octubre 20, 2021

Fernando Palma: Mecatrónica con una cosmovisión indígena

Una de las preocupaciones constantes de Fernando Palma ha sido la ecología, la devastación de la fauna y la flora en el planeta. Su instalación de mariposas se presentó inicialmente en Zona MACO en 2012 con la galería House of Gaga. (Fotos: Cortesía del artista y de la galería House of Gaga de México).

La mecatrónica y una cosmovisión indígena son dos intereses y prácticas que en un primer vistazo pudieran parecer distantes. Sin embargo, en Fernando Palma Rodríguez (1957) confluyen como asideros efectivos y afectivos en una obra que reflexiona sobre la ecología, las migraciones y la tarea impostergable de vivificar las lenguas originarias, como el náhuatl que el artista reivindica para su persona y su comunidad en San Pedro Atocpan, Milpa Alta.Tuvo habilidad con las manos desde niño para dibujar y también para construir, arreglar y desarticular objetos; sin embargo, sus padres le cortaron las alas cuando apenas las empezaba a extender en sus clases de artes plásticas en la secundaria. “Tú no vas a ser artista, vas a ser ingeniero porque con la carrera técnica nos tienes que ayudar en la casa”, dispuso su madre. Estudió entonces ingeniería industrial en el Instituto Politécnico Nacional (IPN) y, tras concluir, fue tornero, soldador y técnico en mecánica industrial durante seis años hasta llegar al diseño.

El tiempo invertido no lo hizo sucumbir en su gusto por pintar y dibujar. Viajó a Europa, donde batió las alas hacia otro tipo de creatividad y de formación, sobre todo en Londres, con una maestría en historia del arte en el colegio Goldsmiths de la University of London; un posgrado en escultura en la Slade School of Fine Art (asociada al University College London), y un certificado de especialización en electrónica en Twickenham.

La experiencia europea sumó 30 años de aprendizaje formal en universidades y centros de educación superior, pero también incluyó muchas estancias artísticas que le significaron una instrucción fundamental en Holanda, donde adquirió un posgrado en escultura robótica en la Rijksakademie van beeldende kunsten de Ámsterdam, además de estadías en Bangladesh, Colombia y Australia.

En todos estos sitios se amalgamaron en él varias formas de conocimiento. Fue en el punto de conexión de la ingeniería industrial con el arte, y de la robótica con la filosofía, en donde su raíz náhuatl fue la base para hacer más complejos los contenidos de las piezas articuladas.

Unió materiales naturales como el barro y la madera con otros que consideramos basura: latas de refresco, cartones, plásticos, y embonó cabezas con brazos y torsos en cientos de cables eléctricos, conectores, tubos y palancas para darle cuerpo a mariposas, coyotes, serpientes emplumadas y huellas de pies como protagonistas de sus narrativas visuales o “coreografías”, como prefiere llamarlas porque tienen movimiento.

Cada pieza adquiere locomoción cuando el visitante interactúa con ella. Cientos de mariposas aletean nerviosas, el coyote voltea su testa al cielo y las planchas que utiliza para algunas instalaciones, adquieren un movimiento de ascenso como cuando un caballo relincha y se posa sobre las patas traseras. La articulación es atractiva para el espectador y resulta una cualidad común en el tiempo actual, cuando la robótica adquiere presencia en el mundo del arte y en la vida de las personas. Sin embargo, lo aportador en Fernando Palma es la filosofía que le sirve de base para dar cuerpo a su mezcla de tecnología y cultura indígena.

El artista (arriba) y abajo su pieza Coyote inalienable (2013), que montó en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca en diciembre de 2017.

En sus reflexiones se ha interesado en cuestionar las tecnologías; no solo quiere abrazarlas y enaltecerlas acríticamente. “La tecnología nos ha llevado a un desastre ecológico, pero también nos puede salvar si no la mantenemos separada de la percepción. Cuando uno comprende que la serpiente es un entramado de energía, entendemos que de quien estamos hablando es de la tierra, porque la tierra se viste de energía. Un árbol es energía, el cielo es energía, el sol es energía, y entonces la existencia es un entramado de energías. Y esto es la física cuántica, donde no hay una división entre mi carne, el aire, la mesa. Todos somos un mar energético”, dice con énfasis.

