La Selección mexicana de 1986, un equipo que representaba la esperanza de un país que apenas se sobreponía de la desgracia de los sismos de 1985. (imagen tomada de Pinterest.com)

El México Tenochtitlán cimbró desde sus entrañas. Fue uno de los más dramáticos episodios de su historia. La ciudad se había desvanecido; no sólo en lo físico, ante el devastador escenario que se imponía, sino en lo anímico, pues aquel terremoto la dejó suspendida en un vacío donde imperó la incertidumbre y el dolor. Ante la falta de respuesta oportuna de las autoridades, la gente se organizó rápidamente para asistir ante la desgracia. Una sociedad civil, inspirada en la solidaridad, había nacido desde los escombros.

El Mundial de 1986 que se llevó a cabo ocho meses después de dicha tragedia, vendría a ser la exégesis de aquella ola inspiradora. La Selección mexicana se convertiría en un emblema del momento: una representación del sentimiento nacionalista de un México roto, pero decidido a unirse. Había un cariño especial por el equipo, cierto, pero ante todo había un cariño especial entre nosotros mismos; entre quienes habíamos compartido el sufrimiento y habíamos participado en la reconstrucción. El futbol se volvió un vaso de agua, un punto de encuentro, una forma de reconocernos en el otro.

El Mundial del 86 era la oportunidad de mostrar al mundo la fortaleza de nuestra raza y nuestra cultura; de mandar un mensaje de la resiliencia de los mexicanos. La ciudadanía en general se sentía incluída en la justa mundialista. Desde las tribunas hasta las calles, había una participación activa. Recuerdo al “Pique” al centro de la cancha del Estadio Azteca, ondeando la monumental bandera haciendo que no sólo los asistentes, sino el país entero, coreara al unísono el “Mexico, Mexico, ra, ra, ra”, después de la épica victoria ante Bulgaria. Se trataba de una energía compartida y contagiosa.

“Pique” la mascota del Mundial de México 1986, se convirtió en un ícono durante la justa mundialista, con el que los aficionados se sentían identificados. (Imagen tomada de redes sociales).

El entusiasmo irradiaba por doquier. Surgieron íconos con los que nos identificamos; además del “Pique”, la “Chiquitibum”; el español “Manolo el del bombo” y desde luego los jugadores de la Selección, entre ellos el “El Abuelo Cruz”, un jovencito que descontrolaba al rival y a quien, desde las tribunas, gritando “Abuelo, Abuelo…”, el público exigía al técnico Bora Milutinovic que lo metiera de cambio.

En aquel Mundial gozamos y sufrimos como mexicanos. Gozamos ante cada triunfo abrazándonos como hermanos en El Ángel de la Independencia, justo el epicentro de la tragedia apenas vivida. Se trataba de una catarsis colectiva. Gozamos con los goles de Fernando Quirartre y con las acrobacias del portero Pablo Larios; gozamos con la elegancia del veterano Tomás Boy y la firmeza del novato Miguel España; gozamos con la plasticidad del golazo de Manuel Negrete, que más que una tijera, se trató de un grand jeté, un salto de ballet que requiere técnica, suspensión y dinámica. Y también sufrimos. Sufrimos ante la derrota en penales contra Alemania, que agotó la esperanza de continuar en el camino, pero también nos hizo refrendar el sentimiento de vernos unidos ante la adversidad.

Tuve la oportunidad de asistir a algunos partidos, entre ellos los juegos de la Selección en el Estadio Azteca, a la final y el Argentina contra Inglaterra, encuentro histórico más allá de lo simbólico por la rivalidad entre estas dos naciones que no acababan de sanar sus heridas por la reciente guerra de las Malvinas: fue cuando Diego Maradona anotó los dos goles más famosos de su carrera. Maradona mostró porqué es considerado uno de los más grandes de la historia del futbol; pues por un lado hizo ver su malicia con el famoso gol de la “Mano de Dios” y, asimismo, demostró su pericia cuando anotó, burlando a prácticamente toda la escuadra inglesa, aquel gol considerado por muchos el más bello de la historia de los mundiales.

El Mundial de 1986 fue una fiesta que vivió intensamente la afición mexicana,
quienes fueron los principales protagonistas del encuentro. (Imagen, Grupo
Reforma).

Cuarenta años después México vuelve a ser sede de un Mundial. Por primera vez, un país albergará la justa por tercera ocasión. Sin embargo, el contexto es distinto. Hoy vemos un México fracturado. Un país donde la violencia y la desconfianza conviven con la vida cotidiana. Y también vemos una organización distinta. El fútbol, que alguna vez fue un espacio de encuentro, parece haberse transformado en un espectáculo distante. “El mundo unido por un balón”, rezaba el eslogan publicitario del 86; esa esencia, no obstante, se ha erosionado. La FIFA ha convertido el torneo en una maquinaria económica que prioriza el negocio sobre la experiencia colectiva. Los costos, la logística y la exclusividad han alejado al aficionado común.

Lo que antes era un espacio de diálogo intercultural, uno de los pocos escenarios donde el mundo se encontraba en condiciones de relativa igualdad simbólica, hoy se percibe como un espectáculo ajeno, distante y excluyente. Y quizá ahí radica la pérdida más significativa. México 86 no fue sólo un torneo: fue la energía colectiva de una sociedad que, tras la tragedia, encontró una manera de reconstruirse. Hoy ese espíritu parece ausente. Y la pregunta que queda en el aire no es sólo qué ha cambiado en el Mundial, sino qué ha cambiado en nosotros.

El Ángel de la Independencia, ubicado en una de las zonas más afectadas por
los sismos, pasó a ser el punto de encuentro para los festejos por los triunfos de la
Selección. (Imagen tomada de redes sociales).

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