diciembre 5, 2022
Francisco Toledo, Andrés Henestrosa y Rodolfo Morales. Tres oaxaqueños ya fallecidos que compartieron su amor por las palabras y el arte. Los tres construyeron no solo una amistad sino proyectos culturales públicos para su estado. (Foto: Joaquín Ávila, 1998).

LOS ÁNGELES. En la época en que fungía como secretario de Cultura del gobierno de Oaxaca, nos sentábamos a desayunar cada dos o tres semanas en el restaurante La Catedral, sobre la calle de García Vigil a unos pasos del zócalo de la bella Verde Antequera. Asumo la responsabilidad de haberlo orillado a beber el té de poleo frío, con medio limón exprimido y bastante hielo; quizá lo hizo para no ofenderme pues intuía que le representaba una afrenta a la ortodoxia de los pueblos de Oaxaca, donde se toma caliente, particularmente después de las largas jornadas en las fiestas tradicionales, justo para hidratar el cuerpo quebrado. El maestro fue un guía para mí en aquellos años, me orientó a comprender la profundidad y sabiduría de las culturas de Oaxaca y a saber dignificar aquellas manos y mentes que la representan.

El Palacio de Bellas Artes fue sede para el homenaje póstumo en el que las personas desfilaron para ver algunos cuadros, fotografías y dejar un tributo en honor al pintor fallecido el jueves pasado. (Foto: Laura García Abusaíd)

A Francisco Toledo lo recuerdo desde mi niñez. Trataba con afabilidad a mi abuela, y a mi abuelo con admiración. Lo recibíamos en la cocina, donde se juntan las familias mexicanas en la intimidad. Mi abuela lo agasajaba con la tradición istmeña: un plato de frijoles, queso seco, totopos, chile verde a mordidas, camarón seco, hueva de lisa y en ocasiones unas suculentas garnachas, todo acompañado de un vino de La Rioja seleccionado por mi abuelo.

Aquellas veladas fueron intermitentes y las rememoro hasta cuando en mi adolescencia me encomendaban la honrosa tarea de conducirlo a su casona en Tlalpan, ciudad de México. Era discreto pero profundo con una voz tenue. Desde entonces recuerdo deleitarme con las elocuentes disertaciones entre él y mi abuelo, ambos preocupados por la dignificación de la cultura zapoteca.

Dibujos, flores, papalotes y mazorcas de maíz fueron algunos de los objetos que los visitantes en el Palacio de Bellas Artes ofrendaron a Toledo el fin de semana. (Foto: Laura García Abusaíd)

Dejé de verlo muchos años hasta que me fui a vivir a Oaxaca en el 2005. Me tocó ser testigo cercano de su activismo y justo en el 2006, cuando sucedió el movimiento magisterial, tuve la oportunidad de entender la sabiduría de su mensaje. Yo desde el gobierno estatal y él como un hombre comprometido con su pueblo. A partir de ahí creo haberlo sentido cercano. Lo frecuentaba, me compartía sus preocupaciones no solo con respecto al país y a Oaxaca sino de su familia, sus dolencias y sobre las constantes visitas médicas a la Ciudad de México viajando por tierra porque le aterraban los aviones.

En otras ocasiones nos citábamos en Casa Oaxaca, a un costado de Santo Domingo, para deleitarnos con las viandas del chef Alejandro Ruiz, flanqueados por nuestra querida amiga Claudina López. Compartía su preocupación por el destino de las instituciones que edificó: la disputa por el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO), el futuro del valioso acervo del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO) y del Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo; su inquietud por la hostilidad que en ocasiones padeció por un grupo de extrabajadores de la fábrica de textiles de San Agustín Etla, donde se erigió el suntuoso Centro de las Artes de San Agustín (CaSa). Algunos de ellos legítimamente se sentían agraviados por la forma en que se les liquidó y aunque el maestro no tuvo nada que ver, sufrió vejaciones por ello.

En el IAGO, Abigail Mendoza (a la izquierda), mujer zapoteca de las cocinas comunitarias que Toledo creó para apoyar a los damnificados oaxaqueños por los sismos de 2017. (Foto: cortesía de Sucedió en Oaxaca.

Desde lo artístico no soy yo quien puede dar una opinión versada. Sin embargo  puedo presumir de haber atestiguado la manera en que se enajenaba durante su proceso creativo como si no hubiera otro elemento en el universo más que la pieza a la que le estaba dando vida. Fue en el taller de cerámica del maestro Claudio Sánchez, ahí mismo en San Agustín. Era un pedazo de barro herido por una espátula en la mano del verdugo; de pronto la pieza adquiría la forma de un cardumen con los peces brincando como si se sintieran liberados por el creador.

Dejé de verlo a partir de mi llegada a Los Ángeles aunque hablaba con él ocasionalmente. Planeábamos hacer algo en honor al periodo de tiempo en que vivió en Santa Mónica, donde casualmente se encuentra la Bergamot Station, espacio público convertido en una serie de galerías. Una de ellas, la Latin American Masters, representa a Toledo en estas tierras. No obstante, su fobia a los aviones impidió su reencuentro con el pueblo migrante oaxaqueño al que admiraba. A pesar de ello nos obsequió la oportunidad de albergar en el Centro Cultural Cinematográfico México (CCCM) del consulado, la exposición Informe para una academia, inspirada en la irónica obra de Franz Kafka, junto con un taller en zapoteco impartido por su hija Natalia y por José Pergentino. También lo convencí de abrir la convocatoria de los Premios CaSa a la creación literaria en lengua originaria en Los Ángeles para que se otorgara un reconocimiento anual a los zapotecos y mixtecos en esta región.

Manta en la fachada del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO), uno de los espacios culturales impulsados por Toledo en la capital de aquel estado. (Foto: Noé Jacinto, Facebook).

Hoy me entero de su ausencia y la lamento desde la lejanía. El maestro me comentaba que se rehusaba volver a Juchitán. Ignoro si lo hizo en estos últimos años pero estaba escrito que su espíritu estaría atado eternamente a su pueblo para poder cumplir la parábola zapoteca de los binnigula’sa’, según la cual la transformación del hombre es cíclica y pasa de una etapa a otra. “Yo trasciendo y mi legado persiste”. Toledo dejó el suyo muy enclavado en la raíz de su nación.

Creo que fue León Felipe refiriéndose a Walt Whitman quien dijo: “Los grandes hombres no tienen biografía, tienen destino”. Francisco Toledo pertenece a esa estirpe.

8 de septiembre de 2019.

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