Blanca Brambila Medrano, profesora investigadora de la Universidad de Guadalajara, Sistema de Universidad Virtual. (Foto: cortesía de la autora).

Radiografía del campo emergente de la gestión cultural en México

Blanca Brambila Medrano, profesora investigadora de la Universidad de Guadalajara, Sistema de Universidad Virtual. (Foto: cortesía de la autora).

Formación profesional de gestores culturales en México.

Blanca A. Brambila Medrano.

Universidad de Guadalajara – UDGVirtual, 2015

El libro Formación profesional de gestores culturales en México de Blanca A. Brambila Medrano [1], es una genealogía de la gestión cultural en nuestro país en donde la profesora e investigadora del Posgrado en gestión cultural de la Universidad de Guadalajara (UDG Virtual) nos ofrece una radiografía del campo emergente de la gestión cultural. Es una obra que se constituye en el sedimento de la profesionalización de la gestión pues fija las especificaciones del campo y a la vez nos plantea la agenda pendiente para consolidar la profesión.

Consciente de la complejidad de su objeto de estudio, Brambila logra una exposición que comprende los ejes temáticos sobre la formación del gestor cultural; por una parte, el rigor teórico conceptual y en el mismo nivel la mención del carácter práctico que entraña este ejercicio.

En el prólogo “La gestión y la promoción cultural. Una agenda pendiente en la ingeniería social”, Jesús Galindo Cáceres concluye: “el objeto de acción de la gestión y la promoción cultural no sólo es bellas artes, sino la vida social en toda su riqueza”, por lo que “gestionar y promover cierta cultura es gestionar y promover ciertas formas de percibir, actuar, decidir y dialogar al respecto. [En donde] el promotor y gestor cultural, es un gestor y promotor de la vida social y no solo de las bellas artes” (p. 21).

El centro de la acción del promotor y gestor resulta en la construcción de sentido del quiénes somos y a dónde vamos, por lo que resulta una actividad sustantiva en la construcción de un nuevo orden.

Aquí es necesario anotar el lento avance de la disciplina, que para Brambila Medrano se encuentra en una etapa de modelado.

La obra está estructurada en cuatro capítulos, el primero de ellos con un análisis histórico en donde la autora delinea el contexto en el que emerge la figura del gestor cultural. Apunta cómo a pesar de la amplia infraestructura cultural “en la década de los ochenta no se contaba con personal suficientemente capacitado para investigar, preservar y difundir las diversas manifestaciones de la cultura mexicana […]. Desde este escenario, el Estado mexicano impulsó y fortaleció el diseño de programas tendientes a capacitar a [su] personal improvisado y de múltiples perfiles” (p. 34).

Así, de los años 80 hasta el presente se han venido desarrollando los programas académicos en gestión cultural, primero desde la Secretaría de Educación Pública (SEP) con un enfoque de capacitación para el trabajo y dirigidos a los promotores culturales en activo con un requerimiento de contar con experiencia previa.

En un segundo momento, en el marco de la firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte se reorganiza el sector cultural, en donde -en palabras de Brambila- “se trastoca el modelo de Estado empleador o capacitador; [ante] la necesidad de abrir los mercados a todos los órdenes de la economía nacional [lo que] implicó enarbolar la bandera de la profesionalización de la promoción cultural […]”, marcando ya francamente la aparición de la gestión cultural.

En la década de los 90, desde el programa de Descentralización del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA), encabezado por Saúl Juárez, se establecieron acuerdos con universidades para la realización de diplomados de capacitación, inicialmente dirigidos a los trabajadores. Sin embargo, ante la demanda se abrieron a población en general, en su mayoría jóvenes interesados en formarse profesionalmente en la emergente disciplina. Esta oferta académica se desarrolló en los márgenes de las áreas de educación continúa o extensión universitaria.

En los primeros años del siglo XXI, desde la dirección de Vinculación Cultural del CNCA se puso en marcha el Sistema Nacional de Capacitación (SNC) que en el periodo 2001 – 2006 contaba con un catálogo de 250 capacitadores en gestión cultural; el SNC desarrolló encuentros nacionales e internacionales de promotores y gestores culturales y editó la Colección Intersecciones, especializada en temas de políticas culturales y gestión cultural.

Si bien desde las instancias del Estado, la SEP primero y el CNCA después se contribuyó a posicionar el término de gestión cultural en México, la autora anota que aún está pendiente estudiar el impacto de esos programas en el ámbito de la gestión.

En el capítulo dos, “Universidades Mexicanas ante el reto de la formación de gestores culturales” la especialista analiza el proceso de legitimación de la profesionalización del gestor cultural.

En este apartado define conceptualmente lo que comprende la promoción y la gestión. Cito: “la promoción se alimenta de los usos y costumbres del campo laboral” mientras que “la gestión se avisora como una opción de lo que el oficio debería ser”, puntualiza. “El gestor cultural es el especialista en la organización social de la cultura”.

Más adelante, Brambila Medrano delinea el perfil de formación que han hecho los distintos programas universitarios en gestión cultural que comprenden las siguientes funciones: diseño, planificación y ejecución de proyectos culturales; macro y micro planeación, procuración de fondos y evaluación de servicios culturales. Su ámbito de trabajo está en actividades operativas, de producción, comunicación social y difusión, administración, comercialización y gestión de ingresos, logística para la realización de actividades, programas culturales y mercadotecnia.

Las problemáticas que actualmente enfrenta la formación y profesionalización del sectores se concentran en la falta de docentes, pues se observa que los profesores de gestión cultural son especialistas en otras áreas. Al respecto la autora señala: “el porcentaje de docentes expertos dentro del ámbito cultural es bajo”; por otro lado se mantiene pendiente la formación teórico – conceptual y la formación práctica, línea estrechamente relacionada con la falta de sistematización en donde es necesario diseñar las estrategias que nos permitan transferir los conocimientos. Resumiendo, estamos ante el reto de construir una pedagogía de la gestión cultural.

En los capítulos tres y cuatro, “Protagonistas de los procesos de formación” y “Tendencias de la formación profesional de los gestores culturales en México”, la investigadora recoge testimonios sobre las prácticas laborales de los promotores y gestores culturales en México, con el propósito de que estos lleguen a ser un aporte para la transferencia del conocimiento empírico hacia el ámbito académico.

De acuerdo con ello el siguiente paso consiste en propiciar la conformación, implementación, circulación y difusión de un discurso académico especializado en gestión cultural, así como la reflexión epistemológica de ella como profesión emergente.

Cierro retomando una de las conclusiones de Brambila Medrano: “la incoherencia entre el discurso y las acciones dentro de las instituciones de educación superior, por un lado pugnan por impulsar la gestión cultural como una profesión y por otro desconocen la trascendencia y el impacto laboral y académico de sus propios trabajadores especializados en el campo”.

En cuanto a la formación en gestión cultural, en este punto estamos.

11 de agosto de 2019.

+ Agradezco a Edith Ibarra quien al frente de la Coordinación de Investigación del CITRU – INBAL impulsó el seminario “Políticas culturales y desarrollo de proyectos”, en donde una de las primeras tareas ha sido hacer una revisión de la literatura sobre el tema.

[1] Descarga libre desde http://gestioncultural.udgvirtual.udg.mx/contenido/formacion-profesional-de-gestores-culturales-en-mexico Consulta agosto de 2019

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