El tráiler había salido del Servicio Médico Forense de la mayor ciudad del occidente del país y llevaba semanas yendo de un lado a otro. Iban el chofer y sus dos ayudantes. Traían trescientos cadáveres en la caja. No sabían dónde dejarlos porque los cementerios del área estaban pletóricos. A cada lugar que llegaba los detenían porque los habitantes querían darles a sus muertos recién asesinados. No había lugar –ni en sus casas- dónde enterrarlos. Se sabía que el tráiler se acercaba porque el hedor no dejaba trabajar ni dormir. Al gobernador sólo se le ocurrió ponerle un remolque y luego otro para ir metiendo a los cuerpos que se iban recogiendo.

Al no darse abasto, al ir creciendo la demanda, se empezaron a comprar nuevos tráileres, no sólo allí sino en todos los estados de la república, y los habitantes que iban quedando de las ciudades y pueblos los veían recorrer el territorio hacia los cuatro puntos cardinales.

La importación de tráileres se destapó. Las arcas de la nación se fueron vaciando. De tanto transitar las carreteras todos los choferes llegaron a conocerse. Uno preguntaba al otro: “¿Cuántos llevas?” Y el que respondía apenas variaba los números: 300, 450, 600… Los tráileres sólo se paraban a cargar gasolina. Comentaban de algunos lugares donde había surgido una peste. Cuando coincidían demasiados en las gasolineras se iban a un descampado para beber una cerveza, a conversar de lo que habían visto, o aun, en el mejor de los casos, jugar una partida de futbol. Pero lo peor que les sucedía a los choferes era llegar a sus casas y encontrar a toda su familia asesinada.

La economía colapsó. La poca gente que iba quedando empezó a emigrar del país. Con el paso de los meses, llegó un momento en que no hubo un solo lugar donde poder cargar gasolina y los tráileres quedaron a la deriva. Los choferes y ayudantes se acostumbraron a dormir con los muertos. Después ya no se supo incluso de los choferes y ayudantes.

Poco tiempo más tarde la gente de otros países que llegaba a la frontera de Estados Unidos o Guatemala solían preguntar en la aduana si podían entrar a nuestro territorio.

-¿Para qué? –les respondían.

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