diciembre 3, 2022

Subasta de arte moderno y contemporáneo en 2017, Casa López Morton, ciudad de México. (Foto: Francisco Moreno).

Una generación perdida

Subasta de arte moderno y contemporáneo en 2017, Casa López Morton, ciudad de México. (Foto: Francisco Moreno).

Las obras de arte son un negocio, una pasión y, por supuesto, una expresión simbólica y cultural de la humanidad. El mercado del arte es hoy en día uno de los ámbitos económicos en los que se mueven millones de dólares. Las operaciones globales de este sector alcanzaron la cifra de 67,4 mil millones de dólares en ventas en 2018, según informa la economista Clare McAndrew en The Art Market 2019, reporte publicado de manera conjunta por la feria del arte Art Basel y la sociedad suiza de servicios financieros, UBS.

El mercado mundial del arte tiene sus artistas predilectos, sus protagonistas y algunos autores privilegiados. Hablo de los creadores que más y mejor se venden, aunque no me ocuparé en mencionarlos pues figuran en la historia universal del arte.

La presencia de México en este dinámico mercado es muy baja. La venta anual de arte en el país suma 60 millones de dólares, según los cálculos promedio de Ercilia Gómez Maqueo, promotora y especialista en el rubro. Esta cifra representa un enorme contraste frente a Brasil, país que alcanza los 600 millones de dólares, uno por ciento del total global, aproximadamente.

Los datos, indicadores y estadísticas son una inapreciable fuente de información y una herramienta fundamental para el diseño de estrategias, planes y programas de desarrollo. Recordemos la frase del consultor y gurú de la calidad, William Edwards Deming: “No se puede mejorar lo que no se controla; no se puede controlar lo que no se mide; no se puede medir lo que no se define”.

No olvidemos que las subastas son, hoy por hoy, el medio que mejor evidencia y difunde el mercado del arte, pues a través de su método de ofrecer una tasación de precios de frente al público, logra una valiosa herramienta que brinda confianza y certeza a los compradores mediante la demanda y oferta de las obras.

Si bien México es una potencia cultural y tiene una arraigada tradición de pintores y escultores, no es sino hasta principios del siglo XX que las creaciones mexicanas cruzan las fronteras y son reconocidas en otros países. Sin duda Rivera, Siqueiros y Orozco son, junto con Frida Kahlo y Rufino Tamayo, los referentes internacionales de México en la materia; le siguen los artistas de la llamada generación de Ruptura, quienes -con estilos muy distintos- crearon una nueva propuesta con su quehacer plástico, en franco diálogo con el arte universal.

A pesar de ello, Rivera, Siqueiros, Orozco, Kahlo y Tamayo siguen protagonizando los récords de ventas en las más importantes casas de subastas del mundo, como Christie’s y Sotheby’s, mientras que los miembros de Ruptura  seguirían su paso con menos dígitos en sus precios de venta y también una menor presencia internacional en dichas subastas.

Si queremos medir el comportamiento del mercado del arte en México, debemos recurrir a los únicos datos con los que se cuentan: los de las subastas (mercado secundario), ya que las galerías privadas (mercado primario) difícilmente hacen públicas sus ventas. Por su parte, las operaciones que realizan los marchantes, corredores de arte, promotores independientes y vendedores on-line, no están registradas en ningún lado, lo cual impide conocer cuáles, cuántas y en cuánto venden las obras. Es decir, constituyen una especie de mercado informal. En el mismo estatus están las ventas que realizan directamente los artistas, los talleres, y los estudios; datos a los cuales no tenemos acceso.

La ausencia de datos duros y confiables, repercute directamente en una realidad: “…el mercado mexicano no tiene presencia en el panorama mundial, en parte por falta de medición”, como dijo Clare McAndrew. Y en el mismo tenor, Ercilia Gómez Maqueo ha dicho que “analizar el mercado del arte en México es muy difícil porque no hay una institución ni una empresa ni una base de datos en donde se analice el panorama del arte mexicano”.

Después de observar que, a nivel internacional, México no representa un escenario atractivo en cuanto a venta de obras de arte, es necesario cuestionarse a qué se debe el fenómeno y si estamos hablando de calidad o de cantidad.

