El hombre del carro verde

Es mediodía y Felicia mira su reloj con insistencia. Llegará tarde una vez más. Su marido, David, se lo ha reprochado en varias ocasiones. Aunque ella está convencida de que el destino está en su contra: siempre se ha empeñado en llegar puntual a sus citas, pero, por una u otra cosa, nunca lo logra.

Sobre el asfalto de granito gris, de aquella Avenida, desfilan todos los personajes que se anidan en ella: hombres sacando fuego por la boca; niños sucios que piden dinero para un taco; mujeres con vestimentas indígenas que llevan un pequeño a cuestas, junto con una caja de chicles en la mano; hombres de diferentes edades y figuras que cargan con un cúmulo de volantes para repartirlos entre los automovilistas. La felicidad se les ve en la cara a unos cuantos y una ausencia de expresión se retrata en el semblante de la gran mayoría.

Felicia tiene por norma resguardarse en su auto con las ventanas cerradas; pero esa tarde el calor se torna insoportable. Su blusa ligera se moja con un sudor continuo que al adherirse a su cuerpo se visibilizan las robustas formas de grasa que se le acumulan en el estómago y los costados. Baja el vidrio con la mano izquierda, mientras con la otra se quita las gotas de sudor que se le han acumulado en la frente y que se le van escurriendo por todo el cuerpo. Al sentir la presencia de un hombre en el hueco de aire que se ha abierto en la ventana, da un pequeño brinco.

—No se asuste, seño, si nada más son volantes—, el joven sonríe y sus dientes blancos acentúan el color moreno de su piel. Con cierta resignación, Felicia toma el volante y lo pone en el asiento del copiloto. Pero, aún, no había terminado de hacerlo cuando llegaron, en una suerte de fila india, un grupo de volateros que le dan papeles de colores llamativos: uno tras otro, sin preguntar si los quiere y sin sonrisa de por medio.

De modo que, en menos de un minuto, las manos de Felicia se encuentran cargadas por un abanico de anuncios de todo tipo: “Pizzas dobles por el precio de una”; “Reparación en veinticuatro horas de artículos domésticos”; “Estéticas para reducir de peso y desaparecer la celulitis”. Aunque el que más le llama la atención es un pequeño cartel, color rojo y con letras grandes, de “La hechicera Madame Caza”. En él se puede leer sobre los poderes mágicos y adivinatorios de esta mujer; quien entre otros dones tiene la capacidad de: leer el aura; hace amarres blancos; predice catástrofes; reconoce enfermedades físicas y del alma; mal de ojo; infidelidades; desamor; lee el futuro; o cualquier asunto que atormente el alma humana.

Tanto el auto de esta mujer como todos los demás se encuentran detenidos por completo. Un automovilista, subido en el techo de su carro, a gritos les anuncia a los otros automovilistas que hay una marcha de campesinos inconformes y no hay forma de avanzar. La espera será indefinida, afirma. Felicia toma un clínex de su guantera para limpiar los sudores que arrecian. En la guantera, también, encuentra un lápiz de labios que no le pertenece. Lo asocia con las permanentes ausencias de su marido, sin detenerse demasiado en esa idea. Prefiere prestar atención a esas palmeras amarillas y casi muertas que escoltan una de las avenidas más importantes de la Ciudad de México. Desde que era niña han estado ahí y le parecía que eran parte del escenario natural de esa zona urbana. Aunque hasta ese momento, a sus casi cincuenta años, se pregunta qué tienen que ver las palmeras moribundas con una Ciudad de donde sólo brota agua cuando sale de las coladeras repletas de desechos.

El olor que despiden las taquerías y puestos de fritangas impregnan su olfato. Los puestos están llenos como si regalaran la comida. El hambre comienza a hacer de las suyas y esos olores la alimentan. Por un momento piensa en bajar del carro para comprar algo y así engañarla por un rato; pero no sabe en qué momento avanzará y no quiere verse corriendo con una torta en la mano mientras los demás autos le exigen que se mueva. Trata, entonces, de distraer el apetito que estos olores le despiertan. Lee nuevamente el volante de Madame. ¿Será cierto que esta señora me podrá decir cuál será mi destino?, se pregunta.

Los automovilistas resignados unos, y otros pegados al claxon, asumen como pueden esa espera inevitable. Desde que inició el embotellamiento, Felicia siente que alguien la observa. De reojo nota que es un hombre que maneja un auto de color verde. Al voltear a verlo él se sonríe sin mostrar los dientes, su rostro es moreno claro y sus facciones duras. Cuánto tiempo había pasado desde que eso no sucedía. Años en que nadie le dedicaba una mirada y menos una sonrisa. Si bien nunca fue una mujer bella: el paso del tiempo parecía ensañado con ella para mostrarle que nunca lo sería.

De algunos años a la fecha su marido apenas y la toma en cuenta. Su relación marital se planteó como una rutina desangelada que se fue dando sin detenerse. Él llega cansado del trabajo e intercambian, apenas, las palabras necesarias para que la cortesía no se pierda. Así que la sonrisa de ese hombre del auto verde se muestra como una luz en medio de un desierto de emociones. Por el espejo retrovisor observa cómo él no deja de verla. Un impulso involuntario la empuja a voltear a verlo, y él insiste con esa sonrisa que luce más por sus labios carnosos. La mujer siente cómo el rubor sube por su cara y, el sudor hace de las suyas en todas sus prendas. Su ropa interior se moja con el agua salada que sale de su cuerpo y con el líquido espeso que brota de su vagina. Al tiempo que siente ese flujo gozoso, voltea a ver para distintos puntos y de esa forma cerciorarse de que nadie se haya dado cuenta de lo que estaba ocurriendo. Esboza una sonrisa para sí misma, al darse cuenta de que no hay manera de que nadie sepa qué es lo que pasa en medio de sus piernas, ni siquiera David, su esposo. Prende el radio para entretener sus pensamientos: el acorde de una voz de mujer la distrae de sus pudores. Sin embargo, la música se pierde porque su pensamiento se enfila a la sonrisa y la mirada persistente de aquel hombre del carro verde.

