diciembre 9, 2022

“Para salir de terapia intensiva”:
querer y no poder

¿Por qué conformarse con una muestra que no es representativa de la realidad nacional? ¿Falta de tiempo, de recursos económicos para pagar encuestadores o urgencia por salir a como diera lugar con el estudio?

El pasado miércoles 24 de junio, dedicamos la emisión número 8 del Consultorio cultural de Paso libre, a una serie de tips para leer el documento Para salir de terapia intensiva. Estrategias para el sector cultural hacia el futuro, realizado por la Coordinación de Difusión Cultural (CDC) de la UNAM. Ahora me detendré en otras consideraciones que espero estimulen diferentes análisis de quienes son sus destinatarios.

Desde las mismas palabras de presentación de Jorge Volpi, como titular de la CDC, se advierte lo que constituye la más grave falta del documento, misma que le anula casi por completo: la caracterización de la economía del sector cultural. Dice que “En 2018, según el INEGI, las empresas culturales produjeron ganancias por poco más de 702 mil millones de pesos, es decir 3.16 por ciento del producto interno bruto (PIB)”.

Para no ir más lejos, el INEGI define que “El PIB es el valor monetario de los bienes y servicios finales producidos por una economía en un período determinado. EL PIB es un indicador representativo que ayuda a medir el crecimiento o decrecimiento de la producción de bienes y servicios de las empresas de cada país, únicamente dentro de su territorio. Este indicador es un reflejo de la competitividad de las empresas”. Entonces, no es de “ganancias” de lo que se debe hablar.

Por ello la Cuenta Satélite de Cultura (CSC) ofrece una medición del crecimiento o decrecimiento económico de un universo representativo que constituye el sector cultural. No todo el PIB cultural es mercado, aunque sea el componente más robusto. También lo integra el no mercado, que son la Gestión pública en cultura y producción cultural de los hogares. El PIB a 2018 es de 3.2 por ciento, del cual 2.4 por ciento es mercado, 0.8 por ciento el no mercado y de ahí el 0.2 por ciento es lo que INEGI llama Gestión pública en cultura.

En todo caso, el coordinador de Difusión Cultura pudo haber citado uno de los elementos de la CSC, tan solo con acudir al boletín de prensa del 20 de noviembre de 2019: “En 2018, los hogares, el gobierno, las sociedades no financieras y los no residentes en el país, entre otros, realizaron un gasto en bienes y servicios culturales por un monto de 881 mil 679 millones de pesos”.

Para referirse estrictamente a la erogación del sector público en el ámbito cultural no basta con generalidades como “el presupuesto para gastos de operación y promoción de la cultura descendió 9 por ciento en 2020 y el subsidio a actividades culturales, como ferias y festivales, se redujo 44 por ciento”.
¿De dónde obtuvo Vopli esos datos? Era pertinente decirlo. Y ya en esos rumbos de las cifras, hacer una exposición sobre cómo se compone y ejerce el gasto público, lo que al fin de cuentas es otra grave ausencia que hace insostenible el tsunami de ideas que arrojan a la opinión pública como remedios para salir de la crisis que vive el sector cultural.

La clasificación por tipo de actividades tiene muchos años de haberse fincado en la estadística nacional, como en procesos que se relacionan, como el Servicio de Administración Tributaria (SAT). Recurrir a ella hubiera sido lo conducente para evitar el alto porcentaje de personas que no respondieron, como bien se observa en la gráfica.

La letra no entra

En sus palabras de presentación, Graciela de la Torre señala que el “Estudio de opinión para conocer el impacto del covid-19 en las personas que trabajan en el sector cultural de México”, (es) un sondeo aplicado en mayo de este año a 4168 personas del ámbito de la cultura con el propósito
de valorar las condiciones del sector —visibilizadas y acentuadas por la pandemia— y analizar posibles consecuencias, como herramienta indispensable al establecer prioridades y medidas de alivio para un ecosistema cultural en crisis”.