Una de sus preocupaciones constantes ha sido la ecología, la devastación de la fauna y la flora en el planeta y no solo en su terruño milpaltense. Su pieza sobre las mariposas monarca inició en 1997 pero no ha detenido su evolución por la relevancia de esta especie en su flujo migratorio entre México y Canadá. Sus papalutzines son decenas de mariposas confeccionadas con latas de desecho que —a través de sensores— perciben el movimiento del público que las circunda. La instalación de 52 mariposas la presentó inicialmente en la feria de arte Zona MACO en 2012 con la galería House of Gaga y es una de sus obras más difundidas.

A finales de 2019, otra versión de sus monarcas, la pieza Cihuapapalutzin, que “cuestiona nuestra fe inquebrantable en la tecnología y la percepción de que esta nos salvará del cambio climático”, concluyó su presencia en la Bienal de Arte de Toronto 2019. Se trata de la reunión de 104 latas de cerveza y de refresco cortadas con la forma y el tamaño de la mariposa monarca; el conjunto forma un río de seres robóticos dotado de alas y con la ligereza que remite a sus modelos. El número de ejemplares hace referencia al Xiuhmolpilli o atadura del siglo indígena de 52 años, equivalente a una edad. La cifra 104 representa entonces la doble edad que, al ser alcanzada, significa la sabiduría.

Palma había dejado el tema un poco de lado, pero al enterarse de la drástica disminución de monarcas en la zona de California —de un millón de ejemplares a escasamente 38 mil, aproxima el artista— ha retomado el asunto porque “la mariposa monarca es un emblema en toda Norteamérica y pende de un hilo que podría llevarla a extinguirse de la faz de la tierra. Para mí es algo triste porque si hace algunos años sentía que con mi pieza yo era como el mensajero de un evento alegre, ahora lo soy de una muy mala noticia”.

Quetzalcóatl (2016), representación de la serpiente emplumada que Fernando ornamentó con hojas de maíz, un elemento fundamental que forma parte de la iniciativa “Adopta una milpa”, que busca reactivar la agricultura en los terrenos abandonados de la región milpaltense.

Como sucede en muchos casos de mexicanos que salen del país para formarse en el extranjero, Fernando adquirió en la lejanía tanto la conciencia como el orgullo de su origen y de su lengua. No fue nahuahablante desde niño porque su madre no le enseñó y sin embargo la aprendió de adulto con su cualidad “aglutinante” y de gran poderío.

El náhuatl —afirma el artista— es una lengua mucho más poderosa que otras que hablamos como el español, el inglés o el alemán porque “nos permite una abstracción al formular con facilidad nuevos conceptos (…) nos facilita una relación con el entorno, un aspecto ausente en definitiva en Occidente y que es el hacernos responsables de lo que nos rodea”.

“Cuando uno habla náhuatl, todo lo que acompaña a la vida es una persona: los árboles, el cerro, el aire, un automóvil, un niño, un burro, una lagartija. Y eso implica que lo que existe en la realidad contiene una interdependencia y, de ella, nace una responsabilidad. Es una ética que no existe en la conciencia occidental. Con esas herramientas, al abordar la electrónica uno empieza a pensar que lo que considera de facto un material, como la electricidad, no es un agente inerte allí, a disposición mía, sino que es una persona”.

Las monarcas elaboradas con latas de refresco tuvieron presencia también en la Bienal de Arte de Toronto en 2019. (Foto: Toni Hafkenscheid, cortesía Bienal de Arte de Toronto).