Una vez más, vuelve a echar un vistazo para confirmar que no son sus suposiciones o fantasías. Ella no está acostumbrada a llamar la atención, tal vez por ello se da valor y se atreve a mirarlo directamente, y él sostiene la sonrisa y le devuelve la mirada con un guiño de ojo. Sí, definitivamente, ella es la destinataria. Las sensaciones se animan como si tuvieran voluntad propia: un hormigueo invade su estómago, pero ella quiere disimular y se esmera por no hacer ningún gesto que la traicione.

Felicia se mira al espejo para confirmar que su imagen no ha cambiado: ojos pequeños y negros como carboncillos que se esconden bajo unos lentes para la miopía que la ha atacado desde niña. Por ello, y por su figura regordeta, en los años que cursó la primaria fue la principal abanderada de las burlas de sus compañeras. Los sonidos de las bocinas la distraen de sus pensamientos y de la mirada del hombre del carro verde. El mismo automovilista que se paró sobre su auto para avisar que había una manifestación, ahora se acerca a ella para decirle que el paso está bloqueado por unos manifestantes decididos a no moverse de ahí. Ella le agradece la información y después piensa en la cara de David, furioso como un perro. En tanto, busca en el bolso su lápiz de labios. Es de un color claro, más cercano a un brillo que a un color específico; no, así como el que encontró en la cajuela, que exhibe un rojo vulgar, como el que usan las prostitutas. Del tipo de mujeres que le gustan a David, se dice. Aunque, en realidad, desde hace tiempo dejó atrás los celos y nunca se ha ocupado en preguntarle qué es lo que hace por las noches y por qué llega hasta la mañana siguiente.

De pronto, un vendedor de refrescos helados se acerca al coche y le da uno a Felicia diciéndole:

—Se lo manda el señor del carro verde, Güerita.

Al girar la cabeza dirige su atención al hombre del carro verde, quien con un refresco en la mano y subiendo la botella hacia arriba le hace la señal de un brindis. Ella gira de inmediato la cabeza, como si tuviera un resorte que la ayudara a hacerlo. Definitivamente no está bien que alguien, que no es su marido, le invite un refresco.

El tráfico no tiene para cuándo avanzar. Algunos automovilistas incluso han bajado de sus carros para comer unos tacos. El enojo ha cedido en casi todos y parece una fiesta callejera. Felicia no deja de mirar su reloj con insistencia, sabe que David se enojará con ella, pero mientras más tiempo pasa, extrañamente, la angustia se va diluyendo. Incluso, se atreve a dar gracias con un movimiento de cabeza al hombre del carro verde. Son las dos treinta de la tarde y Felicia juega con el papel que tiene en las manos. Piensa que Madame Caza le podrá decir si en su futuro se encuentra un hombre joven y moreno que la hará feliz para toda la vida. Juguetea con esa idea y se ve conversando con él en una cafetería. Toma sus cosméticos para arreglar los estragos que el calor ha hecho con su maquillaje.

Piensa que el recato es la mejor forma de conquistar a un hombre y decide no ver, por un rato, a su reciente admirador: ni siquiera lo hace a través del espejo retrovisor; por lo menos mientras se termina de arreglar. Al mismo tiempo, se imagina con una vida nueva, sin David. El verde es un color que da categoría, es el color de la esperanza, se dice. Seguro es un hombre educado y con buenos modales que me enseñará muchas cosas.

La música a todo volumen que brota de un auto la distrae por un momento, y se da cuenta de que la pareja que viene en él decide bailar, más allá del embotellamiento. Ellos también la ven, y con un ademán la invitan a que se una a ellos. Felicia se ríe con los muchachos y les responde que no, con un movimiento de cabeza. Se mira en el espejo de su polvera y se da cuenta que su apariencia ha mejorado. “Ahora sí, estoy lista para lo que quieras, mi rey.” Una serie de claxonazos que suenan al mismo tiempo la asusta, trayéndola a la realidad y dejando atrás sus fantasías. Mira con asombro, y una angustia que se le encaja en la parte baja del estómago, pues observa cómo los autos empiezan a moverse. A su lado pasa el hombre del carro verde que, con la misma sonrisa y un resignado movimiento de hombros, se despide de ella. Por un segundo Felicia se queda paralizada y piensa: Se está yendo mi futuro, el amor de mi vida… Reacciona y acelera para avanzar rápidamente, pero la prisa parece haberse adueñado de los automovilistas y ella ya no puede alcanzar al hombre que cambiaría su vida.

Son las tres de la tarde. Felicia ya no tiene mucho que perder y sí que ganar. El enojo de David será el mismo. Así que piensa que, si da vuelta a la izquierda y cruza dos cuadras, puede llegar al consultorio de la Madame. Llama por teléfono y hay cita disponible a las tres quince: esta vez el destino no estará en su contra y podrá llegar a tiempo a la cita que le develará lo que está por llegar en su vida, arranca sonriente en tanto piensa en la sonrisa del hombre del carro verde.

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