas, carteleras, festivales, actividades, ferias, recorridos, festividades o fiestas tradicionales, de usos y costumbres que, por cuenta propia, cada uno o en familia o en pareja o grupos tenemos un menú muy amplio e inagotable que, en la medida de lo posible y responsable cada persona podemos ser un reactivador de nuestras industrias bioculturales en la actual época del (des)confinamiento. Y si también difundimos o compartimos nuestras experiencias a través de las redes sociales presenciales y digitales el efecto será multiplicador y seguro muchas industrias, comercios y mercados se verán muy favorecidos. Ser embajadores de México en México empezando por tu barrio o colonia, suena a reactivación económica y social. Me permito ponerlo en la mesa, hagámoslo. Sigo insistiendo.

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