Los descendientes del dragón

Un estudiante de la Universidad China de Ciencias Políticas y Derecho mantiene una huelga de hambre en la Plaza de Tiananmén en Pekín, en junio de 1989. Las fotos que acompañan este artículo permanecieron inéditas 30 años; su autor, Liu Jian, decidió publicarlas el pasado mayo en el medio independiente La Gran Época para conmemorar la masacre de Tiananmén. (Fotos: Cortesía Liu Jian/La Gran Época).

A fines de mayo de 1989 el azar me llevó a Hong Kong. Cuando llegué a mi habitación, en el décimo piso de un hotel, me asomé por la ventana y vi la manifestación más grande, hasta entonces, en la historia del lugar: un millón de jóvenes marchaban en apoyo al movimiento de los estudiantes chinos en la Plaza Tiananmén.

Al día siguiente, estaba por subirme al ferry que me trasladaría de la isla a la península de Kowloon, cuando me topé en el puerto con un grupo de ciudadanos que repartían volantes y pancartas. Todavía gobernados por los británicos, estos habitantes de Hong Kong se unían al clamor de los estudiantes de Pekín por una democratización pacífica en China. “Somos los mismos”, decían. Ya no tomé el ferry. Y aquella entrevista con los líderes del Grupo Hong Kong me permitió recibir durante meses documentación, testimonios desde las cárceles chinas y, procedentes del exilio, grabaciones traducidas, historias personales y colectivas.

Por ellos supe de Liu Xiaobo que, un día antes de la entrada de las tropas a Pekín, se mantenía en huelga de hambre junto con Zhou Duo, Gau Xin y Hou Dejian. Los tres prestigiados profesores y el músico emitían la declaración Movimiento por la democracia contra cualquier forma de violencia y a favor del diálogo con el gobierno hacia la libertad y los derechos humanos.

En la madrugada del 4 de junio de 1989, por el bulevar de la Paz Eterna la sangre de la represión ya fluía a ríos, según el testimonio de Chai Ling, comandante en jefe de Tiananmén que logró enviar una grabación a Hong Kong. Amenazados, los estudiantes se tomaron de la mano en la plaza y cantaban Los descendientes del dragón cuando Xiaobo dijo: “Niños, no se sacrifiquen así”, y junto a los otros tres líderes se dirigió a negociar con los soldados para que dejaran a la gente retirarse de ahí; así salvaron cientos de vidas antes de que los ejecutores abrieran fuego.

Manifestantes cerca del Monumento a los Héroes del Pueblo en la Plaza de Tiananmén.

A sus 33 años, Xiaobo fue encarcelado 20 meses y luego pasó tres años en un campo de “reeducación por el trabajo” donde se casó con la poeta Liu Xia. Volvió a prisión en 2008 por la redacción y difusión vía internet de la Carta 08 que, inspirada en el manifiesto de Václav Havel que originó la Revolución de Terciopelo en Checoslovaquia, reunió más de 20 mil firmas. Ganó el Premio Nobel de la Paz en 2010, pero no pudo viajar a Noruega para recogerlo porque el gobierno chino se lo impidió. A distancia, se lo dedicó a los mártires de Tiananmén, según informó Liu Xia antes de ser incomunicada. El poeta murió el 13 de julio de 2017.

China tiene un rostro complejo. Por un lado, el gran país, inventor del papel, de los tipos móviles, de la pólvora, la brújula, la tinta, los cometas… Un dragón milenario como símbolo de una de las más grandes culturas en la historia de la humanidad. Y del otro, el gran represor del Tíbet, el vendedor de armas a Sudán, el jefe de los cientos de miles de “hackers rojos” de la burocracia que controlan internet, el que desconoce los derechos humanos. El de las terribles condiciones carcelarias para los presos políticos, de los trabajos forzados, del silenciamiento de voces disidentes, el que detrás del “milagro económico” esconde campos de esclavitud con prisiones con nombres de corporativos donde se producen ropa, juguetes, focos navideños… para la exportación. El que persigue, desde hace 20 años ya, a los practicantes de Falun Gong —una disciplina pacífica de meditación espiritual—, que son deportados a campos de concentración y sometidos a torturas y, si no renuncian a sus creencias, terminan esclavizados o, en caso de tener buena salud, son sometidos a extirpación de córneas, riñones e hígados que abastecen el mercado negro de órganos.

