Este retrato de Hernán Cortés, de autor anónimo, fechado en el siglo XVII, formó parte de la exposición Itinerario de Hernán Cortés. Pertenece al acervo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid.

No hay perdón para Cortés

Este retrato de Hernán Cortés, de autor anónimo, fechado en el siglo XVII, formó parte de la exposición Itinerario de Hernán Cortés. Pertenece al acervo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid.

La petición del Presidente Andrés Manuel López Obrador al rey Felipe VI para que el Estado español ofrezca a México disculpas por los “innumerables crímenes y atropellos” cometidos durante la Conquista pone de relieve otra realidad: 500 años después de su arribo a las costas mexicanas, no hay perdón para Hernán Cortés.

La conmemoración de la llegada del conquistador el 27 de febrero de 1519 a Cozumel era una oportunidad para reconciliarse con su figura histórica. En esa isla, Cortés hizo su primera parada en la gesta que lo llevó a derrotar al imperio azteca con un ejército en el que pelearon, junto a los españoles, miles de indígenas de pueblos tributarios de los mexicas.

Cortés, quien durante el virreinato fue considerado un héroe en la Nueva España, se convirtió en villano al lograr México su independencia. Se le denostó, se ocultaron sus restos para evitar que fueran profanados, y hoy permanecen casi olvidados en un nicho de la iglesia de la Purísima Concepción y Jesús Nazareno, en el centro histórico de la Ciudad de México.

A lo largo de los años, los sucesivos gobiernos no han sabido cómo —o no han querido— despojar a Cortés del mito “oscuro y negativo” en que se convirtió: “la imagen de una penetración violenta y de una usurpación astuta y bárbara”, en palabras del Nobel mexicano Octavio Paz.

Un mito que lo transformó de émulo de Moisés, un modelo bíblico creado por los franciscanos —porque con la evangelización liberó a los indígenas de la esclavitud de la idolatría—, a genocida, aunque la mortandad indígena fuera causada por epidemias de enfermedades como la viruela y el sarampión que arrasaron con la población autóctona.

En 1992, los medios se hicieron eco de la provocadora propuesta de Carlos Fuentes: erigir una estatua ecuestre de Cortés en una plaza de la Ciudad de México como una forma de superar el trauma de haber sido colonizados. “Debemos aceptar al padre y a la madre”, dijo el escritor.

Apenas una década antes se había inaugurado en el centro de Coyoacán el Monumento al Mestizaje, con esculturas de Cortés, la Malinche, y el hijo de ambos, Martín. Esa aparente reivindicación duró solo un año: en 1983, la obra de Julián Martínez Soros y M. Maldonado fue trasladada a un espacio discreto del Jardín Xicoténcatl, en la misma delegación.

El busto de Cortés, esculpido por Manuel Tolsá para el monumento funerario creado en 1794, lo muestra como un emperador romano.

No hubo más intentos de recordar a Cortés con una estatua, ni siquiera con una exposición, como la que se inauguró en diciembre de 2014 en Madrid. La muestra Itinerario de Hernán Cortés, visitada en sus primeros tres meses por más de 70 mil personas, fue planeada para ser vista en México, según su comisario Martín Almagro.

El INAH prestó su acervo para un proyecto de sesgo eurocentrista que comparaba a Cortés con figuras como Alejandro Magno y Julio César, pero nunca la trajo al país, aunque Almagro contemplaba adaptaciones para mostrarla en México.

El intento más reciente desde el ámbito público por abordar la figura histórica del conquistador es el documental Hernán Cortés: Un hombre entre Dios y el diablo, coproducido en 2016 por TV-UNAM, la Universidad de Guadalajara y el Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano, bajo la dirección del español Fernando González Sitges.

