diciembre 7, 2022
Obra con el trazo hiperrealista de Antonio Pelayo, uno de los cuatro artistas que mantienen el legado del dibujo hecho a mano en los Estudios de Animación Walt Disney. El rostro es del escritor Ed Bunker. (Imagen tomada de la página web http://antoniopelayo.com/works/).

LOS ÁNGELES. Se dice que un buen artista plástico debe dominar la técnica del dibujo y quizás la expresión más acabada de este pueda representarse a través de lo que se conoce como el hiperrealismo. No soy experto y quizás viva el arte desde una perspectiva sesgada, pero creo que valen las palabras de Dostoievsky quien aseguraba que “la verdad acerca al objeto y la realidad, es concisa y no engaña”. En el hiperrealismo el juicio tiene poco margen de error y he corrido con la suerte de conocer a algunos de esos artistas que me han cautivado por su estilo. Uno, mi paisano el paisajista Israel Nazario; otro, el español radicado en Querétaro, Santiago Carbonell, con quien coincidí a propósito de su exposición en el Museo de los Pintores Oaxaqueños (MUPO) hará cerca de diez años; y Antonio Pelayo, a quien conocí en Los Ángeles y es un maestro en el dibujo a tinta y a lápiz.Fue en el marco del “2017, el Año de México en Los Ángeles” cuando el embajador Carlos García de Alba me lo presentó, siendo en ese entonces cónsul general en esta ciudad. Con la fineza que lo caracteriza me pidió que consideráramos una exposición de su paisano. El ojo atinado del cónsul no podía fallar y me condujo al artista con quien tuve el honor de organizar la muestra Mi familia de Jalisco donde honraba con maestría, pero también con un dejo de nostalgia a sus seres cercanos.

Antonio Pelayo en el escenario de la Plaza de la Raza, en La Bulla (2015). (Foto: Mark Sandoval).

Antonio nació en Los Ángeles. Siendo aun niño emigró a El Grullo, la ranchería de donde proviene su familia, ubicada a unos kilómetros de Autlán, lugar de origen de otro baluarte de la cultura mexicano-estadounidense: el músico Carlos Santana. Acompañaba a sus hermanos y a su madre, pues ella se había convertido en Testigo de Jehová e incitada por su esposo regresó a tierra jalisciense pues quizás el padre de Antonio pensaba que pisar el suelo originario sería inyectarle el exorcismo necesario para que ella se reconvirtiera al catolicismo. La familia pasó cerca de una década en territorio mexicano hasta que su madre decidió reunificarla en California. Antonio es fiel a esos tiempos que sin duda son la base que ancla su inspiración.

Pelayo es además un reconocido promotor cultural. Su visión de la cultura es dinámica y tanto en su obra como en las actividades que organiza se percibe un sincretismo inspirado en sus propias tradiciones, pero alimentado por una infusión de expresiones que caracteriza a esta metrópoli donde la pluriculturalidad y la tolerancia son elementos claves para la convivencia.

El dibujante en el taller de animación de tinta y dibujo de los Estudios de Animación Walt Disney en los que ha trabajado por 26 años.

Cada año se da a la tarea de efectuar dos actividades que dejan un eco profundo en la ciudad: “El Velorio” en el marco del Día de Muertos, y “La Bulla” donde la lucha libre, la música y el baile hacen vibrar a las masas que se congregan. En ambos casos invita a artistas de distintos orígenes a que nutran la amplia gama de expresiones que le dan una riqueza y un sentido a sus proyectos. La lucha libre resulta para Antonio muy especial, pues además de su plasticidad, durante su vida en México fue el único esparcimiento al que tenía acceso.

Antonio, no obstante, es quizás más reconocido por su profesión de dibujante de los Estudios de Disney (Walt Disney Animation Studios). Es de los cuatro artistas que mantienen el legado del dibujo hecho a mano. Me platica la historia de ese delicado proceso mientras caminamos por los pasillos de los dos edificios que alguna vez albergaron a más de 400 dibujantes que cumplían con la noble misión de darle vida a los personajes que niñas y niños han tenido como amigos inseparables.

Antes de esa oleada que trajo consigo los avances tecnológicos y que han permitido que los dibujos animados dejen de ser precisamente dibujos, hubo una pléyade de artistas que se encargaban de esas tareas. Para un solo segundo de animación, platica, se requerían 24 dibujos con un movimiento distinto cada uno, de manera que un largometraje podía requerir hasta 400 mil dibujos, fotografiados y convertidos en las cintas que corrían en los cines con los cácaros dispuestos a sufrir reprimendas del público cuando las películas llegaban a atorarse en plena función.

Isaac Pelayo, hijo de Antonio y quien continuó la veta dibujística en el estudio de animación que se considera de los más importantes en el mundo.

Esta época nostálgica es la que precisamente Antonio y sus tres compañeros honran y conservan. Es una labor en extremo minuciosa y muy rica artísticamente hablando. Cada año se seleccionan dos dibujos originales de algún largometraje de antaño; de cada uno de ellos el equipo realiza 250 copias a mano, bajo la tradición antigua conocida como “tinta y pintura”.

Antonio presume que se requieren cerca de quince años para hacerse maestro de esa técnica; él lleva 26 trabajando en el estudio y considera que ha sido fortuito encontrarse ahí. Fue uno de los últimos artistas contratados para servir en el departamento y solo participó en alguno de los proyectos que se llevaron a cabo con esa técnica que tuvo a La Sirenita como última producción a finales de los  años 90. Pelayo sobrevivió a los recortes, a la transformación tecnológica que engulló gran parte de la animación a mano que había nacido en 1939 con Blanca Nieves, considerada por Antonio como la mayor película de animación que se haya hecho.

Hombre afortunado, dirige ahora ese pequeño departamento en el que se considera uno de los más grandes estudios de animación en el mundo pero además su don ha trascendido a su propia estirpe ya que su hijo Isaac fue contratado hace dos años por Disney para trabajar en el mismo espacio que su padre.

La nostalgia que me contagió Antonio en esa tarde lluviosa y fría de Los Ángeles, observados por algunos personajes con los que crecimos, me hizo darle sentido a los versos del poeta Jorge Manrique:

cómo a nuestro parecer

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.

6 de diciembre de 2019.

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