Por mis amigos de Hong Kong supe que Ye Wenfu, “el poeta de Tiananmén” nacido en 1944, era miembro del Partido Comunista de China (PCCh) y del Ejército Popular de Liberación. Que escribía propaganda y al mismo tiempo publicaba poesía. En 1989 llegó a la gran plaza que significa “Puerta de la paz celestial” y se unió a los estudiantes, leyó sus poemas en voz alta y renunció al partido oficial. Después de la matanza del 4 de junio, durante los arrestos masivos fue llevado a la prisión Qincheng de Pekín, donde lo sentenciaron por “antirrevolucionario” y “por obstruir vehículos del ejército”. Testigos como el pintor Wu Wenjian aseguran que fue torturado y que intentó suicidarse, otros dicen que se exilió.

Donde quiera que esté, Ye Wenfu sabe que la poesía encuentra sus rendijas: (…) Porque la gente no será silenciada/ Y deseo que las estrofas de mis poemas sean truenos infinitos/ acompañados por los vientos audaces/ golpeando directo a tus oídos, hacia dentro de tu corazón…

De un día para otro, dejé de recibir información de Hong Kong, poco antes de que la isla se reintegrara a China en 1997. Sin embargo, con la irrupción de las nuevas tecnologías, hoy se sabe mucho más.

Varios estudiantes frente al retrato de Hu Yaobang, exlíder chino, en la Plaza de Tiananmén.

Un año después del Premio Nobel a Xiaobo, cuya silla vacía estremeció en Oslo el día de la entrega, un caso más despertó la indignación mundial. El 3 de abril de 2011 en el aeropuerto de Pekín, cuando estaba por volar a Hong Kong, el gobierno chino detuvo al reconocido artista multimedia Ai Weiwei con el pretexto de acusaciones de “evasión de impuestos” y “pornografía”.

Entre más de cincuenta escritores, artistas y defensores de los derechos humanos detenidos desde aquel febrero por el gobierno chino, temeroso de que las rebeliones ciudadanas árabes inspirasen un movimiento en su país, la desaparición de Ai Weiwei puso en evidencia, una vez más, que “los creadores suelen ser los únicos con valor suficiente para responder con la verdad a las mentiras de los tiranos”, como escribió entonces Salman Rushdie.

El creador conceptual y multimedia, pintor, fotógrafo, documentalista y arquitecto, fue codiseñador del estadio olímpico “Nido de pájaro” en 2008, pero se desligó de los juegos al darse cuenta de que eran utilizados como propaganda.

“El Warhol de China”, lo llaman los críticos. Weiwei no solo es el artista de mayor proyección internacional de su país, sino también uno de los más críticos de un gobierno que ha insistido en silenciarlo. Luego del terremoto de Sichuan en 2008 y dolido por los niños que fallecieron a causa de escuelas mal construidas, realizó una instalación con 9 mil mochilas y registró los nombres de los escolares muertos. Una golpiza policiaca en 2009, la destrucción de su estudio en Shanghai, la clausura de su blog o el intento de acallarlo en Twitter, no lo doblegaron en su defensa de los derechos humanos. Si bien creció como artista en Manhattan, decidió volver a Pekín en 1993 cuando enfermó su padre, el poeta Ai Qing.

Rushdie exigió su liberación, la de Liu Xiaobo y la de muchos otros capturados y desaparecidos; 300 artistas e intelectuales de todo el mundo publicaron una carta abierta; el Guggenheim, el MoMA de Nueva York y la Tate Gallery recolectaron casi 100 mil firmas, mientras que los gobiernos y socios comerciales de China volteaban la mirada y callaban.

Maestros de las escuelas secundarias de Pekín desfilan por las calles para apoyar las manifestaciones de los estudiantes.

Treinta años después de todo lo que vi en Hong Kong en la víspera de la matanza de Tiananmén, en junio de 2019, las manifestaciones por las calles de aquella ciudad se repitieron. Y vimos las imágenes de un millón de personas protestar de nuevo en la isla, esta vez contra un proyecto de Ley de Extradición que permitiría el traslado de disidentes para ser juzgados en China por el gobierno de Xi Jinping. Y una vez más, en el 30 aniversario de Tiananmén, la censura oficial hizo que reinara el silencio en el país asiático, mientras que, de nuevo, Hong Kong se unía a las protestas para decir: “Debemos hablar por la gente sin poder que ha quedado silenciada en China, o nos convertiremos en cómplices de la tiranía”.

