Logípolis; Covid 19; ¿qué cultura, otra vez?

(Imagen: Globalization por SGuido Bono).

En el ir y venir cotidiano se me quedan grabadas, con todo el peso que las acompaña, estas palabras de Byung-Chul Han (el filósofo sudcoreano contemporáneo), quien afirma que “… al capitalismo no le gusta el silencio”, porque, entre otras cosas, “… se está gestando en la actualidad un cambio de paradigma que pasa desapercibido: de una sociedad de la negatividad a una de la positividad, en la que todos tenemos demasiado, en la que todo se ajusta a todo. Han identificado a través de esto las causas del paisaje patológico de nuestro tiempo: depresión, déficit de falta de atención, desgaste profesional (burnout) y trastorno límite de personalidad (borderline). Una sociedad que es un «infierno de lo igual», puesto que todos se asemejan, es una sociedad sin Eros, y es que el Eros sólo puede valer frente al otro en una relación empática”. Vivimos, pues, en una sociedad otra en donde lo “otro” no existe, pues vivimos, en tiempos de pandemia, en una sociedad sin eros, en donde las limitaciones para la convivencia se han vuelto tantas que, virtualmente, hay que volver a construirlas y eso nos está llevando a disponer, casi sin quererlo, de la nueva energía que mueve a esa sociedad, es decir, según Bauman, construir la nueva cultura que viene atrás de nosotros, pues como humanos no podemos vivir sin ella (sin cultura).

Es decir, con su vida, con sólo vivir, el humano hace cultura. Pero qué cultura estamos haciendo hoy en que han coincidido dos acontecimientos sociales trascendentes para nosotros, los habitantes de este país. Por un lado, hace dos años un acontecimiento político muy significativo: un cambio de régimen político que, mal que bien, ha modificado significativamente la cotidianidad del país (el saludo a la mamá del Chapo, el simulacro de misa entre las tiendas de campaña del Zócalo). Y dos, esto sí muy significativo y trascendental, la aparición de la pandemia que modificó a nivel mundial las conductas de todos los pueblos y las economías en que éstos se sustentaban (de Argentina a Estados Unidos y de la Amazonia al Congo), dando así origen a formas de vida que nos eran, en muchos aspectos, desconocidas, y que aún no terminamos de definir si se inscriben o no en la cotidianidad capitalista en la que, por costumbre, estábamos viviendo, por muy sacrificada que ésta fuera o si definitivamente vamos a vivir bajo las reglas de un nuevo orden social.

He ahí el por qué hoy se presenta la tesitura de definir el y ahora qué, qué vamos a hacer frente a esta nueva cotidianidad que tiende a regresar al pasado y se resiste a aceptar el cambio quizá porque ni sus mismos dirigentes quieren o saben cómo asumir ese cambio y quieren regresar entonces así a la “normalidad”, cuando ella ya no existe o se ha modificado de una manera sustantiva. El problema, pues, está en cómo asumir el mundo nuevo que nos ha tocado vivir: en la línea foucaultiana de la locura y el desamor de que habla Byung-Chul Han (o Zizek, Berardi y tantos otros) o en la línea de un optimismo medido, cuyo fin utópico siga siendo construir al hombre nuevo.

Bueno, la tarea al menos está planteada.

 

gomeboka@yahoo.com.mx

 

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