agosto 17, 2022
Ignacio Toscano: “Soy producto de la escuela pública y creo en la patria porque tengo un concepto de la historia, del país y del mundo. Y con esa  cualidad no viven muchos ahora, tengan la edad que tengan”. (Foto: Tomada del muro de Lázaro Azar en Facebook).

Nacho Toscano: Las instituciones son estructuras viejas y sin memoria

Ignacio Toscano: “Soy producto de la escuela pública y creo en la patria porque tengo un concepto de la historia, del país y del mundo. Y con esa  cualidad no viven muchos ahora, tengan la edad que tengan”. (Foto: Tomada del muro de Lázaro Azar en Facebook).
30 de junio de 2016. Nacho Toscano brinda con su inseparable martini seco. Y con asiduidad carraspea para aclarar su voz. La cita en un bistró de la Condesa tiene el fin de hablar sobre una gestora y promotora cultural excepcional: Miriam Kaiser, de quien esta reportera realiza una investigación. Pero además del cariño que los une, hay tantos puntos de encuentro entre ella y el hombre que tengo enfrente que la charla se torna en auto referencia y en un pretexto que él se regala para hablar de su propio camino en la promoción cultural y de su paso creativo, propositivo y festivo por las instituciones que animó con desenfado, trabajo, disenso, experimentación y muchos resultados.Ignacio Toscano Jarquín falleció el 7 de enero pasado. Con su partida dejó una montaña  de cariño con sentires entusiasmados por su labor y sus aportaciones al mundo cultural mexicano, sobre todo en los universos musical y dancístico que alentó como un funcionario que, paradoja del cargo, funcionaba. Porque no es tan común en la historia institucional de México que un servidor público le sirva a sus públicos y se deba a ellos, como lo vemos a diario en estos tiempos de la 4T.  Pero Nacho Toscano cumplió a cabalidad esa actitud de servicio a los demás, fuera como director general del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), en calidad de director de la Compañía Nacional de Danza o al frente del área de ópera del organismo gubernamental. También lo fue en la iniciativa privada en programas como Instrumenta, que lo llevó no solo a afianzar su amor por Oaxaca y su gente sino a entablar enlaces internacionales con compositores, grupos artísticos, cantantes y públicos diversos.

El retrato de Héctor Garay en este portal ofrece más aristas de un rostro que les invito a perfilar. Mientras, a un mes de su partida, queda este testimonio de Nacho, con su ánimo bailarín, su tinta verde al escribir, sus camisas coloridas y las guayaberas impecables junto a su martini como asidua compañía. Tan era su bebida amiga, que recuerdo con nitidez la copa coctelera que le llevó a Ángela Gurría el día en que la escultora recibió la Medalla Bellas Artes 2015 (14 de noviembre) en el Palacio de Bellas Artes. Antes de dirigirse a la Sala Adamo Boari, Nacho fue al bar del restaurante escaleras abajo y brindó con ella como lo hacía en la casa coyoacanense de la artista en tertulias junto al también escultor Federico Silva, donde preparaba la mezcla de vermut y ginebra con maestría.

Voluntad y constancia

Sé que en México se dice que alabanza en boca propia es vituperio, pero algo similar a lo que recae sobre Miriam Kaiser lo hace sobre mí: voluntad, trabajo diario y conocimiento. No soy de ideas muy brillantes, algunas sí, pero sobre todo tengo constancia.

Entré a Bellas Artes en 1983 a ser director de Ópera. Cada titular del INBAL que llegaba me invitaba a hacerme cargo de distintas responsabilidades: con Javier Barros fui director de Ópera, después llegó Manuel de la Cera y me encargué de proyectos especiales. Curiosamente, uno de los que me encomendaron fue ayudar a Sinaloa, y por eso conocí a María Teresa Uriarte y a Francisco Labastida. Iba y venía organizando el Festival Cultural de Sinaloa, eso fue en el 87. Luego llegó Víctor Sandoval —también de esos promotores que sabían hacer todo—, un personaje con la cultura y la escritura como pasión de vida. Gracias a él se generó un ecosistema de casas de la cultura en todo el país que luego se convirtió en un conjunto de institutos de cultura, transformados después en secretarías de cultura.

Yo siempre le daré ese crédito al maestro Sandoval: el de pertenecer a esta familia de la sencillez, la humildad, el trabajo cotidiano, la constancia; un hombre de pura cepa. Con Sandoval estuve de 1989 a 1990 para ser el director de Danza del INBAL. Por eso mi relación con Michel Descombey, Gladiola Orozco y Guillermina Bravo. Tras Sandoval llegó Rafael Tovar y con él fui gerente del Palacio de Bellas Artes. Hablábamos Tovar y yo de que el recinto tenía que ser como un gran teatro con una estructura porque sus áreas estaban dispersas. Después llegó Gerardo Estrada y fui subdirector general del INBAL casi cinco años.