Solo el portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Geng Shuang, hizo declaraciones justificando la decisión de la dirigencia del PCCh en Tiananmén: “El prodigioso éxito muestra que la decisión que tomaron fue la correcta”. Y más: “Protegió la estabilidad de China y su entorno, y el pueblo chino seguirá avanzando por el camino del socialismo con características chinas”. Esto es, un socialismo capitalista, contaminante, autoritario y represor que, sin embargo, ha tenido un éxito económico imparable.

Y así como los productos chinos son cada día de mayor calidad y las telecomunicaciones (el gigante Huawei, por ejemplo) compiten al tú por tú con la tecnología occidental, en las artes visuales revelan calidades asombrosas herederas de una tradición milenaria. Lo pude ver en la exposición Bentu. Artistas chinos en un tiempo turbulento y en transformación en la Fundación Louis Vuitton en París. El nuevo museo, obra arquitectónica de Frank Gehry, en los jardines de la Boulogne, alojó en 2016 la obra de doce artistas de distintas generaciones como Liu Wei, Xu Qu y Hao Lang. Organizada en colaboración con la Ullens Center for Contemporary Art de Pekín (UCCA), reunió escultura, pintura, video e instalación. Además, se incluyeron obras de Ai Weiwei, Huang Yong Ping y Zhang Huan que forman parte de la colección del recinto. Ya en el siglo XXI, los millonarios chinos se convirtieron en los principales compradores en las subastas de arte internacional.

En el terreno literario, un escritor de ciencia ficción arrasa en librerías y concursos literarios. Se trata de Liu Cixin, autor de la trilogía El problema de los tres cuerpos, El bosque oscuro y El fin de la muerte, que ha vendido ocho millones de ejemplares y ha sido traducida a 20 idiomas. Entre múltiples premios ganó el prestigioso Hugo Award en 2015 (es el único narrador asiático que lo ha obtenido) y el año pasado recogió en Washington el Premio Arthur C. Clarke a la Imaginación en Servicio de la Sociedad de la Fundación Arthur C. Clarke. En una entrevista con The New Yorker, el escritor nacido en 1963 reconoce que: “El punto es escapar del mundo real”, aunque sus lectores afirman que para entender a China hay que leerlo y los emprendedores tecnológicos conciben su obra como una metáfora de la competencia despiadada en el mundo corporativo. Menciona a H. G. Wells y a Julio Verne como los autores que lo marcaron y cuyas traducciones fueron permitidas en China después de la prohibición del género durante la Revolución Cultural.

Otra escena de protesta cerca de la Puerta de la Paz Celestial, significado del nombre Tiananmén.

Lejos de pertenecer a la disidencia, Liu Cixin reconoce el cada vez más rígido control cultural en el gobierno de Xi Jinping, pero responde con pragmatismo a las preguntas de Jiayang Fan. Sobre la política de un solo hijo: “¿De qué otra manera hubiera combatido el país la explosión demográfica?”. Acerca de las libertades individuales: “No es algo que le preocupe a la gente de China. Lo que le importa es el costo de los servicios médicos, el costo de la vivienda, la educación de sus niños. No la democracia (…) Si China se transformara en una democracia, sería el infierno en la tierra. (…) Si te convirtieras en presidente de China mañana, te darías cuenta de que no tenías otra opción que hacer lo mismo que él ha hecho”.

En el epílogo de la edición de su trilogía en inglés, Liu escribe: “No puedo escapar y dejar atrás la realidad, igual que no puedo dejar atrás a mi sombra. La realidad marca a cada uno de nosotros con una marca indeleble. Cada era pone grilletes invisibles en aquellos que la han vivido, y yo solo puedo bailar en mis cadenas”.

Tres décadas después de Tiananmén, The New Yorker lo llevó al Memorial de Veteranos de Vietnam. Ahí Liu sí se dobló: “¿Por qué en China no podemos tener algo así? Los muertos merecen ser recordados. Tenemos estatuas de algunos mártires, pero nosotros nunca, no memorizamos a individuos. Así es como hemos sido los chinos siempre. Cuando algo sucede, pasa, y el tiempo entierra las historias”.

22 de julio de 2019.

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