Artistas y docentes en un taller de capacitación impartido por el IMASE en el 2013 utilizando la metodología desarrollada por el Lincoln Center Institute for the Arts in Education. (Foto: Tere Quintanilla).

¿Se han preguntado alguna vez…?

Artistas y docentes en un taller de capacitación impartido por el IMASE en el 2013 utilizando la metodología desarrollada por el Lincoln Center Institute for the Arts in Education. (Foto: Tere Quintanilla).
El 1 de septiembre de 1970, Mark Schubart, director de Educación del Lincoln Center for the Performing Arts, inicia un estudio que cambiará el enfoque de los programas educativos que vinculan las artes con los jóvenes neoyorquinos.Me pregunto si alguna vez en México una institución artística se ha cuestionado su relación con la juventud mexicana, o más específicamente tamaulipeca, yucateca, morelense… para focalizar su impacto. Por momentos percibo que los hacedores de arte están tan preocupados por expresarse, producir obra y tener audiencia, que ven a la juventud simplemente como un público consumidor; creen que eso es suficiente para incidir en sus vidas y, aún más, validarlos como artistas. ¿Será real mi percepción o son solo pensamientos sin fundamento? Guau, me encantaría saber qué piensan al respecto…

Me inicié en el estudio de las artes escénicas a finales de los setenta; a los pocos meses comencé a trabajar en la Dirección de Teatro del INBA (hoy INBAL). En esa área se realizaban montajes para el Programa de Teatro Escolar.

En el libro 70 años de Teatro Escolar del Instituto Nacional de Bellas Artes. Memoria 1942-2012, una investigación de Xóchitl Medina Ortiz coeditada en 2013 por Conaculta/INBA/CITRU, la entonces directora del INBA, María Cristina García Cepeda, escribe sobre el programa en el texto de presentación: “Debido a las múltiples cualidades didácticas que posee es un poderoso vehículo para acercar a nuestros niños y jóvenes a la maravilla del goce artístico. La misión de este esfuerzo encuentra, en su sencillez, su mayor nobleza: que de este feliz encuentro brote la sensibilidad en los pequeños y adolescentes y, por qué no, que en más de uno ocurra el milagro de la vocación por el arte”.

La labor que la maestra Xóchitl realizó en este libro me parece admirable. Sin embargo, me lleva a cuestionar la responsabilidad de la política cultural en relación con las audiencias que debe atender, ya que son estas quienes marcan la línea que deben seguir los funcionarios al operar los programas.

Teatro Escolar me permitió descubrir, desde mi lugar en el arte, la posibilidad de hacer aportaciones al proceso educativo, pero esto se fue desdibujando cuando me di cuenta de que, desde la institución, no se recuperaban las voces de la niñez y de la juventud, que lo importante era crear un producto artístico y exponerlo. Incluso con el tiempo empecé a ver cómo fue decayendo la calidad de las obras hasta convertirse en un programa que cumplía, desde la SEP, con ofrecer funciones, porque era una obligación que marcaba la institución, porque alguien dijo que había que hacerlo, pero sin una reflexión profunda sobre su intencionalidad… En las preparatorias y bachilleratos se decía que el teatro escolar se había convertido en un negocio para algunos docentes que, por mandar alumnos a ver los montajes, recibían un porcentaje del costo del boleto. No me consta directamente, pero era algo que se repetía con insistencia en los pasillos.

Así despertó en mí la inquietud por encontrarle un sentido al teatro en la educación básica, lo que me llevó a trabajar en diversos proyectos en escuelas, tanto en México como en Estados Unidos, hasta que por azares de la vida me crucé con la propuesta que Mark Schubart construyó pensando en los jóvenes, indagando caminos para incorporar el sentido de las artes en sus vidas siendo estudiantes en formación.

El cuestionamiento que se hizo Schubart resuena en mí profundamente. Tras seis años al frente del programa de educación del Lincoln Center, se atrevió a cuestionarlo. El programa suponía que, al ser expuestos a las artes, los estudiantes se verían beneficiados por la experiencia, pero Schubart comenzó a preguntarse cuál era específicamente el aprendizaje que estaban obteniendo. Schubart se acercó al presidente de la institución y le expuso sus inquietudes. Explicó su interés en evaluar hasta qué grado se cumplían los objetivos del programa.

La Corporación Carnegie aportó el dinero y comenzó una investigación de un año. Los resultados fueron publicados por Schubart en The Hunting of the Squiggle: A Study of Performing Arts Institutions and Young People (Lincoln Center for the Performing Arts/Praeger Publishers, 1972) . Fue el primer estudio que investigó el contenido y la filosofía de los programas de educación artística, ya que los anteriores, según Schubart, se limitaban a calcular el número de alumnos participantes y el costo de la ejecución de los programas.

