Logípolis; conocer lo que desconocemos

Mural (fresco) La trinchera (1926), de José Clemente Orozco (1883-1949), ubicado en el Patio Grande del Antiguo Colegio de San Ildefonso, Ciudad de México.

ENSENADA. ¿Qué tanto la vida que hoy vivimos es la peor de todas? La pregunta surge, obvio, ante las urgencias y pesares que hoy se nos atraviesan con cotidianidad, como si éste fuera de aquí en adelante el mundo que nos va a tocar vivir. ¿Qué tanto es éste peor que otros que han pasado o de otros que seguramente vendrán? No lo sé, pero el de hoy, es cierto, es amargo, triste, gris, en nada luminoso, si se toma en cuenta la violencia que nos atraviesa (los niños descuartizados en una vecindad del centro de la CDMX) o las estadísticas que hablan de feminicidios o de violencia intrafamiliar. Todo ello es sorprendente y repugnante.

Está, pero está también el pasado inmediato que no conocíamos pero que allí estaba también -vivito y coleando-, aunque no hubiéramos puesto atención en él, como hoy en sus libros nos lo recuerdan a la vez Jennifer Clement en Ladydi (Lumen, 2018) cuando escribe narrando la vida diaria en la montaña de Guerrero: “Le habían cercenado las manos y venas blancas y azules salían en forma de hilos de sus muñecas ensangrentadas a la tierra, como gusanos hinchados”, o cuando en México 2010 Diario de una madre mutilada (Conaculta, 2012) Esther Hernández Palacios escribe: “Un doctor me mira con tristeza, casi diría con miedo. Corre una cortina blanca. Me acerco a la camilla. El cuerpo está cubierto por una sábana. Pálida como sólo es pálida la muerte, el pelo recogido y un tubo en la boca. Aún así, nunca ha sido más hermosa la muerte. -Es mi hija”.

Mundos, los anteriores, que están aquí, adjuntos a nosotros y nosotros que no los veíamos o hacíamos que no los veíamos, pues considerábamos que esas realidades eran ajenas a nosotros y por tanto inexistentes. Pero hoy, cuando esas realidades trágicas, gracias a la pandemia (o sindemia, como sea) se nos atraviesan por la calle o viven junto a nosotros en la casa, no terminamos de entenderlas ni de aceptarlas, porque de inmediato surge la pregunta de la posibilidad: ¿pero cómo va a ser ello posible si allí está mi niño o mi niña con su tablet o la pantalla de tv acudiendo a la escuela (que ya no es el edificio vetusto al cual iba todos los días), sin darse cuenta que eso no es la escuela, porque no hay gestión, porque no hay socialización, porque los actores del acto educativo se han reducido a casi cero: en el mejor de los casos padre y alumno? ¿Es eso escuela; es eso educación?

Las nuevas realidades que nos atraviesan, y que caminan junto a nosotros, tienen también hoy la función de hacernos ver que antes, también, había realidades terribles cercanas, aledañas a nosotros y parecíamos, nosotros, empeñados en cerrar los ojos frente a ellas, por más que ellas estuvieran allí, si no junto a nosotros, como ahora, en que vemos a los dolientes en fotos o en vivo a las puertas de los hospitales o tendidos en los nosocomios, sí presentes en un país que desde muchos años atrás -desde la tragedia de la conquista- vive acompañado de la muerte pelándonos los dientes.

¿Desde cuándo, pues, vivimos en la tragedia?

 

gomeboka@yahoo.com.mx

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