Dividido en cuatro partes —“Ambición”, “Conquista”, “Declive” y “Legado”—, con un presupuesto que, según diversas fuentes periodísticas, osciló entre 5 y 8 millones de pesos, narra la conquista de México en 80 minutos, con una velocidad en los hechos relatados que constrasta con la lentitud de varias de sus escenas. Abarca desde la llegada de Cortés a Cozumel hasta su muerte el 2 de diciembre de 1547 en la localidad sevillana de Castilleja de la Cuesta.

El documental, en el que participan historiadores como Miguel León-Portilla, Bernard Grunberg, Antonio Rubial, y el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, muestra a Cortés —interpretado por el actor español Fernando de Retes— como un hombre obstinado, un hábil diplomático y estratega y, al final de su vida, un ser desdichado. Presenta un contenido equilibrado, pero no puede evitar caer en algunos tópicos y excesos: la mirada ambiciosa de Cortés sobre el oro, asegurar que la vida del conquistador estuvo marcada por “un insaciable deseo de mujeres”, y sostener que en Tenochtitlan, “a pesar de los sacrificios humanos en sus templos, sus leyes permitían una convivencia justa y en paz”.

Para el historiador británico Hugh Thomas, una palabra resume las acciones de Cortés: audacia. Un término, escribe en La conquista de México, que “contiene un rastro de imaginación, de impertinencia y la capacidad de llevar a cabo lo inesperado”.

En el documental, León-Portilla recuerda la conclusión de José Luis Martínez en la que considera la mejor biografía del extremeño, Hernán Cortés: “Dice que no fue un héroe, pero tampoco un rufián. Fue un hombre fuera de lo común”. A los mexicanos dolidos aún por el recuerdo de la caída de Tenochtitlan, el historiador les recuerda: “La historia de la humanidad está hecha de conquistas”.

Cortés logró, al derrotar a los aztecas, la mayor hazaña de su vida. Luego enfrentó una sucesión de fracasos: la expedición a Las Hibueras (Honduras) en 1524, en la que ordenó ahorcar a Cuauhtémoc bajo acusaciones de rebelión; el juicio de residencia al que lo somete la Corona en 1528, y la negativa del rey Carlos V a concederle el nombramiento de virrey de la Nueva España que tanto anhelaba, una decisión que lo convierte en un personaje secundario en la tierra que conquistó, al recibir el título de capitán general y marqués del Valle de Oaxaca.

En 1530, la reina Isabel le prohíbe entrar a la capital del país hasta que sea instalada la segunda Audiencia, debido al juicio de residencia que enfrenta, y los oidores lo obligan a ceder su casa de Coyoacán; se refugia en Tlaxcala, luego en Texcoco, hasta que decide erigir un palacio en Cuernavaca.

Gasta fortunas en expediciones al Pacífico, tratando de encontrar el estrecho que se pensaba unía este océano con el Caribe. Regresa a España en enero de 1540 para defender su causa y restituir su honor. Exageraba tanto su pobreza como su edad, escribe Thomas. “Como le sucediera a Colón, pasó sus últimos años desilusionado”.

En su testamento, Cortés dispone que en un plazo de diez años o antes, “si fuere posible”, lleven sus restos a su casa de Coyoacán para enterrarlos en un monasterio de religiosas “de la Concepción, de la Orden de San Francisco”, que manda construir.

Ordena también que se provean recursos para terminar la obra que fundó en 1524, el Hospital de la Limpia Concepción de Nuestra Señora, hoy conocido como el Hospital de Jesús. Cláusula a partir de la cual, según el historiador Mariano Cuevas, se establece la aportación de recursos a la institución.

Esta pintura, que por su estilo podría ser del siglo XVII, muestra a Cortés en oración. La obra se encuentra en el Hospital de Jesús. (Foto: Antonio Bertrán.

Cortés es enterrado el 4 de diciembre de 1547 en el espacio que el duque de Medina Sidonia tenía reservado en el altar mayor del monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo, en Santiponce, una localidad cercana a Sevilla. En junio de 1550 es trasladado, tras fallecer el duque, a un nicho junto al altar de Santa Catalina.