Para Fernando, las residencias artísticas han sido relevantes en su carrera porque “te cuestionan y te sacan de tus casillas cuando te introduces en culturas y preceptos diferentes que provocan siempre muchas preguntas”. Sin embargo, dice, al final hay un interés común en las diferencias: la dinámica social. Comenta que le sucedió en Bangladesh, invitado a realizar una exposición junto con un bengalí y un ugandés, y en donde a pesar de las distancias culturales el arte construyó una red de reflexión y de conexión entre los públicos. O como cuando en su exposición In Ixtli in Yollotl, We the People, en el Museum of Modern Art (MoMA PS1) de Nueva York —de abril a septiembre de 2018—, resultaba muy interesante que una curadora siria que vivía en Estados Unidos invitara a un artista mexicano nahuahablante como él.

“Nos encontramos con que tenemos un discurso semejante no solo interesado en el arte sino en el trabajo que afecta a otras personas y que está en la búsqueda del sentido común del bien vivir. Entonces, el discurso que tiene uno sobre qué es tecnología, qué es esto de ser persona y cuál es la influencia de las lenguas se convierte también en un serial de preguntas que encuentran eco en seres de otros países y de diferentes culturas que solo el arte teje como una red efectiva de trabajo a escala global con la habilidad de influir sobre la gente”.

In Ixtli in Yollotl, We the People fue el título de la muestra individual del milpaltense en el MoMA PS1 de Nueva York, de abril a septiembre de 2018.

La Bienal de Lyon de Arte Contemporáneo 2019 fue otra de las citas recientes de Fernando. En la Fagor Factory, una nave industrial en la población francesa de Gerland (Côte-d’Or) presentó la instalación Tetzahuitl, que concibió como “una lluvia de fantasmas”. Constó de 43 vestidos de niña programados para subir y bajar mediante la activación de microcontroladores. El autor explica que “los vestidos siguen un patrón de movimiento similar al de los chamanes mesoamericanos cuando dicen que se convierten en aves nocturnas al consumir peyote u otros alucinógenos, y viajan a la constelación de Orión”. Además de las piezas “voladoras”, en el piso de la instalación integró dos círculos-máscara que contenían agua y cuya superficie era “tocada” por los vestidos al descender hasta el suelo.

Para Fernando, la historia que los vestidos cuentan “es el paisaje mexicano: hermoso y siniestro a la vez”. Hay una franca alusión a los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos “en un estado como Guerrero que no siente empatía por su gente”, en tanto que la vestimenta es de niña porque “simboliza el inmenso crimen perpetrado a diario contra la mujer mexicana mediante abusos y crímenes impunes”, explica.

En la instalación, uno de los vestidos se contorsiona sobre una casita de madera en alusión a la situación doméstica de muchas mujeres que sufren la violencia o la muerte en sus hogares. Y al momento en que el vestido se retuerce, otras seis piezas que son sus “hermanas-vestido” intentan liberarla sin éxito. Todos los vestidos caen al suelo y el público puede transitar entre ellos como si se tratara de personas o de fantasmas. De repente, los vestidos comienzan a subir y a bajar como en un diluvio, y es por ello que Fernando concibió metafóricamente el movimiento como “una lluvia de fantasmas” que inunda tantas comunidades de nuestro México violento desde hace tantos años.

Dibujo preliminar (izq.) y detalle de la instalación Tetzahuitl en la Bienal de Lyon de Arte Contemporáneo 2019.

Tanto en su trabajo conjunto con materiales naturales y artificiales como en la reflexión en torno de las comunidades indígenas, el mexicano asume un parentesco creativo con el estadounidense de origen cheroqui Jimmie Durham y con las reflexiones de su maestra británica Jean Fisher, crítica de arte interesada en el choque entre culturas nativas y occidentales en Estados Unidos.

Y en la suma de referencias que lo conforman, Fernando sitúa a su madre en un sitio especial, ya que doña Carmen Rodríguez fundó Calpulli Tecalco en 1998, un colectivo que busca preservar la lengua y la cosmovisión milpaltense en San Pedro Atocpan.

