Para mirar el 2021: Los huesos de Iturbide en Victoria

Fusilamiento de Agustín de Iturbide en Padilla, Tamaulipas. (Fusilamiento de Iturbide, Litografía atribuída a Santiago Hernández, ca. 1870; Fuente: museodelestanquillo.com).
Una mancha de sangre se lo impide;
más su llanto al caer, la mancha lava,
¿y qué aparece? ¡el nombre de Iturbide!
José Ramón Pacheco

 

CIUDAD VICTORIA. Tuvieron que transcurrir catorce años después de su muerte, para que los restos del emperador Agustín de Iturbide fueran exhumados de una modesta tumba en el atrio de la iglesia de San Antonio de la Villa de Padilla, Tamaulipas, donde fue pasado por las armas el 19 de julio de 1824. Según el presbítero José Antonio Gutiérrez de Lara, legislador del Congreso de Tamaulipas y testigo del acontecimiento, cuando en la plaza pública las balas despedazaron su cuerpo, la sangre del artífice de la independencia de México se derramó: “…por la tierra que antes había liberado”.

Indiscutiblemente la fatídica noticia del fusilamiento afectó a su familia y admiradores. Uno de ellos era el general Anastasio Bustamante, antiguo militar realista quien se adhirió al Plan de Iguala. Atormentado por la suerte de su amigo y paisano, al asumir la presidencia de México ordenó que los restos del emperador fueran trasladados a la capital del país. Para darle curso legal, el 6 de agosto de 1838 emitió un decreto sobre la exhumación de sus huesos en Padilla.

Tal disposición, llegó a manos del gobernador de Tamaulipas José Antonio Quintero, quien procedió a formalizar una serie de actividades solemnes en el sitio de los hechos. La principal consistía en sustraer los despojos de Iturbide, ante la presencia de parroquianos, curas, jueces, soldados, autoridades y concurrentes afectos a su causa. Bajo estas circunstancias, la mañana del 22 de agosto docenas de curiosos se arremolinaron frente a la puerta del templo de la villa, donde se encontraba el cadáver sobre una gran piedra, precisamente junto a los despojos del general insurgente Manuel Mier y Terán.

Viñeta del Fusilamiento de Agustín de Iturbide. (Imagen cortesía del autor).

Los huesos del emperador estaban cubiertos por pedazos de una levita de paño morado, bordada de trenzas de seda negra. Además de unos tirantes de seda blanca, una hebilla y trozos de camisa de olanes perforada por las balas, igual que el cráneo. Antes de ser introducidos en una caja de lata y trasladados por dos voluntarios a la capilla de San Antonio bajo vigilancia del Coronel Juan Nepomuceno Cuevas, la gente, sin el menor recato besaba los restos del monarca como si estuviera venerando un santo. En el altar los esperaba el cura Eulalio de la Merced Trujillo y Mata, dispuesto a entonar un canto de responso.

Ese mismo día, el gobernador Quintero entregó al Teniente Pedro Arcadio Cantón, las reliquias del firmante del Plan de Iguala enumeradas en un lúgubre inventario, mientras las introducían en una urna: “Dos huesos al parecer femorales, dos idem tibias, dos dichos de antebrazo, dos idem de brazo, cuatro piezas más que no se clasifican, dos idem de homóplato, dos idem de cadera, dos idem que parecen de esternón, seis pedazos de cráneo, un idem de mandíbula superior, un idem de mandíbula inferior, una parte superior de la espina, ciento nueve fragmentos, entre costillas, apondiles, un pedazo de género bordado, una hebilla de tirante”. El resto de la osamenta, pasaron en calidad de reliquias a manos de Marcial Guerra, Coronel Manuel Reyes Veramendi y otros vecinos de Padilla.

Después de ser velados en la iglesia de Güemes, el cortejo fúnebre llegó a Ciudad Victoria la tarde del 24 de agosto. Inmediatamente las autoridades y el pueblo le rindieron honores “al venerable héroe de Iguala” en la sede del gobierno, enfrente de la Plaza Principal: “… con la pompa que correspondía a su investidura, asistieron a la ceremonia clérigos, autoridades, notables, curiosos y el pueblo católico”. Después le ofrecieron una misa en la iglesia de Nuestra Señora del Refugio, donde se levantó un catafalco. De igual manera, se presentaron los soldados con atuendos negros en la plaza, disparando algunas descargas como parte de los protocolos militares.

Atrio de la Iglesia de San Antonio, donde fueron sepultados los restos de Agustín de Iturbide y el general Manuel Mier y Terán. (Fotografía del autor).

El 26 de agosto, la comitiva se trasladó a la hacienda de Tamatán -cerca de Ciudad Victoria-, donde Cantón entregó el venerable encargo al Teniente Francisco Molina. Vale mencionar que los huesos del difunto estaban resguardados en una caja de madera, forrada con paño negro, guarnecida de galón de oro y cerradura de hierro. Como parte del protocolo, la llave del cofre fue entregada a uno de los custodios. Así mismo, se asignaron a la comitiva luctuosa varios accesorios del antiguo soldado realista: “… una banda enlutada en que descansa la caja; un manto de paño negro con borlas de seda en las esquinas, una mula -con gualadrapas negras- en la que se conducía la urna, con un aparejo enlutado, constante en siete arneses”.

Después, la procesión luctuosa inició un largo viaje por las faldas de la Sierra Madre Oriental, mientras el gobernador Quintero enviaba al Ministro del Interior una carta el 30 de agosto, explicándole que dos días antes los huesos de Iturbide habían salido de la Hacienda de Tamatán, rumbo a la capital del país. La custodia de las célebres reliquias, fue asignada al teniente Molina y un piquete de soldados del Regimiento de Dolores de San Luis Potosí.

A decir de José Ramón Pacheco, el gobernador se sintió satisfecho por la comisión del presidente Bustamante: “Me queda el placer de haber cumplido, por mi parte, el decreto del seis del corriente, que mandó exhumar aquellas preciosas reliquias, y la muy grata satisfacción de haber presenciado los sentimientos de aprecio y veneración con que estos habitantes, honran la memoria de su ilustre libertador…”.

Sitio donde fue fusilado el ex emperador Agustín de Iturbide en 1824. (Fotografía del autor).

La tarde del 25 de septiembre de 1838, después de recorrer doscientas leguas, se anunció con tres cañonazos y repique de campanas la llegada de los zancarrones de Iturbide -como dice Carlos María Bustamante- a la Ciudad de México. Provisionalmente se colocaron en la capilla del Convento de San Francisco. También se acordó que el resto de los funerales, se realizaran del 24 de octubre. Al llegar la fecha, se inició una procesión entre el convento y la catedral, encabezada por un carruaje tirado por seis caballos frisones, seguido del vehículo del presidente.

Finalmente, la urna de cristal fue colocada en el mausoleo de la Capilla de San Felipe en la Catedral. Uno de de sus epitafios señala: “Agustín de Iturbide Autor de la Independencia Mexicana. Compatriota Llóralo. Pasajero Admíralo. Este Monumento Guarda las Cenizas de un Héroe. Su Alma Descansa en el Seno de Dios.” En 1853, antes de su muerte, Bustamante dispuso que su corazón permaneciera donde reposaban los huesos de Iturbide.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *