Sobre Nostradamus y otras videncias

Estatua de Michel de Nostradamus en Salon-de-Provence. La casa del siglo XVI en la que murió ha sido convertida en un museo que cuenta su historia, la Maison de Nostradamus, y el callejón en el que se encuentra fue rebautizado con su nombre. Sus restos reposan en la iglesia de Saint-Laurent. (Fuente: Dominique Lenoir/Flickr).

Coronabulos

Detesto a los agoreros, a los vociferantes, a quienes nos advierten del advenimiento del caos sin más pruebas que su imaginación purulenta. En estos días, se puede tanto leer a un analista que vaticina desórdenes sociales basado en precedentes como la plaga de Atenas, ¡ocurrida en el siglo V antes de Cristo!, como escuchar a un periodista pedirle al subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, su cálculo sobre el número de muertes que causará el coronavirus para así poder “tranquilizar” a la población. El absurdo total.

En plena pandemia se viralizó en España un audio de Luz Arnau, quien se presenta como clarividente, médium y coach espiritual. La madrugada del 21 de marzo, el programa de radio Misteris, de RAC1, recuperó una supuesta grabación emitida el pasado octubre en la que Arnau profetizaba una gran mortandad para 2020. Sentía “mucha perturbación” en la Tierra, aseguraba, por lo que era necesario un cambio de vibración. “Todo aquel que no haya ejecutado bien su plan, todo aquel que haya acumulado energías muy negativas, tendrá que morir, tendrá que marcharse”, advertía.

Cuando le preguntaron si habría una guerra, ella respondió que no, más bien sería “algo bacteriológico, un virus”. Y ligó su vaticinio —sin explicar por qué— al envejecimiento de la población, que se ha convertido en un “gran problema” para las naciones. “Por lo tanto, algo debe suceder para que se marchen muchas personas, pero no gente joven”. ¿El coronavirus es entonces, según esta señora, un arma biológica inteligente surgida de algún plano astral para liberar a los países de la carga económica que supone mantener a la población de mayor edad? (Escucha, Netflix).

Después de que el audio se volvió viral, Arnau grabó un mensaje —ya borrado— en el que lamentaba la “alarma social” que se había generado, sin hacer referencia a que todo fue un bulo, como evidenció el sitio especializado Maldita.es el 29 de marzo. La grabación original de octubre no cumplía los parámetros de calidad, según explicaron los realizadores del programa, y fue “actualizada” para emitirse en marzo. Durante los cinco meses que transcurrieron desde la supuesta predicción, Arnau nunca afirmó en las múltiples intervenciones que tuvo en distintos programas que una pandemia se abatiría sobre la humanidad.

La incertidumbre y el temor al futuro han propiciado una vigorosa industria de fake news relacionadas con el coronavirus. Maldita.es reunió más de 400 bulos sobre la pandemia, algunos delirantes: ni esnifar cocaína ni untarse aceite de sésamo en la piel ni tomar cloruro de magnesio protege contra el contagio, se advierte; tampoco es cierto que el coronavirus sea transmitido por los mosquitos, que permanezca ocho horas en el aire, que haya sido causado por el 5G, ni que Bill Gates sea propietario de la patente.

Tampoco un hombre se disfrazó de árbol para burlar el confinamiento, ni Los Simpson predijeron la pandemia, ni Heineken está sorteando cuatro barriles de cerveza para que te quedes en casa, ni Rusia ha liberado 700 leones para que la población respete la cuarentena, ni se pudo demostrar judicialmente en Alemania que los virus no existen.

Portada y página que da inicio a la segunda centuria en la primera edición conocida de Las profecías de Nostradamus, publicada en Lyon en 1555. (Fuente: Corpus Nostradamus, cura.free.fr).

La oscuridad del profeta

Al mayor vidente de la historia, Michel de Nostradamus, se le atribuyen profecías como la tercera guerra mundial, la caída del cristianismo y el fin del mundo, lo que estudiosos de su obra como David Ovason desmienten*.

Nostradamus escribió cerca de mil cuartetas en Les Prophéties (Las Profecías), versos de cuatro líneas que agrupó en centurias. Recientemente han circulado bulos que le achacan también la predicción del coronavirus, ya sea en unos versos que nunca escribió, o basados en la cuarteta 53 de la segunda centuria: La gran peste de la ciudad marítima/ No cesará (hasta) que la muerte sea vengada:/ La sangre del justo de (aquellos) apresados y condenados sin crimen,/ De la gran mujer por supuestas atrocidades, que según Ovason vaticina la Gran Peste que asoló Londres en 1665 y 1666.

Lo críptico de sus versos, escritos en un lenguaje en el que abundaban los circunloquios y que mezclaba términos del latín, griego, hebreo, inglés, alemán, italiano y provenzal, ha provocado que a lo largo del tiempo sus profecías hayan tenido múltiples interpretaciones. Los vaticinios de Nostradamus se centran en Europa, aluden a la historia de Francia, Italia e Inglaterra, y se extienden por un periodo de más de 800 años. En la red es posible hallar sitios con cientos de artículos dedicados a analizar numerosos aspectos de su obra, escritos por historiadores, filósofos y astrólogos como Jacques Halbronn, Robert Benazra y Patrice Guinard.

Nacido en una población del sur de Francia, Saint-Rémy-de-Provence, el 14 de diciembre de 1503, Nostradamus era descendiente de una familia de judíos conversos de Italia. Estudió medicina en la Universidad de Montpellier, a la que ingresó en 1529. Se desconoce quién lo inició en el estudio de la astrología, pero según Ovason partió de la datación propuesta por el abad benedictino alemán Johannes Trithemius, que dividía el tiempo en periodos de 354 años y cuatro meses, para elaborar su propio sistema.

