Museos: medios de comunicación social.
Apuntes del (des)confinamiento

De nueva cuenta al cierre. La desolación del Museo de Louvre este invierno 20-21. (Imagen tomada de euroefe.euroactiv.es).

 

Los museos son medios de comunicación social, así de categóricos e indispensables para el desarrollo de las personas, las sociedades, las culturas y los países. Sin estos, el resultado es la entrega total a la derrota por el olvido, a la pérdida de memoria, de valores, del sentido estético, del conocimiento, de reconocernos a nosotros mismos y a la otredad como seres bioculturales que somos.

Durante el recién y persistente (des)confinamiento por la epidemia sanitaria, estos medios de comunicación social, los museos, indudablemente presenciales, dieron la oportunidad de reconocer su dimensión intra y extra muros; tanto el arte público como los inmuebles históricos y artísticos, los monumentos, el arte vivo en las calles y las expresiones artístico-culturales que se integran y subliman en la naturaleza. El mensaje quedo ahí mientras el emisor y el receptor nos (re)confinamos, salvo las personas que no les ha sido posible por diversos factores, especialmente por la desigualdad e inequidad social extrema que impera en México y el mundo.

Sin embargo, vale la pena reflexionar sobre esta presencialidad intrínseca de los museos. Para quienes tenemos el hábito de visitar y conocer museos o espacios semejantes, sin duda los extrañamos y quizás los redescubrimos a través de la Internet. Para otros al no tener un interés presencial, es posible que se haya iniciado un bello romance al conocerlos a través de las tecnologías. Y, por desgracia para muchos, ni era presencial ni fue digital ni despertará el mínimo interés por una diversidad de motivos. Un tanto de recursos y otro tanto por la vorágine intensa y permanente del bombardeo comercial y de mercadotecnia aspiracional, trivial y pretencioso de las marcas, las modas, los patrones de vida, el estatus y los complejos sociales que derraman el mercado y su publicidad, terminan por gobernar la atención y el paradigma de vida de muchas personas, donde un medio de comunicación social como los museos, pues simple y llanamente ni por error está en el menú de proyecto de vida-consumo. Quizás, salvo la selfie en algún museo al realizar un viaje donde sea una visita obligada o, mejor dicho, la selfie obligada y por lo mismo solo presencial para satisfacer el ego y la presunción.

Cosas de los patrimonios

Los museos en sí son un patrimonio comunitario y social, universal y consustancial a otros patrimonios intangibles y tangibles. Museos con contenidos y expresiones diversas que, entre sus múltiples derroteros, se suma la actual experiencia museística a partir de adaptar formas de convivencia y respeto en el espacio público que favorezcan una mejor conducta cívica y reglas apropiadas de higiene y sanidad. Un resto mayúsculo cuando la ecuación de la experiencia museística es presencial: patrimonio es igual a emisor-mensaje-receptor en un mismo espacio físico.

 

A paso acelerado, se impuso la alternativa de los recorridos virtuales a numerosos recintos museísticos. La gratuidad fue uno de los imanes. (Imagen tomada de elestudiantedigital.com).

 

La museología entrará en un interesante devenir de sus paradigmas acordes a los públicos, mismos que son el transmisor de posibles contagios y, a su vez, estos públicos en su conjunto y participando en un mismo espacio con la incertidumbre de que estén infectados, o no. La carga simbólica del espacio museal tomará una dimensión retadora para la museografía y la amplia diversidad de disciplinas que trabajan en un museo, para lograr que se mantenga dicha experiencia junto con la generación de nuevos hábitos para los públicos que, si de antemano hay una tendencia natural humana de sacralizar estos espacios y verlos como ajenos o inalcanzables, ahora con el temor de ser contagiado surgirá una merma de públicos y el desinterés por los museos con un erróneo argumento para negarse a la grata y espléndida actividad de visitarlos.

Quizás sea el mismo reto que los centros comerciales, templos o mercados; pero fría y tristemente, los museos en México, fuera de su connotación turística y la necesidad de la selfie, en una mayoría poblacional no se sitúan en el imaginario personal y colectivo para acudir a ellos. Públicos que ignoran o minimizan el riesgo o no de contagiarse yendo de compras o satisfacer sus creencias; pero a visitar un museo, aunque en su mayoría no se permita tocar los objetos patrimoniales, la lógica será que habrá personas reunidas en un mismo espacio intentando ver, disfrutar y lograr alguna experiencia. Resultaría legítimo y equivocado que así se etiqueten los museos como lugares peligrosos o cómo sea, de acudir sólo para tomarse la selfie en el exterior del museo, subirla a las redes sociales y presumirla, aunque no se haya entrado ni por error. Los museos se viven estando dentro de ellos, recorriéndolos, convirtiéndolos en algo propio, en una historia de vida: son vivenciales.

Mitología de la Internet

Los museos y la Internet ya tienen su historia, no es nada nuevo. Pero si algo ha demostrado el confinamiento es que aun es muy incipiente. Primero: dada la intrínseca desigualdad e iniquidad social extrema en México, la Internet, los dispositivos tecnológicos, así como la electricidad no son asequibles para toda la población ni siquiera en grandes ciudades. Además, estas condiciones se unen con la educación. Y ya quedó demostrado que la actividad educativa a distancia es un privilegio más en el país. Desde el advenimiento de las redes y las nuevas tecnologías, la conectividad, el acceso y la disponibilidad de ellas es aun ciencia ficción para mucha parte de la población.