“Entre grandes sectores de nuestra ciudadanía existe la incómoda sensación de que las artes escénicas son realmente de entretenimiento, y como tales, no merecen ser apoyadas con recursos públicos o del sector filantrópico, o este apoyo es considerado en la escala más baja de prioridades dentro de las necesidades humanas. El hecho de que una institución de arte sirve, o pretende servir, a una verdadera función educativa que efectivamente realice ‘las cosas para los jóvenes’, contribuyó a la idea de que el artista podría estar en la misma categoría de aceptación que el educador o el trabajador social. Es gracias a este papel del arte en la educación que las instituciones artísticas se ganan el derecho a recibir donaciones filantrópicas que de otro modo no podrían reclamar”, escribe Schubart.

Al igual que entonces en los Estados Unidos, hoy en México el objetivo principal de las organizaciones artísticas es presentar sus producciones y el desarrollo de públicos, así como la caza de talentos, lo cual ubica al espectador como receptor pasivo de las obras que los artistas crean y exponen. Es una relación unilateral en la que las artes dan y el público recibe. Lo importante aquí son las artes, y el beneficio para las audiencias queda relegado a un segundo o tercer plano.

Una vez concluido el estudio, Schubart planteó un giro radical en la relación arte-audiencia, enfocándose primero en el beneficio para las juventudes, y a partir de ahí, desarrollar programas educativos que las fortalecieran. En ese momento, la generación de públicos dejó de ser el objetivo para convertirse en una consecuencia, y la producción de las manifestaciones artísticas se transformó en un diálogo entre el arte y las juventudes.

En el estudio se hace palpable que muchas iniciativas educativas son limitadas, al no tener claros los objetivos respecto a la población con la que trabajan. Se reveló un grave déficit en la oferta de arte de calidad para jóvenes, quedando patente que eran expuestos a un arte creado para adultos. El resultado del estudio acaparó las primeras planas del New York Times. Paul L. Montgomery escribió, tomando como referencia el estudio, que en la nueva organización educativa “se dejará de hacer hincapié en la presentación de obras en un entorno formal, que ahora constituyen el grueso de la oferta en los programas para jóvenes. En su lugar, habrá pequeños proyectos informales, involucrando a artistas, con el propósito fundamental de crear percepciones estéticas en los jóvenes”. La nueva organización se proponía utilizar la pericia del artista en el proceso de enseñar a los alumnos habilidades valiosas que podrían obtenerse estudiando las artes.

Schubart creía que solo la asociación educador-artista-alumno en una situación continua de aprendizaje permitiría concebir materiales y procedimientos lo suficientemente sólidos para crear un currículo de artes sustancial. Así que parte de la nueva organización se dedicaría a desarrollar la relación entre artistas y educadores. La esperanza era que, como resultado, los jóvenes pudieran ver las cosas de manera diferente a lo habitual, despertando en ellos la posibilidad de comenzar a observar detalles y hacer preguntas específicas.

Así dio inicio un programa que por 40 años ha ido transformando la propuesta educativa del Lincoln Center for the Performing Arts, institución que puso en el centro el compromiso de involucrarse de manera significativa con los jóvenes de su comunidad.

Con un apoyo inicial del National Endowment for the Humanities, Schubart inició un proyecto educativo que se propuso, como él mismo afirmó, “…en lugar de enseñar a los estudiantes cómo ‘apreciar’ las artes, deberíamos centrarnos en cómo las artes pueden ayudar a los jóvenes a descubrir sus propias capacidades para tomar decisiones estéticas en sus vidas y, en última instancia, cómo ejercer su derecho a decidir cómo se verá y escuchará su mundo”.

Schubart falleció el 30 de enero de 2000, tres décadas después de haber iniciado la investigación. Para entonces era reconocido como director fundador y presidente emérito del Lincoln Center Institute for the Arts in Education, así como director emérito del Lincoln Center for the Performing Arts.

En su obituario fue recordado como un auténtico visionario, que transformó la manera en que estudiantes y profesores interactuaban con las artes. Sus ideas tuvieron una repercusión internacional, con una red de institutos afiliados en Estados Unidos y en el extranjero. “Aunque su pasión y dedicación a la causa de la educación se extrañará, su espíritu resplandece a través de la labor del instituto”.

Me encantaría saber si algún estudio similar se ha realizado en México desde la esfera gubernamental o desde las instituciones culturales privadas, incluyendo el ámbito de la sociedad civil organizada, desde las universidades o desde los centros de investigación. Busco pistas al respecto, ¿alguien me puede orientar?

23 de agosto de 2019.

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