Estimamos que le correspondía a la directora de la Cátedra Inés Amor indicar los parámetros para calificar la crisis. También hacer saber que el cuestionario no se dispersó conforme a una metodología; que quienes accedimos a él, lo respondimos por gusto o porque nos fue sugerido. Este proceder finca las limitaciones del “sondeo”, ya que no lo hace representativo estadísticamente, además de no favorecer su aplicación para otro momento, con el fin de establecer un marco de comparabilidad en el tiempo. De la Torre pudo traer a colación lo dicho docenas de páginas después, que de 6678 personas que accedieron al cuestionario, completaron la hazaña 4168, pero lo abandonaron 2427 (quedan 83 casos sueltos) ¿por qué? Expresar las razones como una de las coordinadoras del estudio resultaba crucial.

El que diferentes expertos se ocupen ¡como parte final del documento! de interpretar la información que arrojó el sondeo o encuesta, no es pretexto para que los líderes del proyecto eludieran hacer otras precisiones en bien de su apropiación. Por ejemplo, la falta de representatividad nacional, ya que el 65 por ciento de los autoencuestados son de la Ciudad de México. Por lo mismo, al 35 por ciento restante prefieren generalizarlos por regiones, lo que constituye no solo otra falta metodológica, también un irrespeto a los estados de la república. Vaya, ni siquiera fueron capaces de mencionar a las entidades agrupadas por centro, centro occidente, sur, noroeste y noreste. Ocultar la incapacidad de cubrir territorio no ayudó a la legitimidad del esfuerzo.

En la feria de los porcentajes, las interpretaciones. Si el 44 por ciento de los encuestados no han tenido pérdidas por la crisis del Covid-19, y de los que la han tenido, el 44.6 por ciento ha sido de 50 por ciento o menos ¿de qué tamaño es la crisis por la pandemia? Tres expertos se ocupan de interpretar el estudio.

Harinas del mismo costal

Concluyo esta entrega del rosario con dos “propuestas” que aparecen en el apartado “Sector cultural. Conocer nuestra realidad”. Resulta curioso, por no decir un acto de incompetencia, señalar recomendaciones al INEGI, cuando el estudio es la evidencia del desconocimiento no solo de la CSC, también de todo el instrumental que con tanto esfuerzo integra el Sistema de Cuentas Nacionales de México.

Cito: “a) Revisar los modelos de obtención de datos y análisis estadístico del sector cultural llevados a cabo por otros países, con miras a contar con distintos referentes y así poder perfilar el tipo y la profundidad de los datos necesarios.

“b) Revisar el actual modelo de obtención de datos y análisis estadístico implementado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y reflejado en la Cuenta Satélite de la Cultura en México, con el propósito de recomendar modificaciones y profundizaciones que permitan contar con la información más sofisticada y detallada posible”.

¡Qué bárbaros! Se nota que jamás se tomaron la molestia de conocer el ya largo historial de cuentas satélites en distintas naciones, saber de los rigores de estudio que llevó a cabo el INEGI y particularmente el equipo de cuentas satélites para armar la nuestra, de enterarse que hay que observar parámetros internacionales obligadamente, que por años tenemos especialistas en esta materia y que las matrices de la CSC están a un clic de la mano. De igual manera, que la interpretación del mar informativo queda a cargo de quienes lo estudian y que es, en muchos sentidos, inagotable. Cada año, el instituto mejora la cuenta.

Hay que pedirle a Julio Santaella, presidente del INEGI, que les ofrezca un curso. También todas las capacidades del organismo para conocer lo que ocurre en el sector cultural, ya que ¿de veras Consulta Mitofsky se congratula de su labor sin cobro de por medio a la universidad? (Continuaremos).

Los participantes en el sondeo, proyectan que la recuperación del consumo cultural será un desafío a enfrentar. La liquidez para gastar y la confianza del público para volver a sus actividades culturales, podrá valorarse hacia los primeros meses de 2021.

 

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