Jorge Bustamante: en las fronteras del infinito

El diálogo, la investigación pecho tierra. Jorge Bustamante fijó su figura para siempre en el estudio del fenómeno migratorio en la frontera norte de México. (Imagen acervo del Colef, en lacronica.com.mx)

 

Hoy, cuando un gobierno desaparece instituciones, y peor aún, no las sustituye con otras para cumplir sus elevados propósitos, surge inevitablemente un alto contraste frente a quien como herencia nos legó una institución sólida, provechosa y perdurable hasta nuestros días: me refiero al recientemente fallecido doctor Jorge Bustamante y El Colegio de la Frontera Norte (Colef).

Un mérito ineludible que atañe a un norteño de cepa pura, que naciera en Chihuahua en 1938: emprendedor, lúcido y visionario, que en 1982 creara tan ameritado y prestigiado organismo y, que nos enseñó a conocer y entender más y mejor, no sólo los procesos socioeconómicos, migratorios y culturales de esa franja fronteriza, sino de todo aquel punto geográfico o territorial donde se generan y entrecruzan encuentros de seres humanos y comunidades de diferentes latitudes.

Los primeros recuerdos en torno al sociólogo Jorge Bustamante Fernández vienen a partir de mi nombramiento como director general del Programa Cultural de las Fronteras (PCF) de la Secretaría de Educación Pública y un viaje prioritario a Tijuana para conocerlo a él, al colegio que presidía y a algunos de sus investigadores más notables, entre ellos Alberto Hernández y José Manuel Valenzuela. Diría también que fue mi primera escuela para saber qué fenómenos ocurrían ahí, sus problemas, retos… ¡y oportunidades!, como él tanto lo resaltaba.

En esos primeros encuentros amplié y enriquecí mi concepto de lo que significa la identidad de las comunidades fronterizas y la primera desmitificación de que la cultura se estaba norteamericanisando, pues como se demostraba en los certeros estudios de Bustamante, eran reservas hondas y bien arraigadas de nosotros mismos. Aún más, comparadas con la región centro del país, podríamos enorgullecernos de un nacionalismo bien entendido que permeaba a lo largo de nuestra frontera, ya no digamos Tijuana misma. Por igual, si bien se manejaban ciertos términos lingüísticos que derivaron en anglicismos, eso no mermaba la identidad cultural originada en nuestra historia, tradiciones y costumbres.

Como no recordar aquel ejemplo que tanto me ilustró, en palabras de Jorge, de que mientras a nuestros ancianos nosotros los protegíamos, vivían en nuestras casas y enlazaban generaciones, allá en Estados Unidos se desprendían de ellos y los confinaban a asilos y casas de descanso.

Desde el primer día que visité Tijuana, aprendí y nunca se me olvidaría ese concepto valedero de que ahí empezaba México, contrariamente a esa visión centralizada y excluyente de que las fronteras se ubicaban al final y de esa falsa superioridad de que casi todo se reducía a la capital del país.

 

Cerca de cumplir 40 años de vida, la sede de El Colegio de la Frontera Norte mira al mar Pacífico de Baja California, a unos kilómetros de la línea fronteriza de Tijuana con California y en ruta a Ensenada. (Imagen tomada de afntijuana.info).

 

Miré desde esos días la laboriosidad de muchos, el trabajo pertinaz, los afanes para alcanzar un mayor bienestar social y en general un desarrollo que no se apreciaba ni valoraba suficientemente, en especial la cultura que preservaban y enriquecían sus múltiples creadores y aquellos organismos no gubernamentales nacidos de la propia sociedad civil, que eran y son baluartes de nuestro acervo cultural.

Innovando la gestión cultural

Justo también a partir de las investigaciones del Colef, sobre los mexicanos en Estados Unidos, me inspiraron para desarrollar un proyecto que desde luego no solamente lo concebimos Jorge y yo, ya que lo delineamos conjuntamente con estrategias y acciones encaminadas al intercambio cultural entre artistas de un lado y otro de la frontera norte, que inició en Tijuana y fue extendiéndose hasta comprender completamente esa franja.

Así, el Colef y el PCF unieron esfuerzos, voluntades, recursos y multiplicaron los programas en materia cultural, bien se tratara del Festival de la Raza, que se originó en Tijuana y luego se expandiera a las demás entidades fronterizas del norte, con múltiples conferencias, encuentros de escritores, exposiciones de pintura, ediciones, conciertos, ferias de libros y otras tantas más actividades, que operó eficientemente Eduardo Cruz Vázquez, a quien había nombrado Director de la Frontera Norte del PCF. Todo, bajo el criterio fundamental de que eran las entidades federativas las que autónomamente determinaban sus requerimientos, además de contribuir y sumar recursos a nivel de federación, estados y municipios, fórmula tan benigna que significó una genuina explosión cultural. Eso si cuidando de que en ningún casos hubiera una imposición o dirigismo cultural desde el centro, sino esencialmente un programa de y para los fronterizos.

A Bustamante le debemos igualmente el que la frontera norte, tan lejana y olvidada para muchos, se ubicara entre las prioridades de la agenda nacional, allá por los ochentas, e incluso que volteáramos a ver hacia el sur del país, donde también llegamos a pedir que se fortaleciera el CIESAS o se creara El Colegio de la Frontera Sur, sobre todo porque ya desde esa época se denunciaba la penetración de sectas religiosas norteamericanas en comunidades indígenas, y flujos de migración significativos y poco estudiados.

El Colegio de la Frontera Norte, fue a más. No se contentó con conocer, estudiar, analizar y proponer una relación más justa entre los mexicanos que trabajaban en el país vecino, sino que los defendió y de hecho se convirtieron en puntales de lo que hoy tanto nos preocupa y reconocemos como los derechos humanos.

 

Ya fuera desde sus investigaciones, la docencia, el activismo o bien por medio de sus numerosas presencias públicas, como a través de su columna periodística Frontera Norte, Jorge Bustamante hizo de la defensa de los derechos humanos de los migrantes un tema de agenda nacional. (Imagen tomada de lideresmexicanos.com).

 

Ya desde los años ochentas supimos de algunos problemas que se suscitaron entre el gobernador de esa entidad y el propio Colef, porque implicaban a la policía local en ilícitos contra nuestros propios migrantes, que a fin de cuentas gracias al respaldo de quien ocupaba la Secretaría de Educación Pública, Miguel González Avelar, representó toda una moraleja pues no basta crear las instituciones, se precisa igualmente cuidarlas, otorgarles un presupuesto adecuado, transparentar sus operaciones y en todo caso consolidarlas más allá de los caprichos, intereses o apetencias políticas e ideológicas en turno.

Juntos emprendimos misiones culturales con grandes exponentes de nuestra cultura procurando el enlace interfronterizo y con los países limítrofes en un esfuerzo común, que decaería lamentablemente en sexenios subsiguientes, por lo que siguen vigente la necesidad de recrearlos e impulsarlos, tanto en el norte como en el sur del país, aunque los presupuestos recortados de nuestros días para la promoción y difusión cultural al igual que el desinterés oficial, nos remitan al escepticismo y la decepción.

Gracias al Colef se mantiene el buen ejemplo de la validez de las instituciones, tan promisorias y decisivas en el desarrollo político, económico, social y cultural del país, lo mismo de una entidad federativa que de sus municipios o toda una región, y un testimonio invaluable de su gran fundador, Jorge Bustamante.

Va por tanto, querido Jorge, hasta donde estés o en la frontera en que te encuentres, un abrazo fraternal y de pleno reconocimiento por tu loable y fecunda herencia.

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