El fallecido cronista de Coyoacán, Luis Everaert, relataba que había resistencia en la Corona para traer los restos de Cortés a la Nueva España ante el temor de que su figura se ensalzara en exceso, por lo que son enviados discretamente a Veracruz en 1566. El conquistador es inhumado en la iglesia de San Francisco en Texcoco, donde también reposaba su madre, Catalina Pizarro.

En 1629, Pedro Cortés, cuarto marqués del Valle de Oaxaca, es enterrado en la iglesia de San Francisco en la Ciudad de México, por lo que el virrey Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralvo, ordena el traslado de los restos del conquistador a la capilla mayor del recinto donde descansa su nieto. Ahí permanece hasta 1794, tras ser cambiado de nicho en 1716 debido a obras de reconstrucción en el templo.

El virrey Juan Vicente de Güemes, conde de Revillagigedo, dispone en 1790 trasladar los restos de Cortés a la iglesia de la Purísima Concepción y Jesús Nazareno, junto al Hospital de Jesús. Se crea un monumento, obra de José del Mazo, con un obelisco de mármol de siete metros de altura y un busto del conquistador esculpido por Manuel Tolsá, bajo el cual se coloca la urna funeraria el 8 de noviembre de 1794, en una ceremonia anunciada con el toque de campanas y oficiada por fray Servando Teresa de Mier.

La noche anterior al 16 de septiembre de 1823, ante el temor de que los restos sean profanados y destruidos en el quemadero de San Lázaro, la urna de Cortés es retirada y depositada bajo el piso del Hospital de Jesús por el historiador y ministro Lucas Alamán. En 1836 la recupera para darle un nuevo entierro, en un nicho abierto en un muro de la iglesia.

Su ubicación se mantiene en secreto durante más de un siglo, hasta que en 1946 es descubierto un documento notariado de 1836, firmado por Alamán, que revela su paradero. La búsqueda inicia a las 8 de la mañana del 24 de noviembre de 1946, y es hasta las 6 de la tarde cuando se localiza la caja forrada de terciopelo negro que contiene el cráneo y los huesos de Cortés. Tras ser autentificados por los peritos, las autoridades niegan su permiso para una ceremonia luctuosa y los restos son colocados, una vez más discretamente, en un nicho a un lado del altar, con una placa de metal con el nombre del extremeño.

En 1985, al cumplirse cinco siglos del nacimiento de Cortés, Paz escribió: “El conquistador debe ser restituido al sitio al que pertenece con toda su grandeza y todos sus defectos: a la Historia. Así dejará de ser un mito antihistórico y se convertirá en un personaje histórico, es decir, humano”.

Para el historiador Antonio Rubial, el gran problema de México es su amnesia histórica. “Mientras no cambie el concepto histórico de héroes y villanos, no podremos rescatar ninguna figura histórica”, afirmó en una conferencia ofrecida en el Centro de Estudios de Historia de México en mayo de 2016.  Este tipo de historia, precisó, le conviene al Estado. “No le interesa una historia crítica, que forme conciencia social”.

En la carta que dirigió a Felipe VI, López Obrador anunció que el 21 de septiembre de 2021 sería declarado por su gobierno el Día de la Reconciliación Histórica. Si se busca propiciar la reconciliación, una fecha más significativa sería el 13 de agosto, el día de 1521 en que cayó Tenochtitlan y se consumó la conquista.

Para conmemorar la victoria de la Corona, en 1528 se estableció realizar en ese día el Paseo del Pendón. Se llevaba el estandarte real en procesión desde la Plaza Mayor hasta la iglesia de San Hipólito, en el límite de la ciudad, donde comenzaban los barrios indígenas. La celebración empezó a decaer en el siglo XVII, hasta que desapareció con la independencia, en 1821; ahora ese símbolo podría transformarse para marcar la reconciliación de las dos raíces de la mexicanidad: la indígena y la española.

29  de julio de 2019.

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