Cada sábado, en su casa de la calle Moctezuma, la señora Carmen, su hijo Fernando y su hija Angélica realizan actividades para la comunidad: lectura y préstamo de libros, enseñanza de la lengua náhuatl, impartición de talleres de dibujo y de relatos sobre la cultura de la región, además de tareas de investigación y revitalización de sistemas agrícolas sustentables, por citar algunas áreas de interés. Desde 2005 todas las labores se oficializaron aún más con el nacimiento de la asociación civil Calpulli Tecalco.

Una de sus iniciativas más destacadas es la que plantea una férrea resistencia a la entrada del maíz transgénico. Se trata de “Adopta una milpa”, mediante la cual convocan al trabajo comunitario para conservar el cultivo del maíz nativo en los terrenos de Chapa y Tizacalco; allí donde crece el maíz, la calabaza, el frijol y el haba. Las semillas que siembran proceden del intercambio (tequio) con familias campesinas de la región en procesos de diversificación que mantienen los ciclos anuales del trabajo: preparación del terreno, siembra de las semillas, transcurso del crecimiento con atención a los brotes de quelites, verdolagas, quintoniles y huauzontles; la cosecha, la cocina y la alimentación con recetas de cocineras milpaltenses.

Otras actividades de Calpulli Tecalco han sido las residencias artísticas y estancias que promueven la producción artística y su relación con las culturas indígenas a través de proyectos expositivos, de investigación, crítica y discusión reflexiva. Han realizado talleres de grabado, pintura mural, máscaras y robótica con el artista seneca-cayuga-cheroqui Jamison Chas Banks, el irlandés Malachi Farrell y la investigadora mexicana Belén Moro.

El artista, impartiendo una clase de náhuatl en la sede de Calpulli Tecalco, asociación civil que fundó junto con su madre. En la imagen de la derecha aparece junto a Jamison Chas Banks, artista de origen seneca-cayuga-cheroqui que ofreció en 2016 un taller de grabado durante su residencia artística en Milpa Alta. (Fotos: Cortesía de Calpulli Tecalco, A. C.).

Pese a que está representado por la galería House of Gaga en sus sedes de México y Los Ángeles, y al alcance internacional que lo ha llevado no solo al MoMA de Nueva York sino a espacios de arte contemporáneo como el Palais de Tokyo en París, y a exposiciones en Londres, Graz (Austria), Basilea (Suiza), Melbourne (Australia) y varias ciudades de Estados Unidos y México, Fernando asume que no ha logrado conformar un mercado con su obra.

“El tipo de trabajo mecatrónico que hago es muy difícil de coleccionar porque ni museos ni particulares se arriesgan a que se les descomponga una pieza. Te puedo decir con toda sinceridad que eso no me importa porque al final de cuentas creo que uno nace para hacer una actividad y cuando somos seres conscientes para lo que nacimos, ni la infelicidad ni la preocupación existen. Más que vender, para mí es importante saber que por donde yo camino otros van a continuar. Y esa es mi responsabilidad, que por donde yo camino las cosas vayan más o menos compuestas”.

“De broma le digo a la gente que los artistas somos como los electrones. La física puede plantearse la probabilidad de que estemos allí, pero no sabe dónde estamos; puede tener la probabilidad de que estemos haciendo algo, pero no sabe qué hacemos. Los artistas tenemos esa habilidad de meternos por los lugares más insospechados… hasta donde no llega nadie”, advierte con una sonrisa.

“Yo creo en lo que dijo el líder maya Jacinto Canek: los visionarios son gente que miró en los ojos de Dios. Por eso ven lo que va a venir y por eso nos lo proyectan. Los artistas son gente a la que Dios miró a los ojos y les dio la habilidad de hacer la vida más fácil para la humanidad”, concluye quien permanece con su espíritu viajero en este 2020, ya que acudirá en septiembre a la Bienal de Gwangju en Corea del Sur, que lleva el sugerente título Minds Rising, Spirits Tuning, y a partir de febrero formará parte del grupo de 23 artistas de la XIV Bienal FEMSA denominada Inestimable azar y para la cual tanto Fernando como sus colegas harán estancias y exposiciones en Morelia y Pátzcuaro.

aabelleyra@gmail.com

23 de enero de 2020.

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