De acuerdo con Trithemius, cada ciclo está regido por uno de los siete ángeles planetarios que gobiernan la historia; según Nostradamus, hasta el 2235 se extenderá la era de Gabriel, el ángel de la Luna, que después será sustituido por Miguel, el ángel del Sol. A esta creencia atribuye Ovason los dos versos finales escritos por el vidente: Cuando el Sol se llevará sus días restantes/ Entonces se cumplirá y se acabará mi profecía. No aluden, como se ha afirmado, al fin del mundo, señala, sino al término de sus vaticinios.

Nostradamus, escribe Ovason, había recibido, según sus propias palabras, “una visión divina del futuro, y usaba técnicas astrológicas sofisticadas para identificar y fechar los acontecimientos que preveía”. Su insistencia en la procedencia divina de sus profecías le permitía protegerse de las acusaciones de herejía, afirma Octavio Aceves en el prólogo a Las profecías de Nostradamus (EDAF, 2005).

A diferencia de lo que ocurría en los palacios reales y en los castillos de la nobleza, cuyos miembros contaban con sus propios augures, en los pueblos y ciudades la astrología era una práctica que llegó a estar proscrita debido a la influencia de la Iglesia católica, que la asociaba con la adivinación y la intervención del diablo.

Sobre este aspecto, en su Historia social de la magia (Herder, 1997), el alemán Christoph Daxelmüller explica que en la Edad Media la magia era considerada bajo un doble rasero: como arte demoniaco y como arte técnico, como práctica legítima e ilegítima. “¿Qué es lo que diferenciaba a los magos del Nuevo Testamento y a su arte astrológico de los discriminados adivinos?”. La diferencia entre la magia demoniaca y la magia naturalis —de la que formaba parte la astrología— era “increíblemente pequeña”, responde el etnólogo, y sus límites eran subjetivos, dependían de si era un cazador de brujas o un magistrado quien establecía el juicio.

Nostradamus empleó el “lenguaje verde” —el lenguaje secreto de los esotéricos, lo define Ovason— para escribir sus cuartetas. Su uso le permitía disfrazar sus predicciones; el lector no iniciado accedía a un primer nivel de significado, pero esa supuesta revelación era una “cortina ocultista” que cubría el verdadero sentido de los versos para que solo resultara evidente a los conocedores de un lenguaje que se valía de técnicas como la invención de palabras, su acortamiento, los anagramas (rapis en lugar de París) y los epítetos (La Dame identifica tanto a Catalina de Médicis como a María Antonieta).

La “intención confesa” de Nostradamus, según Ovason, era que solo se pudiesen comprender sus profecías después de que se hubieran cumplido. De este modo, agrega el especialista, “es el hecho vaticinado el que desentraña la cuarteta y no la cuarteta profética la que desentraña el futuro”.

En una carta dirigida al rey francés Enrique II, recuperada por Aceves, Nostradamus le explica que, para conservar el secreto de sus vaticinios, “conviene emplear frases y palabras enigmáticas en sí mismas, aunque cada una responda a un significado concreto”, mientras que a su hijo César le aclara que, al expresarse de forma críptica, “mis escritos no escandalizarán a nadie, pues los he anunciado mediante imágenes nebulosas”.

No existe una edición príncipe de Las Profecías; la más antigua, que reúne cuatro centurias, fue publicada en 1555 por Macé Bonhomme, impresor de Lyon. Fue quizá el libro francés más famoso del siglo XVI. Según Benazra, durante la vida de Nostradamus aparecieron como mínimo nueve ediciones diferentes de la obra.

En la edición de 1555, el vidente profetizó la muerte de Enrique II, ocurrida cuatro años después. Este hecho catapultó su fama y aseguró su reputación. En un torneo celebrado el 30 de junio de 1559, el monarca de 40 años sufrió una herida mortal cuando el conde de Montgomery, diez años menor, le atravesó accidentalmente el ojo derecho con su lanza.

En la cuarteta 35 de la primera centuria, Nostradamus vaticina: El joven león vencerá al viejo/ En un campo bélico por un solo duelo/ Le pinchará los ojos en la jaula de oro./ Dos heridas una, morirá una muerte cruel. Tres años antes de que se cumpliera esta predicción, en 1556, Nostradamus fue invitado a la corte por la reina Catalina de Médicis, quien posteriormente lo visitó en su casa de Salon-de-Provence, donde el vidente murió el 2 de julio de 1566.

Casi un siglo después de su fallecimiento, en 1656, Etienne Jauvert ya se lamentaba en Aclaración de las verdaderas cuartetas del maestro Michel Nostradamus del gran número de profecías falsas atribuidas al vidente, ya fuera por una interpretación equivocada o por la popularidad que acarreaba su nombre. Desde entonces, se sigue invocando a Nostradamus en cada nueva tragedia, real o imaginada.

En tiempos de Nostradamus se temía a la amenaza del Islam —la invasión de los turcos—, y al fin del mundo. Los miedos del presente, que alimentan los vaticinios de tantos farsantes, se centran en el temor al coronavirus y a la crisis económica. Para quienes busquen una respuesta en los astros, Guinard advirtió hace una década que la baja latitud de Plutón, el planeta del caos, acarrearía “años oscuros” que se extenderán hasta 2030.

*Las referencias a la vida y obra de Nostradamus proceden del libro de David Ovason, Los secretos de Nostradamus (Plaza & Janés, 1998).

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