Segundo: quizás por la naturaleza propia de que los museos son intrínsecamente presenciales, no se ha desarrollado del todo una museística digital o a distancia que permita no solo reproducir el espacio físico en uno virtual sino generar lenguajes diferentes y hasta propios del ecosistema digital,  a fin de explotar de forma complementaria la capacidad de los museos en relación con la diversidad de los públicos y las situaciones emergentes desde el confinamiento vivido y que continúa, hasta experimentar el aprovechamiento de los patrimonios en el ámbito virtual. Subrayo que no me refiero al uso comercial y de mercadotecnia de las tecnologías, porque es evidente que en eso resultó el mayor porcentaje del uso de la Internet, sino insisto en la procuración de sociedades de conocimiento que utilizan las herramientas tecnológicas y no al revés.

Tercero: quiero enfatizar que llevar un museo a la Internet no es solo duplicar su presencialidad de forma virtual con un portal funcional o en la digitalización de las colecciones o los espectaculares recorridos virtuales, los cuales son básicos indispensables en la era digital porque únicamente son la adaptación del museo a las tecnologías. Si éstas son instrumentos de comunicación social, igual que el museo, entonces la lógica es que las herramientas tecnológicas se adapten para que un museo se transforme, paralelamente a la presencialidad, en un museo digital.

El museo en sí mismo primero se tiene que transformar para la adopción de tecnologías en lenguajes que interconecten el ámbito físico y el digital, y se evite caer en el erróneo entendido de que nos adaptemos al instrumento o herramienta y en solo adquirir tecnología. La propuesta es integral y modular para la transformación de los museos en la “nueva normalidad”, una realidad, una vida o cómo se le quiera enunciar.

 

El arte intervenido a cuenta de la pandemia. Toda una nueva estética que exhibe la parálisis de los recintos culturales del mundo. (Foto: Ministerio de Cultura y Política de Información de Ucrania).

 

Caminos de la imaginación

Una de las grandes maravillas es que los museos son espacios casi sin límites, incluyendo el espacio físico, sin alterar o deteriorar patrimonios; son ámbitos de una gran fuerza creativa, de imaginación multidisciplinaria y de trabajo en equipo pese a que en muchas ocasiones se gire alrededor del ego de un artista, un curador o directivo. Lejos de esa soberbia inherente a todo quehacer humano, sin excepción alguna, los museos son una comunidad de destino que trabaja para una comunidad endogámica, inobjetable como en toda actividad, pero también para una diversidad de públicos. Además está la obligación y la responsabilidad social, si del erario público se trata. La gran red de museos en México es un gran baluarte patrimonial, y sea cual sea su financiamiento, sin imaginación desaparece. Y no contar con museos implica entregarse a la derrota del olvido, así como a un presente y un futuro desoladores.

En este sentido, resalto una de las tareas más complejas y determinantes del quehacer museológico: la difusión. Por enunciados que he expuesto en este texto, sin imaginación no hay difusión y no hay públicos. Un museo sin públicos es el reflejo del desarrollo sociocultural y educativo de un país, de sus familias y ciudadanos. Es la impronta de un museo vacío que representa el vacío social y comunitario, la falta de humanismo y el deterioro de nuestro ser biocultural, lo que nos deja enteramente vulnerables al salvajismo, a la tasa de ganancias, a las utilidades, al sólo producto turístico; a un escaparate de moda temporal en un centro comercial y a la pérdida de las sociedades de conocimiento. Ante la enorme y profunda dificultad de atraer públicos, mantenerlos y generar cadenas de interés familiar y social por los museos, la imaginación es la clave ante la difícil y titánica tarea de atraer y retener públicos.

Voluntad, ser transversal

Pienso que los museos son actos de voluntad y es así que son y deben ser proyectos transversales de toda sociedad, cultura y país. En sí, las denominadas industrias culturales tienen que ser parte integral y complementaria de todos los sectores y ámbitos, sea el sector público, privado, civil o comunitario. Los museos tienen el gran reto de ampliar esa voluntad y encontrarla con la de otros quehaceres e intereses humanos. Si como personas, familias, sociedades, culturas y países no incluimos las artes, las historias, las culturas y la biodiversidad en todo nuestro entorno y en nosotros mismos, ni México ni en el resto del mundo lograremos ser más amables con nosotros mismos y con la otredad; tanto la humana como la de la naturaleza.

Las expresiones artístico-culturales también son actos de voluntad. Si no tenemos la voluntad de sumar esfuerzos a favor de nuestras industrias culturales, de conocerlas, entenderlas, protegerlas y aprovecharlas respetuosamente, provocaremos que la comunidad de destino que es México naufrague en el colapso del vacío de la ignominia del mercado-comercio.

 

Alegorías de una pandemia. Coronavirus graffiti, Leake Street, Londres. Flickr/duncanc. CC BY-NC 2.0. (Imagen tomada de opendemocracy.net).

 

Muchas lecciones nos dejan la actual epidemia y, digamos, el (des)confinamiento. Se han destacado algunos valores éticos y relativos al humanismo, pero también han brillado una serie de atributos mezquinos, longevos egos y añejas soberbias que solo son reflejo, entre otros, de una carencia prolongada y profunda de no acercarse y no conocer ni disfrutar las artes, las culturas y la biodiversidad. Ha quedado claro cómo los individuos, las familias y las sociedades nos hemos alejado, negado y desinteresado por ello. Claro, si se tiene el estómago vacío o mal alimentado lo que menos ganas y necesidad hay es de consumir un libro. Pero si lo básico está cubierto el vacío es mucho más preocupante e insano que el hambre de comida o sed de agua, e implica el vacío de la persona. Los museos y las industrias culturales sanan ese vacío fortaleciendo el sistema del humanismo.

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