El PIB en los estados: Señales para el sector cultural

A raíz de mi columna “El PIB en los estados: el drama no acaba”, del pasado 15 de julio, le pregunté a Julio Santaella, presidente de INEGI, si era posible acceder una representación gráfica del Producto Interno Bruto por Entidad Federativa (PIBE) del 2018, por sectores. Gracias a su amable colaboración, en virtud de la complejidad que encierra hacer más accesibles las matrices correspondientes, los lectores de este paredón en Paso libre, pueden ahora conocer información a detalle de la participación de las actividades más representativas del sector cultural y que son los ámbitos que toma en consideración la Cuenta Satélite de Cultura.

Conviene recordar que el PIBE se establece en relación a la actividad económica total de cada estado de la república, indica la participación porcentual en valores constantes respecto al total nacional por entidad federativa y que son cifras revisadas (y definitivas) a 2018, ya que las del 2019 aún se encuentran en curso de elaboración, como corresponde de manera metodológica (el PIB nacional de 2019, se dará a conocer en septiembre próximo).

Tras las revelaciones del PIBE, la visualización que en este espacio entregamos escasas veces se advierte; la misma permite apreciar dos elementos centrales: la concentración de los valores en pocas entidades y la enorme, diré crueles diferencias del desarrollo nacional, que son también las de sus sectores culturales. Agrego que, tras años de estudiar este tipo de escenarios, de envolverme a solas en la lectura de las cifras y otro tanto en soliloquio en variados escritos como en distintos foros en los que he advertido de su análisis, se antojan irreversibles al menos a mediano plazo. Sigo sin dudar que tales desequilibrios son brutalmente contrastantes cuando nos atenemos a compararlos con los acervos culturales simbólicos que cada estado posee.

Esto deja en mí intacta la idea de que la machacona idea de que la cultura es o puede ser el cuarto pilar del desarrollo (los otros son el crecimiento económico, la inclusión social y el equilibrio medioambiental) cada día incrementa su desvanecimiento. Seguir alimentando este mito es profundamente dañino.

Siete gráficas centrales

1 Conviene volver a la gráfica general del PIBE, y reiterar la invitación a leer mi columna referida al inicio. Por ello, ahora solo señalemos que los últimos lugares son un pesar: cinco estados dan el 3.8 de aportación nacional. Comparten el sótano Tlaxcala y Colima con 0.6 por ciento, lo que infiere sectores culturales inexistentes. Impresiona la idílica Yucatán, deja estupefacto el portento turístico de Quintana Roo y seremos medianamente felices con Puebla. Juntos suman 10.9 por ciento de aportación al PIB nacional.

2 Como sabemos, el sector cultural ubica una parte importante de sus actividades en el sector terciario, de servicios. Observen ustedes por estado la proporción de los mismos. Es sorprendente que 28 de 32 compartan porcentajes similares.

3 Las unidades económicas de la cultura igualmente se observan en el comercio al por menor, con micros, pequeños y medianos negocios. Identificamos que cuatro de 32 estados se llevan la mayor tajada. Si asociamos los acervos culturales con los porcentajes, siguen las sorpresas: Quintana Roo, Yucatán, Chiapas y Oaxaca de pena.

4 Inmersos en la crisis por el coronavirus, regodeados en la diversidad de ventanas virtuales culturales, con millones de estudiantes en educación a distancia, resulta estremecedora esta gráfica del sector 51 Información en medios masivos, donde se concentra la actividad de las industrias culturales tradicionales, de la cultura digital y de una lista de insumos para su operación. No puede ser más brutal esta representación del subdesarrollo.

5 En el sector 54 Servicios profesionales, científicos y técnicos, se concentran unidades económicas cuya fortaleza es el capital humano y en muchos sentidos, la creatividad como insumo. De nuevo el escenario luce desolador. A entidades de mayor empuje como Estado de México, Nuevo León y Jalisco, les tomará décadas remontar su notable retraso en este ámbito.

6 Llegamos al sector por excelencia del sector cultural, el 71 Servicios de esparcimiento culturales y deportivos y otros servicios recreativos. Debo subrayar la confluencia de tres conceptos: esparcimiento, cultura y recreación, con uno cuarto omnipresente que en mi análisis es consustancial, entretenimiento.

Aun considerando que lo deportivo, como algunas actividades de esparcimiento no entran en la Cuenta Satélite de Cultura, ni en la configuración tradicional del sector cultural, otra vez el panorama es demoledor: 16 de 32 entidades no pasan del 1 por ciento de la aportación al PIB nacional, cuatro están en menos 2 por ciento, siete van de 2 hasta menos 5 por ciento, cuatro entre el 6 y el 9 por ciento y en la corona la Ciudad de México con 31.7 por ciento. Destaca que Baja California y Quintana Roo tengan un mejor papel, ser frontera con municipios como Tijuana y Ensenada, y ser el núcleo de turismo cultural y del esparcimiento, son determinantes, pero resta el análisis a la luz de cada rama y actividad, donde seguramente encontraremos muchas sorpresas.

7 Concluyamos con la representación gráfica del sector donde se ubica, entre otros flujos, la aplicación de gasto público, el 93 Actividades legislativas, gubernamentales, de impartición de justicia y de organismos internacionales y extraterritoriales. Salvo cuatro estados, el resto van de 0.75 a 3.62 por ciento, resaltando una homogeneidad cuando son entidades tan diferentes entre sí en muchos indicadores económicos y de ejercicio del gasto público. No es difícil especular en consecuencia, sobre los recursos destinados a la cultura.

Especulaciones ¿conclusiones?

Como no es posible acceder a cuentas satélites de cultura por cada estado de la república, resulta un buen instrumento de caracterización de los sectores culturales la actividad por sectores del Producto Interno Bruto por Entidad Federativa (PIBE), en su participación porcentual en valores constantes respecto al total nacional.

La enunciación gráfica que amablemente nos proporcionó el INEGI, si bien no la alcanzo a reflejar en este análisis (dejo en el tintero manufacturas, comercio al por mayor, entre otros, por sus particularidades para su interpretación), resulta categórica para diseñar escenarios en cada estado.

Por ejemplo, el de la importancia de la actividad económica de la cultura y su relación con los acervos simbólicos (todo aquello que no mide la economía), así como el vínculo entre desarrollo económico de la entidad y su fortaleza cultural como poseedores (o no poseedores) de legados y expresiones de alto valor simbólico. Finalmente, al observar estos gráficos, uno puede entender el porqué de la pobreza y la falta de oportunidades de trabajo en disciplinas y quehaceres de la cultura, las artes e incluso de la ciencia y la tecnología.

Ni en dos o tres administraciones de la cuatroté será posible mejorar esta situación, mucho menos cuando justamente se hace todo lo contrario en política económica, vista en el más amplio sentido de las palabras.

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