Mi camino por el sector privado llegó cuando fui a OCESA, donde estuve un año y medio, y luego me volvieron a hablar del sector público: me jalaron Tovar y Miguel Limón para hacer las actividades del comité que celebraría la llegada del 2000. El programa se llamaba Del siglo XX al tercer milenio. Hicimos estampillas postales, jingles, libros y lo más vistoso fue la fiesta en el Zócalo, que duró 24 horas con 4,000 personas entre artistas, músicos, bailarines, coreógrafos, y un equipo espléndido con Mario Espinosa, Alejandro Luna, Felipe Leal, Enrique Strauss y Ángel Ancona, de quienes ya era amigo y por fortuna lo seguimos siendo. Porque para mí no se trata de hacer nuevos amigos sino de seguir cultivando las grandes amistades que uno tiene para compartir el conocimiento. Porque el conocimiento es de todos, no es de una sola persona, aunque en muchos casos la experiencia y el saber no sean reconocidos.

Voy a decir algo que sonará brusco: las instituciones no tienen memoria. Lo digo aquí y en público: son estructuras antiguas, viejas. Yo entré al Palacio de Bellas Artes por primera vez cuando tenía siete años. Imagínate lo que significaba para mí llegar a ser director de Ópera o luego convertirme en titular del INBAL (en 2001). Curiosamente ese puesto me lo gané en Oaxaca, en la Primera Reunión Nacional de Cultura. Estuve un año y existe todavía el documento de lo que yo quería hacer con el instituto.

Servir a los artistas

Lo primero que hice al llegar a esa dirección fue reunir a los colegas y decirles: “Señores, nosotros estamos al servicio de los artistas; apréndanselo bien”. Esa fue una clave. La otra clave: la política cultural, al fin y al cabo, también es redefinición de recursos económicos. Si tienes 10 pesos debes ver cómo los repartes, así que hicimos un buen rompecabezas los tres subdirectores, mi equipo de jóvenes y yo.

Siempre se habla de la crisis en el sector cultural, pero siempre hemos estado en crisis. En los 40 años que tengo de trabajar en la cultura no me acuerdo de haber tenido un presupuesto amplísimo. Siempre hay recortes, por eso el tema es trabajar todos los días con constancia y creyendo en lo que uno está haciendo. Y eso tiene que ver con la pasión con la que actúas. Yo crecí en la autoformación y creo que ese camino me enriqueció. Nadie me enseñó a ser gestor cultural. Ahora hay diplomados por aquí y por allá; cursos y licenciaturas. Y yo pregunto: ¿Dónde están los que estudiaron eso? ¿Qué están haciendo? Nosotros aprendimos sobre la marcha, con base en la prueba y el error pero siempre con disciplina y poniendo en práctica nuestras ideas todos los días, lejos de la mala costumbre de que los proyectos se vuelvan sexenales y personales, y muy cerca de la convicción de que eso que hacemos es con el reconocimiento de que la gente puede mejorar a través de la educación y la cultura.

Me acuerdo del día en que me retiré del INBAL luego de estar en la dirección por casi un año. Sari Bermúdez era la titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y yo invité a mis colaboradores en mi despedida porque el proyecto no lo había hecho yo sino todos: los responsables de departamento, y los directores de área y de las escuelas. Sari me había dicho previamente: “Tus amigos no me quieren, me van a abuchear”. “No, Sari, de veras que no”, le contesté. Y ella continuó: “A ver, ¿en dónde está la carta que hizo Graciela de la Torre en contra mía?”. Yo le aseguré: “No hay ninguna carta, de verdad, créemelo”. Entonces cuando entramos al salón con ella y Saúl (Juárez, —que me relevaría en el cargo—) se escucharon muchos aplausos. No a Sari ni a Saúl. Imagínate. Yo pensé: esto se está pasando de tueste, así que dije: “Señores, se me olvidaron tres cosas: 1) Nos vamos a seguir viendo porque no voy a dejar de ir a lo que me apasiona: el teatro, la música, la ópera. 2) Si me quieren ver, no me inviten a desayunar; me gusta desayunar solo, es mi momento personal leyendo los periódicos. 3) Si me quieren de veras, invítenme un güisqui”.

Se apagó el aplauso y Sari pudo entrar en la sala y presentar a Saúl. Fin del asunto y salí del INBAL como salieron seis directoras de museos del instituto en ese momento, entre ellas, Miriam Kaiser. Ese es el tema: no creerse nada. Quizás solamente que somos servidores públicos y que estamos al servicio de los demás. Por eso digo que Miriam, Sandoval y yo somos otra fauna.