En México existen tan solo tres empresas que subastan arte: la Casa de Subastas Rafael Matos, fundada en 1985; la Casa López Morton, creada en 1988 y la Casa Gimau, en el 2008; las dos primeras con sede en la ciudad de México y la última en la ciudad de Monterrey.  Las tres, son las únicas que impulsan este medio de venta sumamente atractivo y fértil, a la cabeza de las cuales, y por un amplio porcentaje, se encuentra Morton.

(Foto:Francisco Moreno).

Me pregunto si las galerías, las ferias y las representaciones diplomáticas hacen algo para remediar esta situación. Calidad hay de sobra y cantidad también, así que surgen las inquietudes: ¿Faltan coleccionistas, formación estética, poder adquisitivo, promoción? Tenemos una tarea urgente puesto que percibo a algunos artistas plásticos en comportamientos de confort como la búsqueda y asignación de becas, la subestimación del valor de su obra a cambio de ocupar un lugar en alguna galería de renombre o la fuga de su talento a países que sí reconocen su trabajo.

La segunda parte de este texto pretende mostrar cómo, después de la generación de Ruptura que amadrinó la historiadora Teresa del Conde, los artistas nacidos en la década de los cincuenta han perdido terreno, ya no digamos en las galerías sino en el escenario que nos ocupa, el de las subastas. Estos creadores que hoy rondan la edad de los sesenta y setenta años, están en la plenitud de su trabajo y son artistas consolidados y reconocidos. Pero veamos una decena de ellos y su lugar en las subastas nacionales e internacionales.

Guadalupe Morazúa (1950) solo tuvo dos obras en subasta, una en México y otra en Francia entre 2010 a 2012.  Alberto Castro Leñero (1951) contó con 36 piezas ofertadas desde 1991 y hasta el presente año; de éstas, tres obras se ofrecieron en puja en la Casa Gimau y el resto en Morton; precario escenario para un artista notable. Por su parte, de Cecilia García Amaro (1953) hubo cinco piezas en subastas del 2008 al 2015, cuatro en Morton y una en Estados Unidos.

De Gabriel Macotela (1954), activo creador que ostentó un registro de 135 obras en subastas, tan solo seis se presentaron en Bélgica y el resto en México con Morton y Gimau como espacios de puja; todas en un lapso de 20 años, a partir de 1998.  Si nos referimos a Miguel Ángel Alamilla (1955), ha tenido en subasta 25 piezas en México, entre 1992 y 2018; en tanto Magali Lara (1956) sumó 40 presencias en subastas, tanto en Estados Unidos (Sotheby’s) como en México y España.

Integrante de la misma generación, Sergio Hernández (1957) encabezó la lista de más obras en subasta, entre 1992 y 2019: 477 piezas, 65 repartidas entre casas de Estados Unidos (Sotheby’s), Francia (cinco obras) y México (407). De Fernando Leal Audirac (1958), hubo seis obras en Casa Morton entre 2008 y 2016, y para finalizar a los nacidos en los años cincuenta, Germán Venegas (1959) presentó en subasta 49 piezas, cuatro en Christie’s y el resto en Morton.

Todo parece indicar que el mercado del arte en México transita por una difícil situación cuando hablamos del templete de las subastas. Hasta hace algunos años, los coleccionistas en nuestro país pujaban arduamente por obras de Tamayo y otros autores.

Me parece grave que la política cultural de este nuevo gobierno no ponga atención en dotar de mejor infraestructura a nuestros museos y no se impulse una política pública de adquisiciones para enriquecer los acervos, además de que no tenga una estrategia que permita a los artistas mexicanos mostrar sus trabajos en otras latitudes.

Es urgente organizar más y mejores exposiciones en todo el territorio nacional y programar itinerancias internacionales, pues con un atinado apoyo del gobierno y de las galerías privadas, los artistas mexicanos podrían incrementar sus ventas e ingresar al mercado del arte en mejores condiciones presenciales. Con todo ello, se potenciaría un nuevo esquema de oferta y demanda que se vería reflejado en las casas de subastas, ya no digamos internacionales, sino en las escasas tres que tenemos en México, además de enriquecer el panorama de la plástica nacional.

 

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