Por lo que a mí respecta no tengo rencor; al contrario, a Sari le agradezco el haber trabajado y luego haber salido del INBAL porque eso me ha permitido estar en donde he querido, hacer las cosas en las que creo y estar cerca de mis grandes maestros: Víctor Sandoval y Antonio López Mancera, quienes me cuadraron sin decirme “así se hace”, sino que aprendí de verlos en la cotidianidad. Con López Mancera al principio nos odiamos y luego nos quisimos muchísimo. El golpe de crisis sucedió con la puesta de la ópera de Richard Strauss, Salomé, dirigida por Werner Schroeter en julio de 1986. Él no quería unas cosas y yo sí las quería. El pleito llegó a oídos del director Javier Barros, quien nos dijo en dos minutos: “Yo sí quiero que se haga Salomé, pónganse de acuerdo. Adiós”. Al final concordamos y Salomé fue un escándalo genial con llenos en Bellas Artes en seis funciones.

Soy producto de la escuela pública

Creo en la patria porque tengo un concepto de la historia, del país y del mundo. Y con esa cualidad no viven muchos ahora, tengan la edad que tengan. Eso se aprende de los padres y en las escuelas. Y yo soy producto de la escuela pública. Recuerdo el día en que me subí a un avión con Josefina Vázquez Mota, cuando era secretaria de Educación (2006-2009). Quería ir a Venezuela “a traerse a México” el sistema de orquestas que ya había estado en este país con Carlos Chávez y Eduardo Mata, los directores que impulsaron acá el sistema venezolano fundado por el doctor José Antonio Abreu.

En una presentación en la Fundación Harp Helú, yo había escuchado previamente a la señora decir que al otro día se iba a Venezuela a traerse ese sistema de música. Me pregunté entonces: ¿No sabe que eso ya se hizo, que está vigente? Compré mi boleto a Caracas para contarle la historia a doña Josefina, pero Alfredo Harp me consiguió un sitio en el avión presidencial como parte de la comitiva. Al verme, me dice: “Maestro Toscano, cuénteme de usted”. Y que me lanzo: “Yo, señora, soy producto de las escuelas públicas de las que usted es secretaria. Estudié en la Primaria Emiliano Zapata con dirección en Fundidora de Monterrey 366 y todo mi amor por la patria se lo debo a mi maestra de cuarto, Alma Petra García, y a mi maestra de sexto, Griselda Abulia, que es a la que invité al primer concierto que organicé”.

Ya en Venezuela, luego de una primera cena en la casa de Abreu, doña Josefina me pidió que le contara más del sistema venezolano de orquestas. Le dije: “Mire, secretaria, al doctor Abreu lo busca todo el mundo para llevar su sistema a muchos países. Si viene usted y no le propone algo concreto, de nada sirvió el viaje”. “¿Qué proponemos entonces?”, me reviró. Y le enlisté doce puntos que tenía escritos en una tarjeta, con mi letra en tinta verde. Fue la misma tarjeta que le leyó a Abreu el día de la reunión. Sobre todo el punto 12: formar un comité binacional para desarrollar el programa, con recursos, estructura y todo. Abreu se dio cuenta de que la propuesta iba en serio y pidió que fuera yo el secretario de la comisión que echaría a andar el plan. Todos estábamos entusiasmados hasta que llegó el momento en el que la secretaria renunció para irse como candidata a la presidencia de México. Y no se hizo nada. Hubiera sido una bomba esa comisión binacional con el trabajo de los músicos venezolanos y mexicanos. ¿Retomarlo? No lo sé. Hay un Sistema de Fomento Musical, a ellos les correspondería. Y no creo que les interese porque no es un asunto de dinero sino de voluntad y de una práctica horrenda del sistema político mexicano que no creo que termine nunca: nadie quiere tener relación con los proyectos que hizo su antecesor.

En Oaxaca, por ejemplo, yo he trascendido tres gobernadores y ocho secretarios de Cultura. Con Instrumenta la ventaja es que soy asociación civil y tengo varias fuentes de financiamiento; no dependo de los gobiernos. Oaxaca ya es mía. Ahora llego al cuarto 107 del Hostal de La Noria, pero antes renté una casa en San Felipe para interactuar con la sociedad oaxaqueña y que me creyeran. Esa casa me sirvió para hacer reuniones. Iban Francisco Toledo, Sergio Hernández, Javier Marín y los diputados. En 2006, hace diez años, fue el conflicto magisterial con la APPO (Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca), ¿te acuerdas? Días de una violencia horrible. Un día invitaba a mi comadre Eugenia León y a Fernando de la Mora para que dieran un concierto gratis, otro día reunía a los galeros y a mis amigos empresarios. A todos les decía que debíamos emprender acciones si creíamos en la patria y en la cohesión social.

Y recibía a 50 personas con un martini seco, una música para la llegada, otra durante la comida y acordes diferentes para el momento del postre. Les leía a Sándor Márai en El último encuentro y al atardecer un chelista tocaba la suite para chelo de Bach. Todo estaba calculado y al final me sirvió para estar dentro de la sociedad oaxaqueña. Soy de allí.

—Sí, eres de Oaxaca. Y también eres un exquisito ¿concertador o manipulador?, ¿qué prefieres?

—Ambos. Pero eso sí, exquisito. Salud.

aabelleyra@gmail.com

6 de febrero de 2020.

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